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Columna

El embarcadero

EVANGELIZCIÓN, EDUCACIÓN Y CULTURA

    Es suave el rumor de minúsculas olas, desvaneciéndose al tacto de arenas húmedas. Toda la inmensidad del mar acorta su distancia en el remanso de este lugar, convertido en arista de convergencia del inmenso piélago.

    A la distancia, diminutos puntos navegan sobre el dorso líquido del océano, paulatinamente van esclareciendo el contorno de su figura, proyectada sobre un familiar marco donde los tres símbolos naturales emergen del mar, permaneciendo erguidos, cual perpetuos centinelas de la ciudad y puerto de Mazatlán. Las lanchas de los pescadores navegan de regreso, cargadas con una valiosa captura de fauna marina.

    Rodeado de sonrisas francas, el ambiente es animado con una sincera y espontánea elocuencia, un palmípedo habitante de estas playas, observa con serena atención, envuelto en un porte de seria gravedad, es un pelicano, una de esas aves que el angélico doctor, Tomás de Aquino, uso como signo para describir el misterio de Amor oculto en el Eucarístico Pan.

    Las naves, pequeñas y versátiles, se acercan esta playa singular, sus tripulantes han saltado a la caricia del agua y de la arena y cual diestros ejecutantes de los menesteres de su oficio, hacen avanzar la embarcación sobre el mullido terreno, valiéndose de cilíndricos maderos, hasta ubicarla en el lugar correspondiente, enseguida, los audaces navegantes, se disponen a extraer sus tesoros capturados.

    El aroma de salitre impregna el ambiente, un lugar ubicado en el presente del tiempo, pero extendido, en el amplio campo de la memoria, donde variados puntos del pasado se iluminan con detonantes cargas de nostalgia.

    Un fragmento del malecón nos habla del vaivén de nuestros días, pero a unos cuantos pasos, entre arenas de las playas, hay rastros, todavía esparcidos, de estructuras antiguas, recordando aquella Playa Norte de un Mazatlán, todavía no muy lejano, lugar de reunión y descanso familiar, al fresco y tierno abrazo de su mar.

    Más lejana, se encontraba la otra playa, La Playa Sur, cercana al puesto militar conocido como “La batería”, llegar hasta el contacto de sus refrescantes aguas, solo era posible tras atravesar el desértico terreno, de unas arenas que hoy ya no están.

    Los hombres, pescadores del ayer y del hoy, cuya curtida piel refleja el combinado brillo de las salobres aguas con los calcinantes rayos del astro rey, son una expresión más de un Mazatlán en su estado original.

    La pureza del entorno nos regala un ambiente lleno de naturalidad, el suave murmullo de las olas, el vivo vaivén de las amigables aves marinas, con su parloteo esporádico, se combina con la bulliciosa movilidad de las gentes y el florido lenguaje, salpicado de palabras altisonantes, sin menguar con ello el amistoso y sincero ambiente de quienes dicen las cosas como las sienten, aceptándose mutuamente y sin condiciones.

    El tiempo y la distancia se acortan para ir al encuentro de aquella, tantas veces perdida, búsqueda del hombre con el hombre, de ir a estrechar la mano de quienes luchan cada día en la realización de un mismo quehacer universal.

    En medio de estas embarcaciones una mirada busca con atención a cuatro hombres cuyos nombres son; Pedro, Andrés, Santiago y Juan, y también a Jesús el de Nazareth, mentalmente surge una pregunta: ¿Quiénes de ellos serán?

    Un fragmento del malecón nos habla del vaivén de nuestros días, pero a unos cuantos pasos, entre arenas de las playas, hay rastros, todavía esparcidos, de estructuras antiguas, recordando aquella Playa Norte de un Mazatlán, todavía no muy lejano, lugar de reunión y descanso familiar, al fresco y tierno abrazo de su mar.