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LA NUEVA NAO
Un buen hijo
Alfonso Araujo
23/12/2012 | 00:00 AM
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Este domingo comparto otra historia clásica de Oriente, para dejar unos días de lado los temas de negocios internacionales.
En la tradición china, se menciona a los "24 Buenos Hijos", un compendio de ejemplos de amor filial de varios periodos históricos, que la gente ha llegado a reverenciar y a tomar como modelos a seguir. De entre estos 24 relatos, quizá la conmovedora historia de Meng Zong sea la más famosa.
Meng Zong vivió durante el periodo de los "Tres Reinos" (200-280), siendo él un habitante del reino sureño de Wu. Siendo un niño pequeño, Meng Zong perdió a su padre y, viviendo sólo con su madre, creció siendo un hijo atento y diligente, que no destendía los consejos ni los deberes, y realizaba todas sus tareas sin demora ni queja.
Un día, siendo su madre una mujer ya entrada en años, cayó seriamente enferma y no podía levantarse de la cama ni comer lo que su hijo preparaba para ella. Tras varios días en esta situación, Meng Zong volvió a urgirla a que comiera, a lo que ella contestó entre delirios de fiebre, "Lo que me haría sentir mejor es una sopa de retoños de bambú, pero desafortunadamente ya es invierno y no hay forma de conseguirla".
En efecto, el invierno había empezado y fuera de su cabaña no se veía más que un manto blanco de nieve. Meng Zong vio a su madre postrada en la cama y sintió que se le partía el alma de tristeza, de modo que salió y fue al cercano bosque de bambú, se arrodilló en el suelo y con ambas manos empezó a escarbar entre la nieve, buscando esos retoños imposibles de hallar. Así llevaba ya medio día: sus manos estaban tan ateridas que ya no las sentía y sus ropas estaban empapadas. En este estado miserable y pensando en la anciana postrada en cama, no pudo evitar empezar a llorar.
Entonces, de forma inesperada, vio que el lugar donde habían caído sus lágrimas había derretido la nieve y mostrado un hueco en la tierra, donde milagrosamente había escondidos tres retoños de bambú. Transportado de felicidad, los tomó rápidamente y regresó con ellos a su cabaña, donde hizo una sopa que dio a su beber a su madre. La anciana, al probar la sopa empezó a recobrar el color en su rostro y a los pocos días estaba restablecida por completo.
Dice la leyenda que las lágrimas de Meng Zong conmovieron hasta a los seres celestiales, y para recompensar su amor filial, hicieron crecer los retoños en el pequeño hueco que descubrió al derretirse la nieve.
Deseando a mis lectores una feliz y tranquila Navidad en compañía de sus familias.

El autor es académico ExaTec y asesor de negocios internacionales radicado en China.

alfonsoaraujog@gmail.com
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