El águila real voló...

    Gracias a la maestra Coyito, Tere, Aurelia, Silvia, Carmen y muchas otras más, soy la persona que soy, por eso solo me resta decir, de corazón, muchas gracias y muchas felicidades a todas las y los maestros en su día. Ustedes son el alma de nuestro país, y en sus manos sigue estando la posibilidad de formar a quienes pueden hacer realidad un futuro mejor.

    Con tacones probablemente rebasaba el 1.50. Quizá eso ayudaba a que siempre nos mirara a los ojos. Sus buenos días cantarines siempre se acompañaban de unas palmaditas en la cabeza que servían de aliento y acomodarnos un poco los gallos que traíamos en el pelo.

    En su aula no había tontos, flojos, malos o sucios. Para ella todos éramos hermosos, capaces, inteligentes, simpáticos, acomedidos, valientes, respetuosos, muy buenos niños. Éramos sus niños, tan suyos como los que parió. Fue la mamá de 10 mil, 15 mil o 100 mil niños. La mamá de todos en el barrio; la mejor.

    Las blusas siempre remangadas, el pantalón oscuro de terlenka suavecita, la cabellera rubia y rizada y los bracitos pecosos haciendo de asa en la cintura, la pintan tal como era. Sus ojos amielados, de camaleón, le mantenían alerta, presta a todos y todo. Ni el más mínimo movimiento de un lápiz, hoja, cuaderno, mochila, lonchera, sacapuntas o marcador le era inadvertido. Al tiempo que te sujetaba la mano para que siguieras el patrón punteado de las letras, le llamaba la atención a Manuel, quien seguía empeñado en dejar sobre el pupitre de madera los despojos de lo que estuviera comiendo. Manuel, corazón ­ -decía con voz firme y ya cascada, pero dulcísima a la vez- ya sabes dónde debes poner la basura. ¿Cómo puede ver a Manuel sin voltear?, me pregunté tantas veces.

    Porque el incontablemente nombrado Manuel, además de olvidar su basura en el mesabanco de cualquiera, también se comía los lonches, tomaba nuestros libros, cuadernos, colores o borradores, a veces regalándonos su chimuela sonrisa o con un simple “préstamelo y luego te lo devuelvo”. Pero el tema no es Manuel, sino la maestra Socorrito, la del “primero A”, esa mujer que, además de esos, tenía muchos otros superpoderes.

    Ella no caminaba como una persona común y corriente; más bien levitaba. Jamás me expliqué cómo una ancianita, porque así la veía cada vez que la comparaba con mis maestras de preescolar, era capaz de pasarse de una fila a otra más rápido que Flash. Muchas veces lo intenté, pero jamás pude igualarla. Ella nunca tuvo que ir al frente de la fila para pasarse a la otra, porque como los fantasmas, la maestra Coyito traspasaba filas, paredes y cualquier tipo de materia. Tenía el don de la ubicuidad. Se aparecía, en el momento justo, en todos los rincones y espacios. Algo propio de los superhéroes.

    Quizá por eso, porque sabía que tenía súper poderes, jamás estaba triste, cansada, hambrienta, aburrida, desesperada o decepcionada de nada, mucho menos de nosotros, porque como después me enteré, éramos su orgullo. Pero también lo fueron mis primos y primas que habían estado con ella y los que llegaron detrás de nosotros. Su corazón dulce y generoso era un almacén infinito en el que cabía cualquiera.

    Entre cantos, rimas, cuentos, bailes y palmas terminamos de aprender a sacar cuentas, escribir y leer de corrido, incluso, a ser parte del repertorio del festival cívico de septiembre. Jamás olvidaré aquella ceremonia de 1976, porque me convirtió en un alumnito inolvidable. Palabras más, palabras menos, esto fue lo que sucedió:

    A media mañana del primero o segundo lunes de septiembre, sin llamar a la puerta, el director de la escuela entró al aula. Con instinto de soldado nos pusimos firmes. Tras un lacónico buenos días, y pedirnos con la mano que nos sentáramos, cuchicheó algo con la maestra. Acordado el mensaje, lanzó su propuesta: “¿Saben alguna recitación, biografía o conocen una anécdota del mes de la patria? ¿Alguien quisiera participar en el homenaje del próximo lunes? A ver, levante la mano quien quiera...”.

    El silencio del grupo, y las glorias pasadas en mi preescolar, me hicieron levantar la mano. “Yo me sé una recitación que me enseñó mi abuelita -dije absolutamente seguro-. La declamé muchas veces en el kínder. Hasta el momento eso creía, que declamaba, porque mi abuela así me la había enseñado, como una declamación cívica. Sin más tela de dónde cortar, el director de la escuela dijo: “Bueno Coyito, entonces este niño, ¿cómo te llamas, niño? -me dijo- será el que participe en el lunes cívico”.

    Después de ella animarme y decirme que sería el único niño chiquito que estaría en el homenaje, porque el resto serían de sexto, terminé por convencerme que era lo mínimo que merecía un declamador de mi calibre. Lo curioso fue que la maestra Coyito nunca me pidió que le repitiera la recitación, tal como lo hacían mis maestras del preescolar mientras descansaban (me pedían que me subiera a una sillita de madera y desde ahí les declamara. Lo hice infinidad de veces, y siempre a petición de ellas).

    Por fin llegó el día. Como era uno muy especial, mi mamá me mandó engominado (creo que fue la única vez durante la primaria que usé goma en el pelo). Adentro de la Dirección de la escuela estábamos los niños y niñas que participaríamos en la ceremonia. Era muy distinto verla desde dentro de la oficina de la Dirección. Me sentía un minidirectorcito, porque tenía la oportunidad de hablarle a toda la escuela por el micrófono; ese era un privilegio exclusivo de las autoridades de la Plutarco Elías Calles. Lo que sentía no eran nervios, sino una emoción peculiar que calmaba viendo a la distancia a la maestra Coyito. Verla me calmaba.

    No recuerdo si antes o después de mí pasaron los estudiantes de sexto, lo que sí recuerdo vivamente es al director asomándose hacia el interior de su oficina diciéndome: “Niño, tú el de primero, ándale pues, ya es tu turno”, al tiempo que me apuraba con una mano y tapaba el micrófono con la otra. Alguien me llevó con él y, frente a toda la escuela, por fin, tomé el micrófono. Golpeé la parte de arriba para verificar que estuviera encendido (no sé por qué hice eso, pero lo hice) y comencé mi declamación: “El águila real voló. El nopal se quedó temblando. ¿Y las tunas dónde están? Aquí las traigo colgando”, sujetándome la entrepierna con la mano derecha. Muchas gracias dije, para cerrar con una caravana en la que casi me toco las rodillas con la frente.

    No logré ver la reacción del público, porque una mano me jaló desde dentro de la dirección. Entre brumas recuerdo que maestras y maestras se tapaban la cara para ocultar su risa, mientras el director tranquilizaba por micrófono al chamaquero que se movía como ola en la explanada. Nadie dijo nada, hasta que llegó la maestra Coyito, quien me tomó de la mano, se hincó y riéndose me dijo: “Ayyyy Pablito, no sabía que eras tan bueno para recitar”. Me abrazó y, mientras me apretujaba, tras mi espalda algo dijo a sus compañeras. Del director, prácticamente, huyó. Mi maestra, con más habilidad y destreza que los equipos especiales zwat, había burlado el cerco de seguridad, sacándome de la Dirección para llevarme, sano y salvo, al paraíso de su aula.

    Gracias a la maestra Coyito, Tere, Aurelia, Silvia, Carmen y muchas otras más, soy la persona que soy, por eso solo me resta decir, de corazón, muchas gracias y muchas felicidades a todas las y los maestros en su día. Ustedes son el alma de nuestro país, y en sus manos sigue estando la posibilidad de formar a quienes pueden hacer realidad un futuro mejor.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿A dónde quiere llegar el Presidente con sus sondeos express? ¿De veras piensa que deseamos verle más tiempo del que dicta la Constitución? ¿A cuenta de qué viene esta nueva ocurrencia?