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Todos somos Sinaloa
María de los Dolores Izaguirre Castañeda, Primera dama
Mario Martini
13/04/2008 | 00:00 AM
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No hay de su tierra quien le compita en ese campo: es la mazatleca más próxima a la Primera Magistratura del país, al menos de manera oficial: durante todo un sexenio (1952-1958) y más allá compartió el lecho nupcial con el veracruzano Adolfo Ruiz Cortines.
Es indiscutiblemente la paisana más próxima al primer miembro de la Nación y debe considerársele como una de las consortes más influyente en la vida republicana que consiguió entre deliquios conyugales que su marido enviara en 1952 la iniciativa que le permitió votar a la mujer mexicana.
Prima del poeta y médico Baltasar Izaguirre Rojo, nació en el puerto de Mazatlán en 1920. Fue hija del Capitán de Fragata Manuel Izaguirre y de doña Dolores Castañeda. Muy joven contrajo matrimonio, enviudó y con sus dos hijos partió a la ciudad de México, donde conoció al político veracruzano, también viudo, que la enamoró y le propuso matrimonio.

De la seducción a la decepción
Ruiz Cortines, a punto de morir de tifo en plena revolución (1914), había contraído matrimonio casi in artículo mortis con su primera mujer, Lucía Carrillo. No solamente salvó la vida sino que enterró a su cónyuge, llegó a la Presidencia de la República y se casó en segundas nupcias con la mazatleca, quien no se resistió a la seducción del poder y a los encantos personales de su novio, descrito por el pintor David Alfaro Siqueiros como "un embrión de dandy porteño" y conocido en los prostíbulos veracruzanos como el "Faquir" y "el cinturita brava", en el salón Villa del Mar, donde bailaba danzón.
De la mazatleca se tejieron muchas historias. Se cuenta que don Adolfo dejaba a la encopetada dama hacer lo que le viniera en gana: desde obra social y públicas sesiones con la jerarquía católica de la época hasta largas jornadas de canasta, negocios y discretas peticiones de fina y extravagante joyería a cambio de interceder para conseguir audiencias con su marido (insignificancias eran aretes, gargantillas o broches de brillantes frente a la certeza de obtener la gracia presidencial).
Desde su campaña, el jarocho fue centro de burlas pues aunque no era viejo (tenía 62 años) se decía que "había escapado de los sarcófagos faraónicos". Siendo de Veracruz, donde el humor es una segunda naturaleza, el futuro presidente no se inmutaba: "no me eligieron para semental sino para presidente". Y esa expresión cobró mucho sentido para doña María de los Dolores que a falta de semental se refugió en la religión y los negocios por debajo de cuerda.
Como primera dama enfrentó las críticas y animadversión de los afectados por la política contra los despilfarros y la corrupción del alemanisco, controlando también su propio desencanto por esa política que le negaba la riqueza soñada.
Debieron retorcérsele las tripas de coraje cuando su marido rechazó el cheque por 4 mil dólares que le envió la Secretaría de Hacienda para "sus gastos especiales". Dijo que con su sueldo bastaba.
Al segundo año de su mandato, los concesionarios de automóviles quisieron seguir la costumbre de regalar al presidente en turno un auto último modelo, pero Ruiz Cortines declinó la oferta. Su esposa tenía un ascendiente enorme sobre él, pero no al grado de persuadirlo de que le permitiera conservar los 300 regalos que llegaron a su casa el día de su cumpleaños: la primera dama, a regañadientes, debió conformarse con los que provenían de los antiguos amigos, ni uno más.
Para instalar a su nueva familia, el Presidente de la República adquirió una sencilla casa en la colonia San José Insurgentes de la ciudad de México, en la que no hubo candiles ni porcelanas o tapetes persas ni lujo ninguno. Era un espectáculo común ver a la pareja caminando sola y sin guardias por las calles, conversando con la gente: el retrato publicitario de la sencillez y austeridad.
No tuvo más remedio que conformarse con el usufructo discreto del poder político, puesto que su marido fue el primero en hacer pública la lista completa y detallada de sus bienes patrimoniales: una casa en la ciudad de México y su mobiliario; un rancho en copropiedad con un amigo en Veracruz; unos ahorros modestos; y un auto Lincoln 1948, regalo de bodas a ella. Todo con un valor de 34 mil dólares. Luego obligó a los 250 mil empleados públicos que hicieran públicas las listas de sus bienes y propiedades.

Sagacidad de mujer
Ruiz Cortines concebía su trabajo simplemente como el de buen administrador: poner orden, cuantificar necesidades, establecer prioridades, delegar en personas competentes, llevar seguimiento del proceso, verificar resultados y escuchar a su esposa.
Mucho tuvo que ver la sagacidad de la mazatleca en las decisiones que derivaron en el crecimiento de los salarios reales de los trabajadores, en la decisión de financiar obras petroleras con bonos y sin contratar deuda externa (como ahora lo propone la iniciativa del Presidente Felipe Calderón), la erradicación del paludismo, la alfabetización de la población, la creación de juntas de mejoramiento cívico y moral, el fomento al ahorro nacional y la fundación del Instituto Mexicano de la Vivienda.
Pero a no dudarlo, el mayor acuerdo obtenido en el lecho nupcial fue la iniciativa que el Presidente envió al Congreso el 9 de diciembre de 1952 para reformar los artículos 34 y 115 de la Constitución, otorgando derechos políticos a las mujeres. La iniciativa fue aprobada inmediatamente y por unanimidad.
Además de hacer caso a los consejos de su cónyuge, el Presidente aprovechó la oportunidad de "madrugar" al Partido Acción Nacional que había presentado la misma iniciativa 5 días antes.
En las elecciones inmediatas a la reforma, acudió a las urnas el 95 por ciento del padrón femenino y a partir de entonces es el de las mujeres el sufragio que inclina la balanza en los procesos electorales. Doña María de los Dolores pasó a la historia como la primera mexicana que votó en una elección constitucional.
Tal vez esta sola acción perdone los excesos o extravagancias que haya podido cometer en el desempeño de su función, incluyendo su abierta y pública relación con el clero, al que los gobiernos anteriores habían mantenido a raya.
Contra la costumbre nacional, encabezó el patronato de ayuda a las obras de la Basílica de Guadalupe y sin mayores problemas aceptó posar en la inauguración de la corona colocada en el pórtico de la Basílica, donde se leía la tradicional inscripción del Papa Benedicto XIV sobre la Patrona de México: "No hizo igual con ninguna otra nación…" En tiempos de Ruiz Cortines hasta la Virgen de Guadalupe simpatizaba con el PRI.
Con doña María al frente, la Iglesia católica continuó su larga marcha en la recuperación del tiempo perdido: construía nuevos templos y en sus escuelas acogía contingentes cada vez más decididos de las clases media y alta. El Presidente escuchaba lo que su esposa le cantaba al oído: "en las próximas elecciones nos van a ayudar…" Y efectivamente, en las elecciones de 1958, una peregrinación de fieles que se dirigía a la Basílica de Guadalupe fue desviada para votar en grupo.
Para silenciar las críticas por este agravio a la laicidad, el Presidente incluyó en la nómina oficial a los intelectuales, ya fuera en secretarías como la de Educación Pública, en el Departamento de Bellas Artes, o instituciones como la Universidad y el Colegio de México. Aquietó a los aguerridos muralistas Rivera y Siqueiros: el primero pintaba retratos de las mujeres más ricas de México, recomendadas por la primera dama; en tanto el segundo pintaba murales históricos en el Castillo de Chapultepec, pagados por el erario oficial. Los otros pequeños poderes no tan subordinados estuvieron muy cerca de la domesticación. Los empresarios continuaron la luna de miel iniciada en el alemanismo y los universitarios seguían escalando la pirámide burocrática que empezaba en la Ciudad Universitaria y llegaba a las altas estribaciones de la burocracia.
Doña María murió en la ciudad de México sin que se conozcan más detalles de su fallecimiento.

(Semblanza incluida en el libro La Patria Íntima de próxima publicación)
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