El crimen en Mazatlán, matices aparte. Decir la verdad es esencial para la paz

OBSERVATORIO
    Las autoridades de seguridad pública federales, estatales y municipales deben cuidar los mensajes que emiten después de hechos de violencia como el sucedido la madrugada del jueves 9 de septiembre en el perímetro esencial de Mazatlán delimitado por el cruce de las avenidas Rafael Buelna Tenorio y La Marina, zona a la que se le incrustó un paisaje bélico en el que fueron ultimadas cuatro personas con sus arsenales y el vehículo que las transportaba terminó incendiado.

    Debiera naufragar el tema en la nota roja al que fue relegado, pero el enfrentamiento entre civiles armados, o el abatimiento, si así se le quiere ver, que elementos de la Marina hicieron de la célula criminal que desde una semana antes entró a Mazatlán a esparcir miedo, rebasa la postura oficial del “aquí no pasa nada” o “ya se ha puesto orden” que se entiende como táctica gubernamental para crear tranquilidad en la población y sin embargo conlleva el riesgo de hacer que la gente pacífica tome confianza y caiga en una de esas emboscadas que la delincuencia organizada tiende para grupos antagónicos o que la labor de inteligencia de las fuerzas armadas logra estructurar.

    Las autoridades de seguridad pública federales, estatales y municipales deben cuidar los mensajes que emiten después de hechos de violencia como el sucedido la madrugada del jueves 9 de septiembre en el perímetro esencial de Mazatlán delimitado por el cruce de las avenidas Rafael Buelna Tenorio y La Marina, zona a la que se le incrustó un paisaje bélico en el que fueron ultimadas cuatro personas con sus arsenales y el vehículo que las transportaba terminó incendiado. Pónganlo como quieran, pero esto no es el fantástico óleo de Dante y Virgilio en el Infierno que en 1850 plasmó Bouguereau.

    Se está haciendo moda que el servicio público se instituya como matizador de aquellas realidades cuya brutalidad le anticipa a la sociedad amenazas descomunales. ¿Cuántas versiones encontradas caben sobre la violencia que acecha a Sinaloa, particularmente a la bella Perla del Pacífico? ¿La costumbre de matizar la barbarie se traduce en poner a salvo a la población que es ajena a la actividad facinerosa? ¿Con cuantas mentiras se mata a la autenticidad? ¿Quién o quienes son los que están poniendo orden?

    Falta mucha claridad respecto al desarrollo de la persecución y desenlace de este suceso, el cual despojado del amarillismo que le corresponde, plantea bastantes dudas razonables. Está bien que se le busquen explicaciones, ¿o justificaciones?, bajo la premisa de no ahuyentar al turismo, no obstante que la alta prioridad debiera ser proteger a los mazatlecos que ni la deben ni la temen en este entramado delincuencial. Independientemente de malandros que se exterminan entre sí, el enfoque de protección ciudadana va mucho más lejos que eso.

    Uno, la versión del gobierno es que se trató de un choque entre segmentos que se disputan la plaza para sus acciones relacionadas con el narcotráfico, sin que la conjetura identifique con nombres a las cabezas de dichas fracciones en guerra frontal. Esto significa que el cártel que domina el territorio detectó la invasión de otra organización hamponil (“que no era de aquí” según lo declaró el Alcalde Luis Guillermo Benítez Torres) y procedió a neutralizarla.

    Dos, resulta ociosa por repetitiva la explicación de que la Marina Armada de México no intervino en este episodio violento, para perseguir y abatir a delincuentes que era del conocimiento público se movilizaban con toda libertad. De ser así, entonces fueron dos comandos del narco los que transitaron por Mazatlán como Juan en su casa, cazándose entre ellos, y la situación estuvo más grave de lo expuesto. A los mazatlecos les daría algo de paz el hecho de saber que todo derivó de un operativo de la fuerza pública federal, cuidándolos.

    Y tres, cuando “El Químico” Benítez expresa que las corporaciones de seguridad pública, entre éstas la Marina, “están poniendo orden en Mazatlán”, admite que fueron los militares los que intervinieron para eclipsar al grupo armado. Aunque enseguida salió el Secretario de Seguridad Pública Municipal, Juan Ramón Alfaro Gaxiola, a negar que el ala anticrimen de la Semar tuviera participación en los sucesos de la colonia Sánchez Celis.

    ¿Entonces qué fue todo esto? El Gobierno de Mazatlán tiene identificado a grupos delictivos de casa que son atacados por gatilleros que vienen de fuera, sin embargo, son los mismos sicarios los que “están poniendo orden”, o bien la Marina tuvo un buen operativo y pudo detectar, ubicar e inmovilizar a criminales que con armas de alto poder y equipo táctico de guerra procedían a aterrorizar a los ciudadanos al mostrarse recorriendo las calles como si tuvieran permiso para diseminar el horror.

    Y si acaso hay que ser más quisquillosos, agreguemos el dato de que las escenas de delincuencia extendidas a un amplio radio urbano de Mazatlán ocurrieron en la víspera de que Andrés Manuel López Obrador efectuará la novena visita oficial a Sinaloa y ello presupone un operativo especial para cuidar la integridad presidencial. Y que aparte de estar en peligro nuestro paraíso en el Pacífico, también en Culiacán existe la región de Mojolo como tierra sin ley, o la franja violenta de la costa de Guasave a la sierra sinaloíta, en el norte del estado. Focos de preocupación que por cierto no aparecen en el mapa de la seguridad pública del gobierno.

    Claro que en estos tiempos se debe proceder a atenuar el sensacionalismo distintivo de la información policiaca manejándolo con el enfoque que le cause la menor zozobra a los ciudadanos. Pero manipular la realidad con el habitual “lavado de manos” donde el gobierno elude la responsabilidad que le corresponde y se repliega en la desidia, es tan peligroso para la sociedad como la ráfaga de los gatilleros.

    Reverso

    Tiembla la mujer mazatleca,

    Y se agitan los ‘monos bichis’,

    Al sentir la misma paz hueca,

    De la que se quejan los culichis.

    Los dos amigos

    En el análisis publicado el viernes en este espacio decimos que en realidad la visita del Presidente Andrés Manuel López Obrador a Sinaloa, con el pretexto de venir a inaugurar hospitales (luego la vocería de Salud estatal ajustó el término a “supervisar”), era para coronar la amistad entre el Mandatario federal y el Gobernador Quirino Ordaz Coppel. Vino a ponerle broche de oro a esa relación fraterna y proteger con el manto de la 4T al político mazatleco que le fue fiel a la Cuarta Transformación. Leal hasta donde el término le alcance al imaginario popular.

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