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El sentido de la democracia, elegir y gobernar Aldea 21

Vladimir Ramírez
19/07/2019 | 04:00 AM

La polémica suscitada por las reformas realizadas por el Congreso del Estado de Baja California para que el candidato electo Jaime Bonilla pueda extender su periodo gubernamental por tres años más, ha generado una serie de cuestionamientos y rechazos por diversas personalidades de la política y por algunos sectores de la sociedad, que acusan a la actual legislatura de corrupción, ilegalidad y abuso de poder.

Tal decisión ha sido considerada como grave lesión a nuestra incipiente democracia en tanto se afirma una acción que atropella la voluntad ciudadana y el espíritu de las leyes, aunque según la propuesta presentada por un diputado de Morena, dicha modificación evitaría el alto costo que representa celebrar un proceso electoral en dos años, considerando que acaba de celebrarse otro en junio pasado, además de suponer que dos años de administración no alcanzan para sacar adelante un proyecto de gobierno estatal.
Sin embargo, el tema abre el análisis no sólo para cuestionarse si en tal asunto se violenta la soberanía de las entidades o el pacto federado, sino que además pone en la mesa la reflexión de los propósitos de la democracia, el gobernar y el derecho a elegir. Para ello se plantean algunas preguntas tales como: ¿A quién sirven las leyes electorales? A una clase política determinada o a las pretensiones de una mayoría ciudadanía, ¿se elige para que la clase política pueda gobernar o se elige para que la ciudadanía decida quién gobierne? Estas preguntas suelen tener regularmente respuestas de confusión e infinidad de argumentos para justificar la realidad y no para modificarla.
Este ha sido el dilema de los mexicanos en la historia moderna de nuestro paso por la democracia electoral y el lejano puerto de alcanzar una sociedad democrática, entendida como una democracia social que implique gobiernos que no sólo garanticen la igualdad de derechos políticos sino que incorporen una profundización de la democracia en todos los niveles sociales.
Hemos invertido enormes recursos económicos y humanos para construir una democracia al servicio de un sistema de partidos, en lugar de una democracia para el servicio de la sociedad. Y todavía seguimos discutiendo las reglas y los asuntos de una democracia que sólo se observa desde la mirada política-electoral.
Continuamos discutiendo como en los casos de Baja California y el fantasma de la reelección, sin entender que los periodos de gobierno se establecen como normas de orden que dan sentido a una democracia no como reglas de igualdad de oportunidades para una clase política. Discutir cómo es que hemos perdido la brújula política de nuestra democracia y se gobierna más en función de la próxima elección y no en consecuencia de un proyecto de nación.
Frente a una clase política que por muchos años ha gobernado sin sufrir las consecuencias de sus actos y omisiones, la población se ha acostumbrado a elegir al menos peor para padecer lo menos posible, este ha sido el inevitable juego de elegir quién gobierne.
Una de las inquietudes que se unen a este dilema es aclarar si nuestra democracia es realmente democrática. Sin duda un asunto complejo y diverso, en nuestro país lo ha sido en los últimos años debido a procesos sociales y políticos que han postrado en el atraso, subdesarrollo y notable desigualdad social y económica a amplios sectores del país.
Una sociedad que no sitúa en la democracia asuntos de interés mayor para la colectividad, por encima de los sujetos que gobiernan, vive a expensas del criterio y de los intereses de los que deciden. Nos hemos enfrascado en una aspiración de democracia electoral que poco o nada ha servido para mantener niveles de desarrollo y bienestar para los que habitamos este país. La disputa electoral y la búsqueda del poder político han ocupado el centro de las discusiones sin que se distingan las prioridades nacionales.
La democracia se ha vuelto entonces un verdadero dilema en el que no se atina la utilidad específica que mantenga niveles de desarrollo social y específicamente para la vida cotidiana del ciudadano y sus familias. Hemos terminado por asumir la democracia como el instrumento azaroso que nos sirve para sortear el futuro local y nacional cada tres o seis años, teniendo como único recurso utilizable el rechazo y castigo del sufragio.
Se ha dicho que existen países con mejores gobiernos y democracias que la nuestra, no lo son seguramente por su clase política y las cuestiones formales de una democracia, sino por las virtudes ciudadanas que prevalecen en sus sociedades. Una diferencia que quizás sea tiempo de revisar con mayor responsabilidad.
Hasta aquí mi opinión, lo espero en este espacio el próximo martes
vraldapa@gmail.com
@vraldapa

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