Una lección sobre el valor del silencio

25 febrero 2012

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Héctor Tomás Jiménez

En nuestra cultura, los seres humanos aprendemos las cosas por que desde niños nos enseñaron, en mayor medida, a memorizar conocimientos y en menor proporción, a generarlo a través de la observación de lo que nos rodea en la naturaleza, como por ejemplo, la transformación de una pequeña semilla en una hermosa planta, del sentido y la orientación de los vientos, la razón de los cambios del clima, de la influencia del sol en nuestra vida, de la formación del agua y sus beneficios para la vida en general, entre otras muchas manifestaciones.
Nos hemos acostumbrado a que lo que "sabemos" y que hemos aprendido de la manera tradicional, es un elemento que nos hace ser competitivos frente a los demás, de tal manera que en la escuela, hay una permanente competencia por demostrar lo que sabemos y con ello, tener mejores notas, de parte de un profesor que proviene de la misma cultura del aprendizaje.
De vez en cuando y solo de vez en cuando, encontramos frente a un grupo, a un profesor o profesora que promueve entre sus alumnos el aprendizaje a través de la observación de lo que nos rodea, y sobre todo, que sea el alumno mismo quién se formule preguntas que mediante el análisis y la síntesis de los objetos o fenómenos que el alumno observa, pueda encontrar las respuestas. Muchas de ellas surgirán en el alumno como in "insigth" espontáneo, y es donde el maestro interviene con su sabiduría y conocimientos para orientar la respuesta correcta en caso de estar equivocado.
Por otro lado, todos sabemos que mucha de la sabiduría ancestral que proviene de nuestros pueblos, razas y culturas, son de carácter invaluable, sin embargo, la desdeñamos por el simple hecho de que "no son de nuestro tiempo", sin detenernos a pensar o explicarnos como fue posible que los Aztecas, Toltecas, Olmecas o Mayas, nos hayan heredado tratados de sabiduría sobre muchos de los fenómenos astronómicos, de organización social, de herbolaria entre otros, que hoy estudiamos con modernas tecnologías. Ellos eran sabios por que eran observadores, y sabían observar por que conocían el valor del silencio.
A propósito de esta reflexión sobre el valor del silencio, mi buen amigo José Luis Sandoval de Mazatlán, me envió un e-mail con una historia que fue tomada de un extracto del libro: "Ni lobo ni perro. Por senderos olvidados con un anciano indio" y cuyo autor es Kent Nerburn. La historia dice así: "Nosotros los indios sabemos del silencio. No le tenemos miedo. De hecho, para nosotros es más poderoso que las palabras. Nuestros ancianos fueron educados en las maneras del silencio, y ellos nos transmitieron ese conocimiento a nosotros. Observa, escucha, y luego actúa, nos decían. Ésa es la manera de vivir despiertos. Observa a los animales para ver cómo cuidan a sus crías. Observa a los ancianos para ver cómo se comportan. Observa al hombre blanco para ver qué quiere. Siempre observa primero, con corazón y la mente quietos y entonces, aprenderás. Cuando hayas observado lo suficiente, entonces podrás actuar sin temor. Con ustedes es lo contrario. Ustedes aprenden hablando. Premian a los niños que hablan más en la escuela. En sus fiestas todos tratan de hablar. En el trabajo siempre están teniendo reuniones en las que todos interrumpen a todos, y todos hablan cinco, diez o cien veces. Y le llaman "resolver un problema". Cuando están en una habitación y hay silencio, se ponen nerviosos. Tienen que llenar el espacio con sonidos. Así que hablan impulsivamente, incluso antes de saber lo que van a decir. A la gente blanca le gusta discutir. Ni siquiera permiten que el otro termine una frase. Siempre interrumpen. Para los indios esto es muy irrespetuoso e incluso muy estúpido. Si tú comienzas a hablar, yo no voy a interrumpirte. Te escucharé. Quizás deje de escucharte si no me gusta lo que estás diciendo. Pero no voy a interrumpirte. Cuando termines, tomaré mi decisión sobre lo que dijiste, pero no te diré si no estoy de acuerdo, a menos que sea importante. De lo contrario, simplemente me quedaré callado y me alejaré. Me has dicho lo que necesito saber. No hay nada más que decir. Pero eso no es suficiente para la mayoría de la gente blanca. La gente debería pensar en sus palabras como si fuesen semillas. Deberían plantarlas, y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla. Existen muchas voces además de las nuestras. Muchas voces". (Fin del extracto).
Moraleja: A través de la práctica del silencio se puede llegar también a obtener algo fundamental para crecer como personas, ya que es el acceso a nuestro yo interno, a nuestro "self", allí donde está contenido lo mas esencial de nosotros, lo más puro y creativo de nuestro ser. A ese yo superior que muchos llaman "alma" y que sólo se puede llegar a través de esa mente consciente silenciosa dispuesta a atenuar los efectos de la turbulencia cotidiana.

JM, desde la Universidad de San Miguel.
udesmrector@gmail.com