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20 millones de analfabetas La Vida de Acuerdo a Mí

Alessandra Santamaría López
10/09/2019 | 04:07 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo

La abuela de la protagonista de mi libro favorito, “Un árbol crece en Brooklyn” de Betty Smith, era una inmigrante irlandesa anfalfabeta que había perdido los ahorros de toda su vida al comprar un terreno bajo un contrato que en realidad, no decía nada de nada. La estafa la marcó de tal manera que la obsesión de sus últimos años fue asegurarse de que sus hijas criaran a sus nietos con los más altos estándares de educación posibles, para que se les quedara bien grabado que, en esta vida, leer y escribir son las herramientas más poderosas del mundo.

En México, 21 millones de personas son analfabetas. Eso representa casi el 17 por ciento de la población, informó recientemente el Consejo Nacional de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Veintiún millones de personas que no podrían escribir su nombre aunque lo intentaran. Veintiún millones de personas que dependen de las ilustraciones para saber a qué baño público entrar y otros cientos de ejemplos como esos que parecen pequeños y hasta absurdos, pero que representan una enorme diferencia en la independencia con la que viven sus vidas.

Uno de los detalles que más recuerdo sobre la Revolución Mexicana es que aproximadamente el 80 por ciento de la población era analfabeta. Cuando hace un par de años se empezó a poner de moda entre ciertos sectores el defender a Porfirio Díaz, o el valorar aún más las contribuciones culturales e infraestructurales que le dio a México, otro sector de la sociedad nos recordó que durante su dictadura, leer un libro o escribir una carta eran un privilegio en nuestro País. Una acción que te separaba del resto y te posicionaba como “la nata de la nata”.

México es la séptima economía del mundo, y al considerar la manera en la que las cosas han cambiado desde aquel entonces, con el nacimiento y el crecimiento de la clase media, la migración de las familias del campo a la ciudad y la expansión de los planteles educativos tanto públicos como privados, uno pensaría que al analfabetismo sería un problema abandonado en el Siglo 20, y cuando año tras año se revelan cifras como las expuestas por el Coneval, la realidad nos da una buena bofetada en la cara.

Piensen en todas las formas que el ser analfabetas limitaría sus vidas. Para empezar, la palabra es un insulto. Esa es la connotación negativa que se le ha dado desde quien sabe cuando. Entonces, imaginen que por cualquier motivo, alguien los llama analfabetas. Solo que es cierto. Las letras en las cajas de comida, en las placas de los autos, en la pantalla de la televisión o en los espectaculares no tienen significado alguno.

Nunca podrás sujetar una novela y hundirte en sus páginas. Nunca podrás ver una película extranjera porque los subtítulos te serán ilegibles; o jugar “Basta” con tus amigos; o hacer una lista para las compras del supermercado. O ir a la escuela y ser un estudiante como cualquier otro. Hay un mundo repleto de historias, mensajes a información que te es ajeno porque eres analfabeta.

¿Qué clase de vida es esa? ¿Por qué México, en pleno Siglo 21, les está fallando a tantas personas, en este y decenas de otros sentidos?

Todos los días abro Twitter y lo único que hago es deslizarme robóticamente por la interminable lista de malas noticias, procurando encontrar una que no me deprima al punto de estresarme por el tiempo que queda hasta que se oculta el sol. Noticias sobre mujeres muertas y cuerpos torturados hallados en ríos; noticias sobre bebés abandonados en botes de basura o políticos corruptos que alguna vez fueron bebés y ahora son ladrones. Y ahora esto.

México y sus líderes ya despojan a la población de algunos de los derechos más básicos como la seguridad, a la salud o a una vivienda digna. Y a más de 20 millones de los suyos también les fallaron al no educarlos. Al no darles el regalo de la literacia. Los privaron de la magia de, un día, descubrir que un conjunto de símbolos son una palabra, y un montón de palabras seguidas son una oración. Y cientos de oraciones juntas son, en este caso, una columna.

Escribir me es casi tan indispensable como el hablar. Si no pudiera hacerlo, no sería yo. Que triste me suena imaginar una vida donde no puedo ser quien estaba destinada a ser, porque mis circunstancias sociales estaban en contra mía. Pero como diría Cristina Pacheco, “En este país nos tocó vivir”. En el de 20 millones de analfabetas.

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