Un Alcalde Ilegítimo para una sociedad adormecida

    Es sumamente penoso leer y escuchar a la mayoría de los comentaristas que ejercen una importante influencia sobre la opinión, analizar el caso sin ningún asomo de indignación, haciendo valoraciones de lo que pudo haber hecho el Alcalde para evitar ser depuesto de la encomienda que le otorgó la ciudadanía, dándole carta de naturalidad al uso faccioso de las instituciones

    A casi una semana de la infame destitución del Alcalde de Culiacán, resulta sorprendente lo fácil que la sociedad sinaloense logró asimilar la expulsión de un gobernante electo por mayoría. Esto debe ser tomado como un reflejo de la descomposición generalizada de la vida pública, donde se normalizan irregularidades tan descaradas que en otro tiempo hubieran puesto de cabeza a la sociedad civil. Hoy adormecida se limita a ser testigo indiferente de los abusos del poder.

    Es sumamente penoso leer y escuchar a la mayoría de los comentaristas que ejercen una importante influencia sobre la opinión, analizar el caso sin ningún asomo de indignación, haciendo valoraciones de lo que pudo haber hecho el Alcalde para evitar ser depuesto de la encomienda que le otorgó la ciudadanía, dándole carta de naturalidad al uso faccioso de las instituciones, porque consideran que así es la grilla, y en todo caso, el que se lleva se aguanta, pues se quiso poner con Sansón a las patadas. Es un periodismo mediocre que batalla para estar a la altura de las circunstancias.

    Evitemos ser tibios. Uno no necesita simpatizar con un alcalde patético y bravucón, para denunciar que a Jesús Estrada Ferreiro lo quitó un grupo de su mismo partido, que tomando como pretexto un conflicto común que se resuelve de manera administrativa, utilizó al Congreso y a la Fiscalía del Estado para eliminar a un adversario que se mostraba abiertamente contrario a la línea del Gobernador. Esto hace evidente lo intolerantes que son los morenistas cuando tienen el poder. Si eso pasa con los de su mismo clan, qué clase de linchamientos son capaces de hacer a los que consideran sus rivales ideológicos.

    Mientras tanto, Rocha, en su papel de operador, se revela igual de artificioso que sus anteriores jefes priistas.

    No hay diferencia. Son de esos gobernantes que se sienten por encima de la ley, o portavoces ilimitados de la voluntad popular. Y de los diputados, ¿no hubo al menos uno que cuestionara lo que estaba pasando?

    Vergüenza de legisladores, disponiendo lo que una ciudad entera anunció en las urnas. ¡Cuánto les durará puesta esa máscara de supuestos luchadores sociales!

    Aunque hoy son pocos los que se atreven a externarlo, debe quedar asentado por escrito que Juan de Dios Gámez Mendívil no es un Alcalde legítimo para Culiacán. Nadie votó por él. Es una imposición. Por más que en sus primeros días busque el aplauso fácil, y salga a la calle a mover macetas para congraciarse con los locatarios del mercado Garmendia, sobre su traje negro formal lleva la insignia de un gobernante espurio, de la talla de cualquier otro que haya osado usurpar el poder mediante engaños. Da coraje la manera en que Morena acaba con el espíritu de rebeldía con el que muchos jóvenes creyeron hacer algo distinto. He sido testigo de su transformación, y de su repentino pragmatismo.

    También llama la atención la falta de respaldo social que tuvo el depuesto jefe del Ayuntamiento en todo este proceso de destitución en su contra. Seña de que los votos que obtuvo en ambas elecciones se debieron simplemente a la avasalladora influencia que tiene Lopez Obrador en cada rincón del territorio nacional. No es que la ciudadanía haya votado estrictamente por Estrada Ferreiro, votaron por la marca, por Morena. Y eso nos coloca en un escenario deprimente, donde la gente no es consciente, ni se siente responsable de vigilar nada.

    Por eso ahora la indolencia. La ausencia del anterior Alcalde no pesa. No hay indignación, porque al igual que Juan de Dios Gámez, Estrada tampoco era un Presidente legítimo en el sentido más democrático de la palabra.

    Ambos son monigotes de un movimiento que cada vez se vuelve más absurdo cuando se percibe desde lo local.

    Ahí está Benitez en Mazatlán y Vargas Landeros en Ahome. A qué sociedad medianamente sensata se le hubiera ocurrido votar por tan lamentables actores de la política.

    Pero ahora ya no es sólo la incongruencia franca y manifiesta. Ya no es únicamente la desviación de un

    movimiento en extravío. Lo grave es el daño que le hacen a la vida pública este tipo de personajes que están desbaratando las instituciones. Preguntémonos, por ejemplo, cuál será la postura de Juan de Dios Gámez en relación a la insistencia del Gobernador de construir un periférico de 3 mil millones de pesos aquí en Culiacán, a pesar de que organizaciones ciudadanas, académicos y hasta el mismo Implan han señalado hasta el cansancio la necesidad de desincentivar el uso del automóvil privado, y en cambio invertir en el transporte colectivo y la infraestructura peatonal. ¿De qué lado se pondrá el nuevo Alcalde? ¿Defenderá los intereses de los culiacanenses, o respaldará a su padrino al que le debe el cargo?

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