Fragilidad institucional, libertades civiles y violencia en México

    Así pues, en México se ha debilitado la cultura de la legalidad, y se ha dejado de lado la tarea de fortalecer las instituciones democráticas históricamente endebles. ¿Qué va a pasar cuando se haga todavía más evidente el fallo de esta estrategia de evasión/conciliación con el crimen, y por lo tanto se haga necesario confrontar a las organizaciones delictivas con todo el peso de la ley? ¿Seremos capaces de resistir y conservar nuestras libertades civiles?

    Existe el riesgo de un declive en la prevalencia de las libertades civiles en México si de repente el proyecto de Morena, como movimiento político avasallador, toma como su principal objetivo a la seguridad pública, en un contexto de creciente debilitamiento de los contrapesos al poder presidencial, junto a una escasa cultura de la legalidad y de respaldo a los derechos humanos.

    Si en la búsqueda del bienestar económico las huestes morenistas han mostrado su desprecio e indiferencia por las instituciones, qué pasará si de repente el pueblo sabio, devenido en masa por la atrofia de las virtudes ciudadanas, se cansa de los pobres resultados en el combate a la delincuencia, y sus demandas exigen ahora seguridad a cualquier costo. Por eso es oportuno cuestionarse hasta qué punto podrían llegar los nuevos liderazgos de Morena para satisfacer los anhelos de paz de la población, una vez que Andrés Manuel haya finalizado su mandato y llevado consigo su política de abrazos no balazos.

    México está sumergido desde hace casi dos décadas en un conflicto civil que hasta el momento ningún partido político en el poder ha podido contener. Durante el sexenio de Felipe Calderón el número de homicidios dolosos alcanzó los 121 mil sucesos. Con Peña Nieto el saldo final fue de 157 mil muertes, mientras que con López Obrador las defunciones violentas ya sobrepasan los 100 mil en tan solo tres años de gobierno. Es un auténtico escenario de guerra. Ninguna estrategia ha dado resultado.

    Con una tasa de 26 asesinatos por cada 100 mil habitantes, México se encuentra entre las naciones más violentas del mundo. Al interior del País, los estados más peligrosos son Baja California, Zacatecas y Coahuila. Las demás entidades no están mucho mejor. Para el caso de Sinaloa, donde los arreglos entre el crimen organizado y el Estado no saben de perspectiva de género, el feminicidio se posicionó como el delito con el mayor incremento, y la violación a mujeres alcanzó una cifra histórica al cerrar el 2021 con 307 denuncias.

    A este escenario de barbarie hay que sumarle el número de víctimas sin localizar y sin identificar. El más reciente reporte en materia de derechos humanos de Naciones Unidas destaca que en México existen 95 mil personas registradas como desaparecidas y 52 mil personas fallecidas sin reconocer. Todos estos crímenes se enmarcan en la impunidad. A lo mucho el 6 por ciento de los casos de desaparición resultan en procesos penales, indica este organismo.

    La angustia sobrevuela el ánimo de nuestra comunidad. El principio fundamental de una vida decente es la ausencia del miedo y la no dominación. Es inaceptable vivir vulnerable a padecer algún mal que otro esté en posición de infringirnos arbitrariamente. No existe la libertad, dice Philip Pettit, cuando los conflictos se resuelven mediante las relaciones desiguales de poder. La libertad requiere que desaparezca la dominación, cualquiera que sea su fuente.

    En México hemos normalizado esa ausencia de libertad. Cuadramos nuestra vida a un restringido perímetro de acción que utilizamos para evadir la violencia siguiendo las reglas no escritas del crimen organizado. Vivimos con el ojo alerta a los humores ajenos, y en la incertidumbre respecto a las reacciones de quienes tienen nuestra seguridad en sus manos.

    Consciente de la problemática, López Obrador pretendió poner freno a la anarquía instaurando de nueva cuenta el poder del Estado como un Leviatán capaz de apaciguar la guerra. Pero ante las dificultades que ha tenido para implementar de forma expedita su proyecto de nación, AMLO ha optado cada vez más por la acción directa, dinamitando de manera gradual y peligrosa los contrapesos al poder presidencial.

    Pasando por alto la pluralidad del País, a los diversos frentes de Oposición se les etiqueta como una élite privilegiada y traidores a la patria que confabulan contra del pueblo. En los últimos meses se ha acentuado el hostigamiento a periodistas, activistas, académicos y asociaciones civiles a quienes se les acusa de golpistas. Al Ejército se le ha dado mayor poder y presupuesto, y ahora a los militares se les asignan responsabilidades civiles. Se menosprecia el valor de los organismos autónomos, y se llama a desobedecer la ley mediante decretos que sobrepasan los límites de la Constitución.

    La cargada contra cualquier expresión crítica se ha desbordado a tal grado que la población ha hecho suyo el discurso presidencial vacío en argumentos. Ya ni siquiera se salvan instituciones que antes preservaban cierto prestigio y credibilidad, como la ONU o Amnistía Internacional, que recientemente publicaron unos informes donde revelan la crisis humanitaria que prevalece en el País, y por ello fueron duramente censurados tanto por el Presidente como por sus seguidores.

    Así pues, en México se ha debilitado la cultura de la legalidad, y se ha dejado de lado la tarea de fortalecer las instituciones democráticas históricamente endebles. ¿Qué va a pasar cuando se haga todavía más evidente el fallo de esta estrategia de evasión/conciliación con el crimen, y por lo tanto se haga necesario confrontar a las organizaciones delictivas con todo el peso de la ley? ¿Seremos capaces de resistir y conservar nuestras libertades civiles?

    Para que la libertad prevalezca, tanto el Estado como la sociedad deben ser fuertes. Un Estado fuerte es necesario para controlar la violencia, hacer cumplir las leyes y proporcionar servicios públicos que son cruciales. Una sociedad fuerte y movilizada es indispensable para controlar y encadenar al Estado fuerte. Este equilibrio no tiene que ver con un momento revolucionario, es una lucha constante y diaria entre los dos. Lograr la libertad es un proceso.

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