No sé cuántas veces releí el correo. Lo revisé con la misma obsesión de quien mira el boleto con el que se ganó la rifa. Lo leía y no terminaba de comprender por qué yo, en medio de una de las peores pandemias que han azotado a la humanidad, formaba parte de ese selectísimo casi ocho por ciento de personas en el mundo que habrían accedido a la escasísima vacuna.

    La noticia alivió la angustia derivada de la espera. “Todos los profesores serán vacunados”, anunció el Presidente en una de sus mañaneras. “Ya necesitamos regresar a las clases presenciales [...] Se utilizará la CanSino porque la producimos aquí y ya tenemos el calendario de entrega de esas tres millones de dosis a partir del día 17 de este mes...”.

    Luego vino el correo institucional. “Apreciable comunidad Tec, deseamos que ustedes y sus familias se encuentren bien y con salud. La semana pasada comenzó la implementación del Programa Nacional de Vacunación contra Covid-19, para la inmunización a docentes y personal de las escuelas públicas y privadas en diferentes estados del país, en el cual el Tec ha puesto a disposición del Gobierno Federal, Estatal y Municipal sus instalaciones, recursos y voluntarios médicos para apoyar dicha estrategia...”.

    No sé cuántas veces releí el correo. Lo revisé con la misma obsesión de quien mira el boleto con el que se ganó la rifa. Lo leía y no terminaba de comprender por qué yo, en medio de una de las peores pandemias que han azotado a la humanidad, formaba parte de ese selectísimo casi ocho por ciento de personas en el mundo que habrían accedido a la escasísima vacuna. Fortuna, voluntad divina, casualidad, disposición gubernamental, lo que fuera, estaba a un paso de recibir el tan ansiado biológico.

    Como sucede cada vez que vamos a realizar un viaje soñado, esperé con los ojos abiertos a que sonara el despertador. Quería ser el primero en la fila. Tras un desayuno ligero, subimos al coche y nos enfilamos al estadio Banorte. La entrada al estacionamiento fue el preludio de lo que venía. Dejé de contar las veces que nos dieron los buenos días. Policías municipales, guardias, voluntarios de distintas instituciones educativas, soldados y colegas del Tec que participaron en el despliegue de la campaña, se esmeraron por hacer bien las cosas.

    Y si de cosas se trata, pocas me sacan de quicio; hacer cola es una de ellas. Sin ser una de Disney, la nuestra serpenteó de una forma asombrosamente rápida, gracias a la impecable coordinación. De no ser por los logotipos y colores de las camisetas, me hubiera sido imposible diferenciar quién era un colaborador del Tec, del Conalep, del IMSS o la Secretaría del Bienestar. Como si fueran músicos de orquesta, cada uno se hacía cargo de su partitura y en conjunto regalarnos una armonía perfecta. Y vaya que el público no era fácil. Mantener en una fila y en calma a más de 700 docentes, no es poca cosa.

    Pronto llegamos a un espacio donde voluntarios del Conalep ubicaban nuestro nombre en una base de datos que contrastaban contra el formato que habíamos llenado en casa.

    Después de ese proceso, que tardó menos de dos minutos, pasamos al área de revisión, donde desprendieron la parte del formato que las autoridades sanitarias conservarán como evidencia de la vacuna suministrada.

    Mientras esperaba el momento estelar de la mañana, el ir y venir de médicos y estudiantes de medicina era constante. Incluso, algunos estaban apostados muy cerca de donde estábamos, como a la espera de alguna señal de parte nuestra.

    Se respiraba una atmósfera de solidaridad y deseos de servir. Quienes formaban parte de la organización estaban atentísimos a todos los detalles, por mínimos que fueran. Por no dejar sostuve la mirada a uno de los muchos jóvenes que formaban parte de la red de voluntarios quien, de manera inmediata, vino a preguntarme si requería algo. La misma cordialidad, empatía, paciencia, disposición y energía proyectaban los demás. Era el ánimo de una fiesta.

    Tras 10 minutos de espera, nos pidieron que pasáramos al área de vacunación. Ahí nos acomodaron en grupos de cinco y una magnífica enfermera del IMSS, después de darnos los buenos días y presentarse, nos explicó el abecé de lo que estaba a punto de suceder. Con un tono alegre, relajado, tal como si buscara cumplir la encomienda de tranquilizarnos y disipar cualquier leyenda urbana sobre la vacuna china, habló de sus beneficios, efectos y lo que debíamos hacer y no hacer después de la aplicación.

    Una vez que se aseguró que no teníamos dudas, fue por la jeringa que le entregó una pareja de médicos ubicados a nuestras espaldas en una especie de miniestación, donde lucían todos los insumos que se requerirían durante la jornada. A cada quien nos fueron mostrando la jeringa con el líquido y con mano de santa, nos inyectó el bendito biológico. Siendo tan cobarde para todo aquello que tenga que ver con la sangre, nunca pensé que una vacuna en lugar de miedo me provocara tanta alegría, porque eso fue lo que sentí en el momento que la aguja salía de mi brazo. Por fin, me dije a mí mismo, estoy vacunado.

    Como parte del protocolo, la amabilísima enfermera nos retuvo sentados un minuto para verificar si había alguna reacción inmediata. Las únicas que pudo detectar en las tres maestras y dos maestros que formábamos parte de ese grupo, fueron alivio y contentura. Nunca el pinchazo de una vacuna nos había venido mejor.

    En lo que nos llevaban al espacio de observación, tuve oportunidad de cruzar algunas palabras con mis compañeras de grupo. ¿Cómo se siente? -pregunté a la que estaba frente a mí-, feliz, muy feliz, me siento muy feliz. Algo similar me dijo Daniela (mi esposa), agregando otra igualmente compartida: aliviada.

    Del mismo modo transcurrió nuestra breve “convalecencia”, de manera tranquila, sin sobresaltos, esperanzada, feliz y, a la vez, consciente de que los docentes somos un grupo privilegiado. A diferencia de otros muchos profesionistas, nosotros tuvimos la enorme fortuna de haber sido designados para recibir un biológico que, en caso de un posible contagio, representa la diferencia entre la vida y la muerte.

    Sigo pensando qué sentirán todas las personas que, por el momento, no serán vacunadas, cuando ven a otras que, teniendo la oportunidad, se resisten a ello. Mi solidaridad hacia aquéllas.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿Es necesario que los siervos de la nación vayan a las jornadas de vacunación, cuando está demostrado que el trabajo de las y los voluntarios vuelve las cosas más fáciles y efectivas? ¿Hay algo en este gobierno que pueda estar a salvo de la politiquería?