Los ojos del amor

    Es inevitable que cuando una persona se enamora se trasluzca en sus ojos, ya que se dice que son el espejo del alma.

    Cuando el amor asoma por los ojos la mente se trastorna, o, al menos, no procesa fielmente los datos. La persona enamorada distorsiona la realidad y se aferra a una imagen idílica que recrea en el paraíso de su mente. Por eso, muchos autores afirman que los enamorados son tan fanáticos que no solamente se enamoran de una persona, sino del mismo amor.

    Es inevitable que cuando una persona se enamora se trasluzca en sus ojos, ya que se dice que son el espejo del alma. Un proverbio italiano señala: “El amor y la tos no pueden ocultarse”. Algunos autores añaden también el humo, y atribuyen la frase a Benjamín Franklin.

    En su soneto 137, William Shakespeare, precisó cómo lo ojos trastocan lo que ven: “Tú, ciego y tonto, Amor, ¿qué haces con mis ojos, que miran y remiran y no ven lo que ven? Saben que es la belleza y saben dónde hallarla, mas toman, sin embargo, por lo mejor lo pésimo”.

    El escritor lamentó que sus ojos convirtieran la fealdad en algo sublime: “¿Por qué mi corazón, ve que es coto privado, lo que es sólo terreno común del amplio mundo? ¿O por qué, viendo esto, dicen que no es así, para poner la gracia sobre un rostro tan feo? Mi corazón, mis ojos, no ven la realidad, y a este vicio falaz, los dos se han transferido”.

    El ejemplo más claro de esta distorsión enamorada la ofreció Cervantes en su famoso personaje de don Quijote, quien bautizó a Aldonza Lorenzo como Dulcinea del Toboso, la convirtió en musa de sus pensamientos y la dotó de toda belleza y cualidades posibles (aunque se objete que no estaba cuerdo, pero cordura hace referencia al corazón, no al entendimiento).

    ¿Veo con ojos de amor?