Es cierto, si se le ve desde una perspectiva crítica, esto es una evidencia más en torno a la desigualdad en nuestro país. Sólo quienes tenían los recursos podían hacer el viaje. Pagaron, pues, por su certidumbre, su tranquilidad y, sí, aunque gratuita, por la vacuna. Hay quienes, más aún, repitieron el proceso cuando les tocó el turno a los adolescentes de entre 12 y 18 años. Si ya lo habían hecho por sí mismos, cómo no lo iban a hacer por sus hijos.

    Como se esperaba, en Estados Unidos ya fue aprobada la vacuna contra Covid para niños de 5 a 11 años. Durante un par de días de esta misma semana, diferentes paneles de expertos discutieron en foros que se podían seguir en vivo. Las votaciones fueron abrumadoras. Prácticamente fueron unánimes, salvo por un par de abstenciones; ningún voto en contra. En otras palabras, en el país en el que más se ha desarrollado la ciencia en las últimas décadas, los expertos consideraron que era pertinente comenzar a vacunar a los niños. Como dicha aprobación ya se esperaba, desde hace varias semanas se habían comenzado procesos para la producción, el envasado y el envío de las dosis necesarias para cubrir el territorio estadounidense. El mismo día en que se aprobó el uso de la vacuna, fue posible agendar las primeras citas. Basta con hacer un breve recorrido por las redes sociales para encontrar fotografías de niños ya vacunados. Ni siquiera tuvieron que pasar 48 horas para poner en marcha la maquinaria. La intención fue clara: vacunar pronto y a la mayoría. Vacunar, vacunar, vacunar...

    Todos conocemos personas que decidieron ir a Estados Unidos a vacunarse. Incluso, hay quienes fueron una o dos semanas antes de que les tocara su dosis en México. Es de suponer que lo hicieron impulsados por la incertidumbre. Es claro que, para conseguirlo, debieron gastar bastante. Además, hubo algo de estrés en el proceso pues -sobre todo al principio- no se sabía si vacunarían a los extranjeros. Lo hicieron. Y varios cientos de miles de compatriotas consiguieron sus vacunas del otro lado de la frontera. Las razones fueron diversas pero válidas. Ya porque quisieran abonar a su tranquilidad, ya porque desconfiaran de la vacuna que les tocaría en su país, ya porque tenían prisa por alguna razón, ya porque no les quedaba claro cuándo les tocaría acá.

    Es cierto, si se le ve desde una perspectiva crítica, esto es una evidencia más en torno a la desigualdad en nuestro país. Sólo quienes tenían los recursos podían hacer el viaje. Pagaron, pues, por su certidumbre, su tranquilidad y, sí, aunque gratuita, por la vacuna. Hay quienes, más aún, repitieron el proceso cuando les tocó el turno a los adolescentes de entre 12 y 18 años. Si ya lo habían hecho por sí mismos, cómo no lo iban a hacer por sus hijos.

    De hecho, tenía más sentido hacerlo con los hijos, pues en México se ha dicho que no está pensado vacunarlos pronto, que no es necesario, que... Los argumentos dan un poco igual si uno está a favor de la vacunación. Para quienes tienen hijos en el rango de edad de los 5 a los 11 y de los 12 a los 18 años no hay más que incertidumbre, especulación, un montón de dudas y desencanto. No se puede saber si habrá que esperar un par de meses, un semestre entero o aún más. Esa incertidumbre es tan lesiva como la falta de vacunas. Transitamos en torno al engaño, a las cifras maquilladas, a declaraciones absurdas en torno al control de la pandemia. Es cierto que en algunas partes del país la vacunación ha ido por buen camino, dentro de lo que cabe (con sus excepciones y ocultamientos). También lo es el hecho de que esto no se replica en todo el territorio nacional. Se requiere, entonces, mayor claridad. No sólo eso, sino deshacerse de ese discurso absurdo en torno a la poca utilidad de la vacunación a menores.

    De nuevo se va a abrir una ventana de diferenciación entre quienes pueden y no pueden llevar a vacunar a sus hijos. Basta con dar un vistazo a las cotizaciones de los vuelos a las ciudades fronterizas para darse cuenta de que un buen número de mexicanos está pensando en hacer el viaje en las próximas semanas. Es imposible juzgarlos pese a todos los argumentos por esgrimirse. Al menos, yo no puedo. Debe haber pocos alivios más grandes que los que experimentamos los padres al saber que nuestros hijos están seguros.

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