El silencio de Dios
y la pandemia

27/03/2021
    “Las consecuencias se están sufriendo a nivel mundial, pues además de los contagios, las hospitalizaciones, las limitaciones en las relaciones humanas y las muertes de familiares, amigos y conocidos, la saturación de funerarias, hornos crematorios y panteones y no poder despedirse de los seres queridos y amigos”.

    Al terminar el año 2019 la humanidad festejó la natividad del Niño Dios y se regocijó con las fiestas del nuevo año 2020 y del día de Reyes, nunca nos imaginamos que estábamos a la puerta de una terrible enfermedad que afectaría a todas las naciones, a todo el mundo, con millones de enfermos, miles de hospitalizados y miles de muertos, hombres y mujeres, adultos mayores, de mediana edad, jóvenes y hasta niños. Fue la gran sorpresa, como sorpresa fue también que la humanidad y los gobiernos no estaban preparados para una crisis de esta naturaleza y amplitud, más aún, la humanidad se resistió y se resiste a tomar las medidas necesarias para impedir la propagación; muchos gobernantes antepusieron la crisis económica resultante, sobre la crisis de salud.

    Las consecuencias se están sufriendo a nivel mundial, pues además de los contagios, las hospitalizaciones, las limitaciones en las relaciones humanas y las muertes de familiares, amigos y conocidos, la saturación de funerarias, hornos crematorios y panteones y no poder despedirse de los seres queridos y amigos. A todo esto se agrega la caída de la economía y del empleo, las pérdidas económicas, familiares y personales por sufragar gastos de clínicas, medicinas, médicos y funerarias; muchas familias tuvieron que vender o empeñar sus bienes, agotaron sus ahorros o se endeudaron y muchas veces, finalmente el enfermo falleció y la impresión que quedó es que todo fue inútil, que el resultado de tanto esfuerzo, físico, económico y emocional no valió la pena.

    Es en estos momentos cuando nos preguntamos: ¿Y dónde está Dios? ¿Por qué no atiende nuestras súplicas y rezos? ¿Todo fue en vano?; ya llevamos más de un año con esto y todavía falta.

    La respuesta para el cristiano, por lo menos, es que estamos ante El Silencio de Dios, estamos ante momentos de La prueba de Dios. La humanidad está, en este tiempo recorriendo su “desierto”, que es la parte más difícil de la Fe. Igualmente, las personas y las familias estamos también sufriendo “la prueba del Señor”, estamos recorriendo nuestro propio “desierto”. Para una mejor explicación y entendimiento de esto se recomienda consultar los textos del Padre Ignacio Larrañaga, principalmente “Muéstrame tu Rostro” y “Las fuerzas de la Decadencia”, así como las obras de Anthony de Mello, S.J.

    Los cristianos no debemos olvidar que hasta Cristo tuvo sus pruebas y su desierto, y hasta llegó un momento en el que invocó al Padre que parecía haberlo abandonado en la Cruz con su silencio, pero en el momento culminante de su vida y de su obra, triunfó al aceptar “mas no se haga mi voluntad sino la tuya” y con ello salvó a toda la humanidad, más que con su muerte, con la aceptación de su muerte para cumplir la voluntad de Dios.

    Y ese es el camino de todo hombre y de todos los hombres, “somos peregrinos, no turistas en este mundo”; estamos siempre en camino hacia Dios, que es la meta. Esta noche obscura, esta obscuridad “no es ausencia de Dios, sino el Silencio de Dios”. Ante tanto sufrimiento y muerte, ante la desesperación y la angustia, el dolor y el miedo (miedo hasta cuando suena el teléfono que nos pudiera anunciar otro enfermo u otro muerto) y el no saber qué contestar cuando nos preguntan: ¿Por qué mi padre o por qué mi hijo? Sólo Dios tiene una respuesta que para el cristiano es suficiente, pero para el que no cree ¿en qué se puede “agarrar” para aceptar la muerte que él ve como injusta?

    “El hombre es el único ser de la creación que tiene conciencia de que va a morir, de que debe morir”, como expone el P. Larrañaga: “el único capaz de enfrentar la muerte de manera consciente y reflexiva es el ser humano... el único capaz de dar a la muerte un significado, un sentido, en suma, una dignidad, es el hombre. Pero también el único capaz de morir desesperado y despedazado”.

    Se trata de “morir en la Fe entregándose en paz en las manos de Dios o morir a la manera estoica”. De la aceptación de la muerte cierta y próxima proviene la paz, morir en paz; en cambio, para el estoico “la vida es una peregrinación entre dos nadas: procedemos de la nada y acabamos en la nada”.

    “También el cristiano agonizante está clavado en la cruz. El que muere en la Fe muere con Cristo y como Cristo... Es Jesús mismo quien continúa sufriendo y muriendo... con el cristiano agonizante”.

    Estos son momentos de perdón y de reconciliación, de aceptarnos como somos y de cumplir en lo que creemos y sabemos que Dios nos encomendó y cuando pase esta noche obscura, estamos seguros que vendrán días mejores para todos.