'Gimme the power' (... ¿para qué?)

    La oposición estaba ahí, pero rara vez conocías de su existencia. Para gran parte de la sociedad mexicana, eran una figura de ornamento, un adorno ‘impuesto’ en la sala de la casa, en ocasiones hasta molesto para el ojo del gran público.

    En 1997, mi generación conoció una las canciones más emblemáticas de fines del Siglo 20 mexicano. Hablaba del “alma popular del momento”, de eso que no sabíamos cómo se llamaba, pero todos los días vivíamos los efectos por no tenerlo, diría Porfirio Díaz. Hoy sé que se llama “poder” y que el entonces dictador no se equivocó.

    Eran los tiempos del PRIATO, dícese de las décadas donde un solo partido ganaba las elecciones, sin importar quien compitiera. El poder no estaba a discusión, le pertenecía a quienes integraban estas siglas, y lo ejercía prácticamente un hombre: el Presidente de la República.

    La oposición estaba ahí, pero rara vez conocías de su existencia. Para gran parte de la sociedad mexicana, eran una figura de ornamento, un adorno “impuesto” en la sala de la casa, en ocasiones hasta molesto para el ojo del gran público.

    Las elecciones, ese extraño mecanismo utilizado para transferir el poder “del pueblo” a sus gobernantes estaba distorsionado, por decir lo menos; había elecciones en México, pero no eran como “las otras”, como esas de las llamadas democracias occidentales, porque las condiciones para competir no eran las mismas para todos. En México teníamos una “dictadura perfecta”, para decirlo con todas sus letras, definida así por el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa.

    Pero todo tiene un principio y un final, y en 1988 la camarilla en el poder se fraccionó. De repente cobraron importancia aquellos “muchachos” estudiados en Harvard, Yale o el Massachusetts Institute of Technology (MIT), una bola de “aspiracionistas” al interior del PRI quienes creían que la desgracia económica del país podía curarse mediante el Libre Comercio. Ese mismo año, Cuauhtémoc Cárdenas puso en “jaque” a la totalidad del presidencialismo mexicano, pero, “se cayó el sistema” y Carlos Salinas apareció como triunfador. A partir de este momento, ya nada sería igual; aunque, como diría aquél viejo adagio de la sabiduría popular: “le queda poca agua al bule, pero todavía te ahogas”.

    La primera alternancia en la Presidencia de la República en México ocurrió en el 2000. Ya para entonces muchas cosas habían cambiado, como por ejemplo: una auténtica división de poder, el Jefe del Ejecutivo ya no mandaba en el Legislativo ni en el Judicial; las elecciones tenían un nuevo árbitro, el Instituto Federal Electoral, que le fuera arrebatado al Secretario de Gobernación para profesionalizar y equiparar la condiciones de la competencia electoral; el voto contaba, y a partir de él México logro traducir su pluralidad social en una pluralidad política, a tal grado que le geografía electoral aparecía como un auténtico “crisol” de posibilidades; el Banco de México había consolidado su autonomía, las confrontaciones entre el Secretario de Hacienda y Crédito Público (SHCP), responsable de las finanzas públicas y el gobernador del Banco de México, responsable de contener la inflación a través de la política monetaria, se volvieron una constante, nunca más un Presidente nacionalizaría la banca, como lo hizo José López Portillo en 1982; miles de municipios eran gobernados por la oposición y casi la mitad de los estados estaban en manos de un partido diferente al Jefe de Estado; las Fuerzas Armadas recuperaron su prestigio y aprecio por el pueblo mexicano, luego de aquella matanza inolvidable de Tlatelolco en 1968 en la que nuestros jóvenes quedaron en sus manos, seguían sin ser perfectas, pero lo repito: el respeto y el aprecio social estaba cada vez más de su lado. En pocas palabras: el Presidente de la República ya no lo era todo.

    Distribuir el poder entre varias manos ha representado una de las decisiones más sabías que hemos tomado como nación. Nuestra historia habla por sí misma: ni todo el poder ni todo el dinero en manos de una sola persona. Por eso, confieso mi falta de comprensión cuando hoy queremos ir en contrasentido de lo que ya aprendimos. Me limito a tres ejemplos:

    1. Banco de México. El Presidente Andrés Manuel López Obrador se acaba de sacar de la chistera la propuesta a la Gubernatura de Banxico, de Victoria Rodríguez Ceja, aun subsecretaria de Egresos de la SHCP. No tiene experiencia en política monetaria, su único cargo en el sector financiero es el actual, toda su carrera la hizo al lado del hoy Presidente cuando este estaba en el gobierno del Distrito Federal, por lo que se le aprecia como subordinada. Por si fuera poco, AMLO pasará a la historia como el mandatario que designará, a través del Senado, a los cinco integrantes de su Junta de Gobierno; todos, absolutamente todos, “totalmente 4T”. ¿Eso nos conviene como país?

    2. Militarización. Mientras la seguridad en el país se deteriora, el poder de las fuerzas militares crece. El Presidente Felipe Calderón inició ese sinuoso camino, pero López Obrador lo profundizó por mucho. Hoy no sólo combaten el crimen organizado, sino que se han vuelto una gran constructora (de aeropuertos y trenes), además de vacunar a la población y combatir delitos del fuero común. La multiplicidad de tareas trajo consigo un incremento de 96 por ciento en su presupuesto. NO es sano para el país, pero sobre todo no es sano para nuestro Ejército, ahora señalado por su falta de transparencia en la ejecución del recurso público. En 2020, 25,000 millones de pesos se gastaron sin dejar registro. ¿Qué necesidad tenemos los mexicanos de arriesgar su prestigio y el aprecio social que tanto esfuerzo les ha costado?

    3. Transparencia. El martes pasado el Presidente anunció su intención de imposibilitar a cualquier ciudadano el pedir información sobre cómo se gasta el recurso público destinado a las obras de su gobierno. Él lo llama blindaje, pero se parece demasiado al estado de excepción que favorece a la opacidad, la discrecionalidad y la corrupción. Nada más en 2021, el gobierno federal ha asignado el 80.6 por ciento de los contratos de manera directa, sin licitación alguna. Con esta medida presidencial, 20 años de reformas en acceso a la transparencia y rendición de cuentas se desea terminen de un “plumazo”, por considerarlo una cuestión de seguridad nacional; hace 300 años Luis XIV, el Rey Sol, lo llamaba “razones de Estado” ... hace 300 años.

    En todo este relato, una cosa no me queda claro: ¿Para qué se quiere todo el poder? A juzgar por la sabiduría de Molotov, a los mexicanos no nos iría muy bien:

    Dame, dame, dame, dame todo el power

    Para que te demos en la madre

    Gimme, gimme, gimme, gimme todo el poder

    So I can come around to joder

    Dame, dame, dame, dame todo el power

    Para que te demos en la madre

    Gimme, gimme, gimme, gimme todo el poder

    So I can come around to joder

    Dámele, dámele, dámele, dámele todo el poder

    Dámele, dámele, dámele, dámele todo el power

    Dámele, dámele, dámele, dámele todo el poder

    Dámele, dámele, dámele, dámele todo el power

    ¿Usted qué opina? ¿Será que ahora sí sería diferente?

    Que así sea.

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