Carestía

    La carestía, esa palabra que aprendimos a pronunciar en los años 80, después de cada devaluación del peso, ha regresado con fuerza, a pesar de que el dólar no es el protagonista de esta nueva crisis.

    El peor de los escenarios económicos se despliega por todo el territorio mexicano: los artículos de primera necesidad y los servicios suben sus precios y sus tarifas, mientras la población pierde sus empleos o, en el mejor de los casos, sigue ganando lo mismo.

    La carestía, esa palabra que aprendimos a pronunciar en los años 80, después de cada devaluación del peso, ha regresado con fuerza, a pesar de que el dólar no es el protagonista de esta nueva crisis.

    Razones para la debacle económica hay muchas, la pandemia, por supuesto, esa peste que recorre el mundo y que deja los aviones en el suelo y las fábricas sin trabajadores.

    Y esa escasez de productos encarece los pocos que hay en el mercado, troceando las cadenas de producción, parando aquí, afectando allá, el mundo globalizado que antes presumíamos como la respuesta a nuestras miserias, es ahora nuestra principal debilidad.

    En otra época, el silencioso virus no se hubiera propagado con tanta celeridad, países enteros podrían haberse cerrado sobre sí mismos, creando muros contra el virus, pero eso hoy es imposible.

    Pero además de la pandemia, otras razones hunden las economías del mundo, el cambio climático, por ejemplo, ese desastre anunciado que continúa erosionando el medio ambiente, despojándonos de recursos que necesitaremos en el futuro.

    La violencia es otra de las causantes de las afectaciones a áreas productivas completas que ahora son extorsionadas, saqueadas y destruidas, mientras la ciudadanía y las autoridades observan impasibles el crecimiento de la delincuencia organizada.

    Y la política, por supuesto, ese engranaje que debería de resolver los problemas y que se suma a los obstáculos, a la corrupción, al saqueo, y que por lo tanto nos cuesta el doble.

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