La idea misma de la trampa contiene a la del engaño. Incluso en esos dispositivos de caza que se dejan para atrapar a una presa, en la primera de sus acepciones. Es un engaño porque consiste en hacer pasar por legítimo por verdadero o por real algo que no lo es. Los engaños tienen muchos niveles.

    Hacemos trampa cuando nos pasamos el alto para llegar más rápido a nuestro destino; cuando saludamos al conocido que está hasta adelante en la fila de las tortillas; cuando le pedimos el antibiótico al farmacéutico pese a que no contamos con la receta; cuando emplacamos nuestros automóviles en una ciudad en la que no vivimos para ahorrarnos el pago de un impuesto; cuando atisbamos por encima del hombro de nuestro compadre con la intención de ver sus cartas sobre la mesa de juego; cuando evadimos impuestos; cuando no le avisamos al cajero que nos dio mal el cambio; cuando maquillamos nuestros datos al presentar nuestra currícula; cuando nos tiramos sin que nos pateen en medio de un campo de futbol; cuando negociamos una cantidad para que el policía nos deje ir tras haber cometido una infracción importante; cuando le decimos a nuestra novia que iremos a un sitio determinado sin compañía; cuando aseguramos que nunca nos llegó el correo electrónico; cuando utilizamos un lugar vedado para estacionarnos; cuando copiamos en un examen; cuando no recogemos las excretas de nuestros perros porque se nos olvidó la bolsa, porque está aguado el asunto o porque nadie nos ve...

    Resulta evidente que el listado se puede extender indefinidamente. En cantidad y en calidad. Hay de trampas a trampas. Y da la impresión de que estamos demasiado acostumbrados a usarlas. Tanto, que hay quienes se enorgullecen de hacerlo. Más, si los demás, dándose o no cuenta de que las están haciendo, terminan por creerlas. Hay trampas en el límite de la legalidad. Otras, que son francamente reprobables. La mayoría suelen justificarse con reducciones retóricas que son, más bien, ridículas: “todos lo hacen”, “no pasa nada”, “si no hubiera sido yo habría sido otro”, “conseguí lo que quería y eso es lo importante”... En todos los casos, se hacen con una clara intención, que no es la del engaño, sino la del beneficio. De ahí que se envanezcan quienes las practican con resultados favorables, al menos para ellos.

    El matiz de la última frase es importante. La trampa, en tanto engaño, suele tener consecuencias. No siempre para el tramposo, no siempre con claridad, pero las consecuencias existen. Cuando hay alguien que se beneficia sin razón, otra persona sale perjudicada. Si la trampa se vuelve la constante de una sociedad, tarde o temprano nos tocará estar del lado de los que pierden, de quienes sufren la injusticia, de a quien se le hace trampa. Así que nos pasaremos la vida intentando derrotar antes de ser derrotado, de ser el trampero y no quien caiga en ella. Nos la pasaremos buscando, a un tiempo, el beneficio ilegítimo y propinando codazos por doquier. No sólo suena extenuante sino que no parece aportar mucho para el bienestar general de ese círculo social, esa familia, ese país.

    De ahí la importancia de las autoridades. La madre que impide el agandalle del hijo mayor hacia el pequeño, el maestro que frena la copia a la hora del examen, el árbitro que no compra la actuación del delantero cuando se lanza sin que lo toquen. La autoridad sirve para que las leyes se apliquen, para que las trampas no se produzcan, incluso, cuando éstas no están necesariamente en el campo de lo ilegal sino de lo moral.

    Recordemos que la trampa es un engaño. Decir algo falso; repetir una mentira; prometer sin cumplir; proponer leyes a modo; permitir abusos de la autoridad; fomentar la corrupción; sacar a alguien de los separos porque cuenta con fuero; votar leyes sin haberlas leído; hacer proselitismo con lo que, por derecho, le pertenece a la ciudadanía; proponer ampliaciones de mandatos que no corresponden... Todos son engaños. Todas son trampas. Y, de nuevo, la lista se puede extender mucho. Sólo que, partiendo de la autoridad, deja al resto indemne. No parece existir una forma efectiva para defenderse de dichos abusos. ¿Qué hace el aficionado cuando el árbitro celebra el gol de uno de los equipos tras declarar un penal inexistente? Podrá hacerse mucho, después del juego; poco, en ese último y decisivo minuto del partido. Y, como en un campo de futbol, el legislador tramposo también celebra cuando consigue que se apruebe una ley que sabe perniciosa pero que le representa un beneficio.

    ¿Qué sucede, entonces, cuando es la propia autoridad la que perpetra la trampa? Que el sistema colapsa. Y eso no puede estar bien.