Ante la tragedia...

    Ante la tragedia de Cerocahui, el Presidente de la República, ha dicho que de ninguna manera cambiará la guía eje de su plan para rescatar la paz, normado por la política de abrazos y no balazos; el llamado pacifista al que los delincuentes responden con los fríos abrazos de la muerte y balazos a diestra y siniestra, y ante ello, solo podemos decir: Que Dios nos agarre confesados.

    Cerocahui, pueblo ubicado en el municipio serrano de Urique, Chihuahua, ofrece a sus visitantes parajes espectaculares, su ancestral cultura, así como la amabilidad de su gente, valores que no dudaba hacer notar el guía de turistas Pedro Heliodoro Palma, saltó a la fama no por la recomendación de quienes han tenido la oportunidad de visitarlo, sino por la fatalidad que ha enlutado a toda la comunidad de Urique, especialmente a la del hoy popular Cerocahui.

    Un día sí y el siguiente también, los noticiarios nos hacen saber de muertes violentas; de casos estremecedores que nos hablan de un nivel de frialdad enfermiza de parte de criminales que acaban con la vida de sus víctimas, sin ningún miramiento, tal y como se arranca un yerbajo.

    De esa manera, un tipo segó la existencia de los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín César Mora Salazar, ambos cercanos a los 80 años de edad y con un largo servicio pastoral en comunidades tarahumaras. Los sacerdotes pagaron con su vida, al haber intentado salvar al guía de turistas de la comunidad de Cerocahui, Pedro Heliodoro Palma, de la furia de su asesino, quien finalmente, alcanzó su cometido y de paso, mató a los curas, quienes vanamente intentaron proteger a Pedro. Los tres cayeron en el interior del antiquísimo templo de San Francisco Javier.

    A lo largo de la presente administración, la sumatoria de crímenes de alto impacto ha alcanzado cifras que representan el fracaso de la estrategia de seguridad desarrollada por el gobierno federal y defendida por el Presidente López Obrador, la cual, en lo ideal, parte del convencimiento cristiano de ofrecer trato humano a los que delinquen, sin embargo, el Presidente, soslaya que la doctrina de Jesús, también sostiene que haya paz para los hombres de buena voluntad.

    El Presidente también desoye las palabras de San Pablo a los romanos (Romanos 13:3:4), las que se concretan en recordar que el trabajo del gobierno es desalentar y castigar a los malhechores (...” Porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”.)

    Bajo la tesitura pacifista de López Obrador, desde el inicio de su gestión, al mes de mayo del año que corre, se registró un acumulado cercano a los 122 mil muertos de forma dolosa; es decir, que se tiene un promedio diario que araña la centena de caídos.

    Cierto que el uso de la fuerza, desarrollada en sexenios anteriores, no dio ningún resultado, pero tampoco es motivo para hacerla a un lado, acompañándola de inteligencia, programas sociales, y un acento especial en desterrar la corrupción que priva en las fuerzas del orden y en el ámbito judicial.

    Por otro lado, también resulta importante que las autoridades municipales hagan valer la reglamentación municipal, olvidándose del costo político que esto representa. Parece de risa, pero el permitir, por ejemplo, que los automovilistas estacionen sus vehículos sobre la banqueta o en doble fila, son actos que siembran la semilla del desorden que trastoca en violencia.

    Claro, también se impone en darle vigencia plena a la despenalización de la mariguana, medida que según argumentan los especialistas en la materia, desmotivará el comercio ilegal de dicha droga.

    Todo da para pensar que la administración de López Obrador naufragará en el tema de la seguridad, lo cual, implicará, según palabras del citado, que sus aciertos de nada servirán ante la falta de tranquilidad social.

    Ante la tragedia de Cerocahui, el Presidente de la República, ha dicho que de ninguna manera cambiará la guía eje de su plan para rescatar la paz, normado por la política de abrazos y no balazos; el llamado pacifista al que los delincuentes responden con los fríos abrazos de la muerte y balazos a diestra y siniestra, y ante ello, solo podemos decir: Que Dios nos agarre confesados. ¡Buenos Días!

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