Durante dieciocho años se aliaron las dos primeras fuerzas políticas para repartirse el pastel sin que se les considerara ‘antidemocráticos’; encontraron más similitudes que diferencias a la hora de pasar, una y otra vez, la aplanadora en el Congreso, sin miramientos. Se burlaron de los perdedores, no discutían siquiera sus iniciativas.

    Surgieron desde el primer día. Es natural, su opción política perdió las elecciones y las ganó su gran enemigo, su némesis. Intentaron bajarlo de la contienda varias veces, no pudieron. Intentaron de todo, cuando tenían el poder. Deformaron las instituciones del Estado para evitar su candidatura, sin importarles vulnerar la incipiente democracia. No les importó: en los medios estigmatizaron a una buena parte del electorado de la izquierda que tenía simpatías con él; en programas de radio y televisión se les humilló sistemática e impunemente. No tenían ni una pizca de decoro democrático, y rebozaban en clasismo, pero tenían los medios. Solo sus voces se escuchaban, salvo honrosas excepciones. Lo atacaban por su origen, por su manera de hablar y de vestirse, que compartían millones de mexicanos, pero fundamentalmente porque sostenía otra narrativa política: “primero los pobres”. Lo dieron por muerto, varias veces. El primer presidente emanado de una elección democrática lo persiguió antidemocráticamente.

    Durante dieciocho años se aliaron las dos primeras fuerzas políticas para repartirse el pastel sin que se les considerara “antidemocráticos”; encontraron más similitudes que diferencias a la hora de pasar, una y otra vez, la aplanadora en el Congreso, sin miramientos. Se burlaron de los perdedores, no discutían siquiera sus iniciativas. Los escuchaban, como quien escucha llover, porque tenían la mayoría.

    Cambiaron la Constitución, cuando se unieron en un pacto, con la mano en la cintura, porque eran cambios democráticos, respaldados en votos. Eso decían, aunque crearan leyes insostenibles por su naturaleza corrupta para beneficiar a los medios, que luego el poder judicial les echó por tierra. De ahí las siglas de su amasiato, hoy establecido formalmente. Eran, indudablemente, una mafia. Así procedieron: robaron dinero público a carretadas, a veces, el presupuesto entero de un estado, ese “nuevo PRI” que acabó en prisión. También, hay que recordarlo, había redes de pederastia ejercida por políticos y gobernadores, intereses de pedófilos que llegaron hasta la Suprema Corte.

    Sí, también, en un primer momento, allá por los dos miles se crearon instituciones fundamentales para la democracia. Instituciones autónomas, que poco a poco le otorgaron un rostro moderno y democrático al Estado, a pesar de la rampante corrupción de la clase política que no pocas veces se apropió de ellas, desnaturalizándolas.

    Es verdad, privilegiaron a élites culturales, otorgándoles recursos públicos, a través de contratos con entidades públicas o dándoles puestos privilegiados en el aparato cultural que usaron para beneficiar intereses de grupo, deformando su naturaleza, sin ningún recato, a cambio de apuntalar la narrativa gubernamental en los medios. Legitimaron políticas depredadoras o abiertamente criminales y no sería difícil recordárselos. Muchos de ellos, se sumaron a la narrativa gubernamental fascista “se matan entre ellos”, para criminalizar a las víctimas, ocultar crímenes sin nombre cometidos sobre los cuerpos de personas inocentes. Con no pocos artículos, legitimaron el horror de la guerra. Hasta que ya no les redituó políticamente cuando las víctimas levantaron la voz, en el 2011 y el sexenio estaba por terminar; había que sumarse al otro brazo político del mismo cuerpo enfermo. No, no eran los críticos que son hoy, por desgracia, y fácilmente podrían ser denominados “facilitadores” del horror, con total justicia. Eran partidarios de la simulación democrática y de la barbarie, que solían justificar. Vivían del eufemismo: a las violaciones cometidas sobre el cuerpo de mujeres en camiones por policías, en Atenco, les llamaban “excesos” y llamaban a “imponer el orden”. Así, públicamente, tras conocer los hechos donde, a mujeres enceguecidas, las autoridades violentaron y sobajaron, como botín de guerra. No, todavía no eran feministas, como ahora, ni alcanzaban a identificar esas violencias o nos les preocupaban. La sentencia de la Corte Internacional de Derechos Humanos, terminó por restituirles el honor que intelectuales y columnistas y policías, les negaron.

    Mientras atacaban a la izquierda, el país se les fue descomponiendo a pasos agigantados. De la esperanza de la transición democrática, pasamos, en diez años, a desenterrar muertos o huesos o polvo de huesos de personas desaparecidas o disueltas en ácido, en “cocinas”. Atrocidades inombrables cometidas muchas veces con la anuencia de las autoridades gubernamentales o en franca connivencia con ellas. Estados completos del país, con gobernadores corruptos emanados de los mismos partidos, ligados al crimen organizado. Ahora sabemos lo que sospechamos tantas veces: las más altas autoridades en materia de seguridad trabajaban para un cartel de la droga. Al ras de tierra, los migrantes que cruzaban el país, eran sistemáticamente asaltados, secuestrados, asesinados, violados. Sus cuerpos desmembrados, eran usados para mandar mensajes del crimen organizado o desorganizado, con la complicidad de autoridades municipales, estatales y federales. Agentes de migración entregaban a grupos criminales a migrantes que lograban escapar del cautiverio en que los sometían, a cambio de dinero, los vendían como cabezas de ganado. Miles de hombres y mujeres murieron o desaparecieron sin dejar rastro. Criminales obligaron a matarse entre ellos a hombres secuestrados de camiones de pasajeros, en brechas oscuras. No una vez, durante meses, en 2011. Marinos secuestraron a jóvenes, los torturaron y los asesinaron. Militares torturaron sexualmente a mujeres. Estudiantes fueron desaparecidos en camiones, en una noche obscena en Guerrero. Cuerpos pendían de los puentes peatonales, a la vista de todos.

    En dos mil dieciocho, millones de personas decidieron, en un acto de sensatez política, darle su voto a otro partido, a otro político, de manera avasalladora, ante la terrible corrupción y violencia que el país padecía tras dieciocho años de administraciones panistas y priistas, que apenas he enumerado aquí.

    Hoy, tres años después, y ante los múltiples yerros del gobierno de López Obrador, y la traición de muchas de sus ofertas de campaña, completamente imperdonables como la militarización, el desabasto de medicamentos y vacunas, el manejo de la pandemia, y un largo etcétera, estos “facilitadores” del pasado, hoy convertidos en críticos, intentan erigir en las redes sociales, tribunales linchadores contra quienes, siendo críticos del actual gobierno, votaron por él. Demencial, querido lector. Es un síntoma más de la polarización que nos corroe: dos caras enceguecidas y furiosas, de la misma moneda. Si pudieran ver cuán similares son, se asustarían.

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