No creo que nadie hoy, en su sano juicio, sea capaz de defender la represión y la eliminación de libertades que la revolución cubana impuso a los cubanos, presos en su propio país, así como la aplicación de ‘correctivos morales’ como los trabajos forzados y la censura intelectual que padecieron muchos presos políticos, como Arenas.

    Ahora que en Cuba ha habido protestas contra el régimen, que no han sido acalladas y tomaron al mundo por sorpresa, me he acordado del genial escritor cubano Reinaldo Arenas, quien fuera apresado, torturado y sometido a “reeducación” por el gobierno cubano, antes de huir de la isla y llegar a Nueva York, donde vivió y enfermó de sida, y donde terminó quitándose la vida en 1990. Imagino hoy qué sentiría si viera el video “Patria y Vida” que raperos cubanos lanzaron hace unos meses retando la censura estatal y que se ha convertido en un grito de rebelión al modificar uno de los lemas fundacionales de la revolución cubana “Patria o muerte”.

    Y es que mirado con la distancia que dan casi cincuenta años, la atrocidad de la que fue víctima Arenas, como miles de cubanos, desde los años sesenta, luce más atroz que nunca. Al menos para una generación intelectual como la mía, lejos ya de los debates de la guerra fría, que propiciaron que escritores e intelectuales de izquierda defendieran y justificaran regímenes violatorios de los derechos humanos, ya fuera en la Rusia comunista, en la Nicaragua sandinista, o en el régimen dictatorial cubano. Ese pecado que, a nombre de la ideología, no pocos cometieron el siglo pasado, pese a las sabidas atrocidades que se cometían, especialmente contra críticos y disidentes.

    No creo que nadie hoy, en su sano juicio, sea capaz de defender la represión y la eliminación de libertades que la revolución cubana impuso a los cubanos, presos en su propio país, así como la aplicación de “correctivos morales” como los trabajos forzados y la censura intelectual que padecieron muchos presos políticos, como Arenas. Digo, más allá de las redes, seriamente, no imagino cómo se podría abogar por la eliminación de la libertad, consubstancial al trabajo intelectual, y defender la censura y la violación de derechos humanos, en cualquier parte del mundo.

    Será por la complejidad política del caso cubano, y porque he recordado los nombres espeluznantes que ese régimen creó para ejercer la censura y la represión estatal, que he estado pensando en el enorme daño que puede ejercerse a través del lenguaje cuando es tomado por la propaganda. Pienso, por ejemplo, en todos los cambios que el gobierno de López Obrador ha hecho de los nombres de las instituciones. Es cierto, parecen cursis e inocuos; evidente propaganda demagógica sin mayor importancia, pero de pronto, en la noche, me asaltó la consciencia de que una de las tareas que debiéramos hacer es regresarles sus nombres a todo lo que ha sido modificado por la propaganda.

    Hemos aceptado lo aberrante como norma, sin mayor escándalo. Poco a poco, la retórica demagógica nos ha ido colonizando: “cuarta transformación” para referirse a un sexenio, “pueblo bueno”, para referirse a la ciudadanía, “invisibles” para referirse a los pobres (esa es de la Secretaría de Cultura), “Instituto para devolverle al pueblo lo robado”, “Instituto de Salud para el Bienestar” (que, en los hechos no existe para los enfermos). Así, poco a poco, se ha ido modificando no solo la estructura sino el sentido mismo de las instituciones; sustituyendo, en muchos casos, la realidad concreta por meras impresiones o deseos. Es el caso de la rifa-no rifa del avión presidencial, también. Ese embuste al que la lotería se prestó, impunemente, donde no se rifó ningún avión, aunque el boletito llevase impresa la aeronave. Pueden parecer ocurrencias, pero me parece que son algo más: un pacto mentiroso en el que todos sabemos que están mintiendo, pero en el que todos consentimos al ser parte de ello. Lo mismo sucede con la futura consulta popular para juzgar a los ex presidentes, donde no se consultará si se debe juzgarlos, sino si se deben de entablar “procesos de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos” que puede ser cualquiera autoridad, en cualquier momento pasado. Es, en realidad, una consulta que no consulta sobre lo que dicen las autoridades que consultan, es decir, otra farsa. Una, por cierto, muy cara ¿era, en realidad, necesaria para perseguir delitos presuntamente cometidos por los ex presidentes? Por supuesto que no, era necesaria solo para crear la falsa impresión de que se persiguen. El problema, por supuesto, es que hay quienes creen que esa mentira ocurre, comparten la versión mentirosa del poder, mientras la verdad se escurre, imperceptiblemente, por las grietas del lenguaje.

    A estas alturas del partido, o del sexenio, ya hay una cantidad enorme de personas que, aún sabiendo que la verdad es una, finge que es otra sin miramiento alguno. Una enfermedad que no es banal y que no debiéramos mirar de soslayo, con sorna, sino con preocupación. Las palabras importan e importan mucho, porque no pocas veces se han usado para ocultar, bajo su significado benevolente, el horror más sórdido. Cuidémoslas.

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