La odisea de la vacunación

    No debe uno acostumbrarse a felicitar a las personas que trabajan para el Gobierno cuando hacen bien su trabajo, porque esa es su obligación; pero en este país donde, para ir a pagar sus obligaciones fiscales o servicios y trámites sencillos se hacen filas enormes y nunca falta el coyote que te ofrezca el servicio por unos cuantos pesos, tener esta experiencia tan agradable de un grupo de Servidores de la Nación, de médicos y de agentes de la Guardia Nacional, que custodiaban y auxiliaban en el lugar, me obliga a romper mis costumbres y enviar mi reconocimiento a una mujer de excepción, por lo activa y eficaz en su desempeño.

    Esta semana llegó la vacuna de la Covid-19 a Ciudad Juárez aliviando el espíritu de una buena parte de la ciudadanía, en particular los mayores de 60 años que veíamos las noticias del avance de la vacunación en otras partes del país sin que se presentara la oportunidad de recibirla aquí.

    El lunes 12 de abril inició la vacunación, empezando con los mayores de 75 años, y el martes 13 le tocó a nuestro sector y el matrimonio De la Rosa Carrillo se presentó puntualmente en el centro de vacunación de Las Anitas, un parque acuático local para recibir su primera dosis.

    Tal vez le parezca pueril a algunos lectores que un viejo de 75 años festeje haber recibido la vacuna contra la Covid-19, pero esta misma emoción viví cuando me aplicaron la vacuna contra la viruela, que dejaba una muy visible cicatriz circular en el brazo, porque en mi infancia la inmunidad a los virus, como el sarampión y la tosferina, la adquiríamos gracias a nuestros padres que nos obligaban a convivir con otros niños enfermos para infectarnos durante una edad que, según las leyendas o experiencias populares, era menos peligrosa.

    Al acercarnos al parque recreativo vimos una gran fila de automóviles que se iba moviendo muy lentamente, esa fila nos empezó a generar un poco de angustia, en particular al notar los muchos vehículos que teníamos al frente y los muchos que ya se habían formado atrás de nosotros; sin embargo, la circulación a vuelta de rueda era constante y pronto estuvimos en el amplio estacionamiento del parque.

    Jóvenes con chalecos de Bienestar auxiliaban a los conductores de los vehículos para asegurarse de tener a la mano los documentos que iban a necesitar, e incluso los vi asistir a un joven conductor y su padre, cuyo vehículo sufrió algún desperfecto durante la larga fila.

    Finalmente pudimos estacionarnos a unos 50 metros de la entrada al amplio salón que usualmente sirve de marco a bodas, quinceañeras o ceremonias de gran calado; una valla de Servidores de la Nación brindaba todo tipo de apoyo a los ancianos que caminábamos rumbo a la entrada. Tanta tensión, extraña en esta región cuando se va a recibir un servicio estatal, nos hizo sentir importantes, así que empezamos a inflar el pecho y caminar con orgullo de ser viejos.

    Aunque tantos rumores, mentiras, falsedades y campañas de desprestigio en contra del sistema de vacunación mexicano que ha lanzado un grupo de paisanos, que le desea las peores tragedias al Gobierno de Andrés Manuel para poder decir “se los dije”, han hecho mella en la confianza de los adultos mayores que esperábamos la vacuna, cuando vi la cantidad de personas que se encontraban sentadas esperando que iniciará la vacunación y las filas de sillas que íbamos ocupando verdaderamente me preocupé: “aquí hay más de 500 personas esperando su vacuna”, me dije a mí mismo, “vamos a pasar 34 horas sentados y aburridos”.

    Un par de jóvenes nos indicaron donde nos correspondía sentarnos, minutos después pasó personal médico pidiendo los documentos requeridos y dejando un volante que señalaba la fecha en que debemos regresar por la segunda dosis; “en un momento los vacunamos”, nos dijeron y, aunque cada fila formada en el interior de la instalación era de unas 50 personas, no habían pasado 10 minutos cuando escuché el ruido de un carrito que se desplazaba a mis espaldas, dirigido por una persona que pidió descubrirse el brazo izquierdo a los diestros y el derecho a los zurdos.

    Dos minutos después, dos personas muy amables se acercaron a mi lugar, me pincharon y en segundos ya estaba la instrucción general de permanecer un rato sentados, no más de 20 minutos, para luego indicarnos cuando podríamos salir; volteé a las otras filas y en cada una de ellas estaba sucediendo lo mismo. Luego del tiempo indicado, y otra vez acompañados y apoyados por jóvenes Servidores de la Nación, salimos del salón mientras ingresaba otro grupo de adultos mayores que iban por su vacuna.

    No debe uno acostumbrarse a felicitar a las personas que trabajan para el Gobierno cuando hacen bien su trabajo, porque esa es su obligación; pero en este país donde, para ir a pagar sus obligaciones fiscales o servicios y trámites sencillos se hacen filas enormes y nunca falta el coyote que te ofrezca el servicio por unos cuantos pesos, tener esta experiencia tan agradable de un grupo de Servidores de la Nación, de médicos y de agentes de la Guardia Nacional, que custodiaban y auxiliaban en el lugar, me obliga a romper mis costumbres y enviar mi reconocimiento a una mujer de excepción, por lo activa y eficaz en su desempeño:

    Un aplauso para la trabajadora social Lizzy Guzmán, coordinadora de buena parte de este esfuerzo para vacunar a miles de adultos venerables.