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Educación y empleo: la fantasía del éxito académico Aldea 21

Vladimir Ramírez
06/08/2019 | 04:00 AM

vraldapa@gmail.com
@vraldapa

 

El razonamiento convencional respecto a que las posibilidades de emplearse y conseguir un salario decoroso dependen en buena medida de contar con algún tipo de licenciatura o posgrado, se ha venido convirtiendo en un mito más que en una posibilidad asequible. A pesar de que durante las últimas décadas se ha reiterado que la educación es el futuro y motor de cambio en una economía, la realidad en México contrasta con tales afirmaciones, según los resultados de un estudio realizado por el especialista Miguel Santiago Reyes Hernández del Instituto de Investigación para el Desarrollo con Equidad de la Universidad Iberoamericana.

En la investigación de Reyes Hernández, se afirma que más de 9 millones de mexicanos con licenciatura, y en muchos casos con nivel maestría, viven en condiciones de pobreza y precariedad económica. La aspiración, en el mejor de los casos se afirma, es obtener ingresos que oscilan entre los 7 mil y 10 mil pesos mensuales, sin embargo la mayoría alcanza entre uno y dos salarios mínimos.

Este contraste, entre la falsa promesa de que “educación es igual a empleo”, arroja una cruda y frustrante realidad, ante un enorme número de personas en búsqueda de una ocupación que discrepa con una incipiente oferta laboral, que cada vez más ha resultado más insuficiente frente a la demanda de empleos; lo que ha generado la disminución no sólo de oportunidades laborales, sino también de una importante reducción del salario. De ahí que dicha investigación considere que en México la educación no ha servido como catalizador para aumentar el ingreso de los trabajadores; por lo que se afirma que menor desigualdad educativa no necesariamente significa menor desigualdad social.

Esta realidad que demuestra que en nuestro país la educación no garantiza oportunidades para ascender en la escala social, pone en entredicho la versión de que la educación es condición para mejorar el nivel de vida, lamentablemente en México esta posición dejó de ser garantía, puesto que no ha sido suficiente el nivel de educación para garantizar oportunidades laborales, un mejor poder adquisitivo y el ascenso en la escala social de los trabajadores con estudios de nivel licenciatura o posgrado. Esto obedece en parte a que los empleadores ofrecen sueldos más bajos ante la ventaja de la competencia por el empleo.

La pregunta entonces es ¿qué fue lo que pasó en nuestro País? ¿Dónde quedan las afirmaciones de economistas de que la educación es el motor del cambio en una economía; que es el capital humano, más que la infraestructura, el éxito de las ciudades? La acumulación de capital humano influye tanto en la prosperidad individual como en la economía nacional se ha dicho, pero en la realidad mexicana ha sido otra la historia.

Sinaloa es un ejemplo de que esta afirmación o paradigma de nuestro modelo económico con respecto al tema que nos ocupa no funciona, si consideramos que en la entidad, de acuerdo con cifras del INEGI del último trimestre de enero a abril de 2019, el 52.8 por ciento de la población desocupada en la entidad cuenta con estudios de nivel medio y superior.

Todo parece indicar que más que una certeza teórica de que educación es igual a empleo se volvió un eslogan publicitario, una argucia mercadológica que generó grandes dividendos a la industria de la educación privada en México. A la vez que permite comprobar que el llamado círculo virtuoso conformado por elementos considerados indispensables como requisitos para entrar en el mundo de la competitividad laboral, que relaciona un mayor grado académico, mayor desarrollo profesional, estímulo de jerarquía, prestigio, ventajas laborales e inversión rentable, con una promesa de bienestar laboral y económico, no corresponde con la realidad.

Este dilema de nuestra economía y en particular de nuestra entidad, ha sido por décadas un problema que no ha podido encontrar respuesta viable que involucre a nuestras instituciones públicas y privadas relacionadas con la educación. Más allá de investigaciones en el ámbito académico y de cobertura en la educación media y superior, el vínculo educación-desarrollo social y economía siguen disueltos en la inercia del mercado y las coyunturas en la inversión de capital. La falta de una focalización, compromiso y colaboración de estos elementos generadores de bienestar en el plano de lo local y regional, nos han acostumbrados más a lidiar con los efectos sociales que generan el desempleo y el subdesarrollo de nuestra economía, que en la búsqueda de modelos propiciadores de oportunidades para quienes egresan de las universidades. La ausencia de dirección y sentido a la educación como valor de utilidad a nuestra muy particular realidad social y económica, ha sido nuestra principal debilidad y condenación.

Hasta aquí mi opinión, los espero en este espacio el próximo viernes.

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