Con todo y sus defectos es lo mejor...

    La vida en democracia nos exige aprender a convivir y gestionar sus debilidades; las mismas que distinguen y aquejan a los individuos que se gobiernan a través de ella. Sin duda, este es el precio que hay que pagar.

    No se equivocaba el politólogo italiano Giovani Sartori al afirmar que en tiempos de elección pululan las discusiones alrededor de la palabra democracia, ignorando la cosa. Así que comenzaremos por la palabra y de la cosa nos ocuparemos después.

    La palabra griega demokratia se compone de “demos”, que quiere decir pueblo, y de “kratos” que significa poder, con lo cual, democracia es equivalente a decir: poder del pueblo. En ese sentido, las democracias tendrían que ser lo que refiere su significado: sistemas y regímenes políticos donde el pueblo es el que manda.

    ¿Todo resuelto? Obviamente No. Basta con pensar que al pobre de Sócrates lo hicieron beber la cicuta por la voluntad democrática, es decir, el poder del pueblo. Pero, ¿quién es el pueblo? ¿Cómo se atribuye el poder al pueblo? ¿Cómo hay que hacer para que el pueblo tenga dicho poder, y no solo crea que lo tiene?

    Es importante tratar de dar respuesta a estas preguntas, porque en las mañaneras, un día sí y otro también, escuchamos al Presidente decir: “yo hago lo que dice el pueblo, porque el pueblo manda”.

    Sartori refiere que entre los Siglos 5 y 4 ac., el término “demos” tuvo todo tipo de interpretaciones. A decir de los griegos, esta palabra podía tener cuatro significados distintos:

    1) “Plethos”, es decir, plenum, el cuerpo de los ciudadanos en su integridad. Aquí el pueblo son los todos; 2) “hoi polloi”, es decir, los muchos. El inconveniente de esta acepción es que se remite a la pregunta: ¿cuántos muchos son suficientes para formar un demos. Habría que establecerlo cada vez, y eso no parece ser nada práctico; 3) “hoi pleiones”, es decir, los más. Esta es una acepción clave porque la democracia se fundamenta, como veremos, en una regla mayoritaria que deriva de esta acepción; y, por último, 4) “ochlos”, es decir, la multitud, esa concentración ocasional que resulta importante al momento de, por ejemplo, ir a votar.

    Para efectos de simplificar la noción de manera operativa, podemos decir que la democracia funciona a partir de lo que determine una mayoría absoluta o una relativa. Mayoría absoluta quiere decir que, los más, tienen todos los derechos, mientras que la minoría, es decir, los menos, no tienen ningún derecho. Por su parte, la mayoría relativa significa que los más tienen derecho a mandar, pero respetando los derechos de las minorías.

    Aclarado este primer punto, ahora no tenemos más salida que preguntarnos si la democracia es lo mejor que tenemos a nuestro alcance. Para esto quisiera traer a la reflexión algunas ideas que compartí en este mismo espacio hace poco más de dos años.

    A la dificultad, por no decir imposibilidad, de dialogar en serio, es decir, con argumentos, respeto y empatía, se suman otros tres factores que, por paradójicos, se convierten en las miserias de nuestra democracia: la tiranía de las mayorías; la indiferencia y desinterés; y, la imposibilidad de garantizar resultados justos.

    Sobre el primer punto, John Suart Mill decía que la supuesta voluntad del pueblo, en realidad “no era la voluntad del pueblo, sino de la parte más numerosa o activa del pueblo”. Henos aquí frente a frente con la primera miseria (y paradoja) de la democracia: la tiranía de las mayorías, la cual puede llegar a convertirse en una forma de gobierno tiránica porque ella no garantiza los intereses de todos, “sino de los más”.

    La segunda miseria (y paradoja) es la indiferencia y desinterés que experimentamos con todo aquello que tenga que ver con la política. En el contexto de las democracias liberales defendemos con uñas y dientes la libertad que tenemos para dedicarnos a nuestros asuntos privados, de ahí que dejemos los asuntos de interés público en manos de aquellos que elegimos para ocuparse de ello: “los políticos profesionales”. Tengan la pinta y pasado que tengan, nos gusten o no, si fueron elegidos por los más ellos se harán cargo de la cosa pública.

    La tercera miseria de la democracia se encuentra en el hecho de que representa un sistema de gobierno incapaz de garantizar resultados justos, debido a que, como dice Victoria Camps “la democracia es solo un procedimiento, el menos malo que ha concebido la humanidad, el más respetuoso con los individuos y el que con más probabilidad producirá decisiones justas”, pero donde “las consultas y deliberaciones se dan en unas comunidades donde el diálogo no existe o es un diálogo de sordos [...] un diálogo, en definitiva, de seres humanos con sus pasiones, parcialidades e intereses, cuya ‘razonabilidad’ queda oculta por una ‘racionalidad’ que solo vislumbra sus fines particulares y corporativos y se empeña en no ver los fines públicos”.

    ¿Puede nuestra democracia escapar de sus miserias? Aunque suene a fantasía, sí es posible, siempre y cuando las y los ciudadanos hagamos la parte que nos corresponde, porque el sistema de representación “no perdona”, cuando nosotros solo tenemos ojos para nuestros asuntos privados.

    La vida en democracia nos exige aprender a convivir y gestionar sus debilidades; las mismas que distinguen y aquejan a los individuos que se gobiernan a través de ella. Sin duda, este es el precio que hay que pagar.

    De ahí que vale la pena que usted tenga a mano estas seis pautas, útiles frente a las elecciones del seis de junio:

    1) Analice el currículum ciudadano de los y las candidatas; indague qué han hecho por su comunidad, cómo les fue durante su gestión; calcule el tamaño de la cola que arrastran. 2. Infórmese sobre los principales problemas que enfrenta su comunidad y las estrategias que los y las candidatas pondrán en marcha para resolverlos. 3. Razone su voto, no se deje llevar por los memes, las noticias falsas que circulan en las redes, por la rumorología de los expertos express; trate de que su voto ayude al equilibrio de los contrapesos, porque el absolutismo es el principio del fin de la democracia. 4. Convenza a quien dude de ir a votar; una, dos o tres personas convenciendo a otras dos o tres, hacen la diferencia. 5. Vote el 6 de junio; por quien sea, pero vote; no deje que los mismos vicios del pasado le arrebaten la oportunidad de decidir quién quiere que lo gobierne. 6. Denuncie cualquier acción que enturbie los procesos electorales; elija la vía más pertinente, porque, como sabe, la técnica de los abrazos, más que real, es una burla.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿Ya conoce a las y los candidatos municipales, estatales y federales por los cuales puede votar? ¿Entró a los espacios oficiales para conocerles? Por si no lo ha hecho, aquí tiene la liga: https://www.ine.mx/voto-y-elecciones/elecciones-2021/candidatas-y-candidatos-locales-2021/