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Columna
La Nueva Nao
La manera china de hacer las cosas
Alfonso Araujo
03/02/2013 | 00:00 AM
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Cuando recibo a mexicanos en China, esta tierra tan lejana y exótica, siempre les doy un pequeño seminario de introducción a la cultura china, antes de empezar con los viajes y las actividades. Una cosa que menciono en esta plática es que, cosa curiosa, mexicanos y chinos tenemos más en común de lo que se puede pensar en primera instancia. China parece algo tan alejado y "fuera de este mundo" que tal aseveración es curiosa en un principio, pero a medida que se pasa más tiempo aquí, se pueden ver las similitudes. Por supuesto, hay diferencias profundas, pero también hay muchos puntos de coincidencia que provienen de nuestro intercambio histórico (del Siglo. 16 al 19) y de temperamentos similares en ciertas situaciones sociales.
A continuación una de tantas historias de las que uso para ilustrar los mecanismos del pensamiento chino:
Durante la Dinastía Qing (1644 – 1911) empezaron a llegar cada vez más extranjeros al imperio, muchos de ellos misioneros que con el permiso de las autoridades, abrían escuelas para enseñar cosas de interés para el imperio, como matemáticas, geografía y astronomía. Y por supuesto, la religión cristiana iba incluida. Esto no causó escozor en un principio.
Sin embargo, a mediados del Siglo 19, cuando empezaron las diferencias con las potencias que cada vez se entrometían más en los asuntos internos sin respetar las leyes locales, el emperador, como represalia, proclamó un edicto ordenando que las escuelas de misioneros debían dejar de enseñar religión en sus currículums, o serían clausuradas.
Un oficial llegó con esta tajante orden a una escuela en la provincia sureña de Cantón. Los ingleses que presidían la institución se negaron a abjurar de su religión, por lo que el oficial les ofreció una solución: quiten los crucifijos, firmen en este papel diciendo que se comprometen a dejar de dar las clases conflictivas, y continúen haciendo lo mismo que hacen. Los ingleses no comprendían cómo podía ser posible firmar un papel oficial y luego hacer caso omiso de él, por lo que se negaron.
El oficial, perplejo, se vio forzado a clausurar la escuela, después de varios intentos de convencer a los religiosos de que podían seguir operando normalmente si sólo firmaban el papel que les presentaba. Más tarde comentó con algunos de sus colegas: "Estos extranjeros dan demasiado peso a las formas y parece que las letras les son sagradas. No entienden que los papeles son usados por los hombres, no los hombres por los papeles".

El autor es académico ExaTec y asesor de negocios internacionales radicado en China
alfonsoaraujog@gmail.com

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