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LA RAMBLA

El jab del Tlaxcala

    Le apodaban así porque había nacido y crecido en una calle que llevaba ese nombre. Además, nació y creció en un tiempo en el que el apodo lo decía todo.

    Debía tener peso, debía infringir respeto, suficiente para que su palabra valiera, para aguantar el pago de alguna deuda, para cargarse de honor y que al final todos te reconocieran.

    Cuando lo conocí lo identifiqué fácil porque llevaba en el pecho tatuada la palabra, con letras gótica, hecha por sus propios amigos cholos del barrio California en Ciudad Obregón, Sonora.

    Era principios de la década del 2000 y el boxeo popular en Cajeme estaba por resucitar después de vivir una época de oro con las actuaciones de Fernando “Cochulito” Montiel en la misma Obregón o en Navojoa.

    Y comenzaban a cansarse de sus ídolos como el “Guáguara” Reyes o de la visitas como la del “Cocas” Ramírez desde Hermosillo.

    Entonces una nueva camada de boxeadores comenzaron a meterse en la vista y gusto de los aficionados, entre ellos el Tlaxcala.

    De unos 19 años, el joven espigado, parecía siempre estar de mal humor, con el gesto duro, pelo corto y peinado lo suficiente, tenía un problema en el párpado del ojo izquierdo que lo hacía ver más feroz.

    Muchos decían que era zurdo natural, pero el Tlaxcala peleaba con la guardia derecha, porque “no se hallaba” de otra manera.

    Siempre que lo vi, vestía pantalones dickies bombachos, camisetas claras, más anchas de su talla normal, y procuraba guardar el estilo de los pandilleros del este de Los Ángeles, como todo mundo había visto en las películas.

    Pero había algo en el Tlaxcala que no iba de acuerdo a su imagen y personalidad. Aquel perro feroz que subía al ring, podría limitarse si veía a su rival estar muy lastimado.

    Eso pasa seguido en el boxeo, una vez René Coronado, el apoderado de uno de los campeones nacionales que tuvo Ciudad Obregón en esas fechas, Lorenzo Trejo, me contó que el propio Explosivo se bajó llorando del ring porque decía que sentía algo en el pecho, y no quería pelear contra su rival, tenía miedo de hacerle daño.

    Sin embargo nunca pensé que era algo parecido.

    El Tlaxcala era más por nobleza que un asunto o desorden sicológico.

    Pero entonces fue que le llegó una visión, una motivación que nunca le había visto.

    Siendo aún un peleador de cuatro rounds, un día llegó al gimnasio y dijo: quiero pelear una estelar.

    La cartelera de boxeo profesional se conforma de entre cinco y hasta una decena de peleas, en escalera, que comienza muy estrictamente entre los que menos rounds disputan y que por ende ganan menos.

    Las preliminares, semifinales y estelares son para los ídolos en formación o en pleno momento.

    Y los sueldos también eran parecidos, de 2 mil, 3 mil en los primeros rounds, luego de 5 mil, a 7 mil, y las estelares hasta los 10 mil y 12 mil pesos.

    Entonces el Tlaxcala mostró cosas que no había enseñado antes.

    Jab, jab, gancho a la mandíbula, todos con la zurda, y el rival cayó al suelo como si fuera un robot y lo hubieran desconectado.

    Otra palea más y aunque comenzó recibiendo mucho castigo, pudo aminorar la velocidad de su rival cuando entendió para qué utilizar las fintas.

    Pisada fuerte al frente, finta, y jab de izquierda demoledor. El rival cayó y le comenzó una fuerte hemorragia en la nariz. La victoria para el Tlaxcala fue cuestión de tiempo.

    “Ya falta poco para la estelar”, dijo emocionado luego de pelear otra vez a seis rounds y ganar con más poder de puños que otra cosa.

    Salió en los periódicos, el nuevo ídolo en ascenso tenía una meta, para todos, muy humilde, pero nadie sabía por qué.

    ¿Campeonato estatal?, no. ¿Regional?, ¿nacional?, no, no, yo no sirvo para esto, respondía.

    “Pero vas bien, tienes poder, hay que trabajar en lo demás”, le sugerían.

    No, siempre dijo el Tlaxcala. Una estelar y ya.

    Hasta que le llegó la oportunidad. Lo supe porque llamó a varios para mostrar felicidad.

    Trabajó un par de semanas y a la hora del pesaje su cuerpo lucía bien trabajado, más fuerte que nunca. Y aseguraba estar más en forma que antes, más veloz, y sobre todo, más concentrado.

    Cualquiera que haya cubierto el boxeo profesional, como un trabajo, podría coincidir que es algo que se lleva siempre a casa, que parece no terminar nunca, ni aunque vayas a dormir.

    Porque conoces las historias de los boxeadores, sus historias de vida, sueños, ambiciones. Y hay veces, hasta secretos que terminan saliendo a la luz, después.

    Esa noche subió el Tlaxcala y todo mundo quería verlo ganar.

    Caminó como nunca en el ring, persiguió a su rival, lo conectó a como quiso, como pudo. También recibió, pero nada parecía hacerle daño.

    Con la quijada dura, envaselinada, encaraba al rival y su ojo medio cerrado parecía servirle para afinar la puntería.

    Jab, finta, gancho al cuerpo, a la cabeza. Recto, cruzado, jab, jab.

    Entonces, como el sonido del guante en la piel puede sacudir la atención del más alejado, llegó: ¡Prac! Seco, conectó el gancho de izquierda al hígado, una zona desprotegida, con un golpe que el Tlaxcala no parecía dominar antes.

    Su rival cayó, como los otros, pero éste revolcándose, mientras el réferi realizaba el conteo.

    La emoción contenida de aquél pugilista en esquina neutral se desbordó cuando escuchó en coro el número 10.

    La pelea se había terminado y él había cumplido su objetivo de ganar una pelear estelar.

    ¿Qué sigue para el Tlaxcala?, pregunté en el ring.

    “Ya nada wey, mi mamá ya está muy grande, ya no puede trabajar. Este dinero es para poner un abarrote en mi casa”.

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