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El valor de la hospitalidad ÉTHOS

Rodolfo Díaz Fonseca
13/09/2019 | 04:07 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

 

Para los pueblos orientales, el deber de brindar hospitalidad a los peregrinos y extranjeros era considerado algo sagrado. Incluso, se llegaba a pensar que el forastero que llegaba a su casa podría ser un ángel enviado por Dios, como le sucedió a Abraham en la encina de Mambré (Gén 18,2-7).

La hospitalidad (etimológicamente Filoxenia por oposición a xenofobia) es una de las virtudes que más se ha resaltado en los últimos años, a raíz de los desplazamientos masivos de inmigrantes. Es cierto que normalmente se discrimina al extranjero porque se concibe como alguien amenazante. Incluso, por motivos de su desarraigo se presenta muchas veces sucio, maloliente, andrajoso y menesteroso.

Fabbio Baggio, subsecretario de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral del Vaticano, expresó: “En el contexto eclesial nadie es extranjero. No pedimos pasaporte a nadie... Las migraciones no generan problemas sino oportunidades... Nosotros tenemos razones teológicas para acoger al migrante que va más allá de las motivaciones políticas o sociales que tienen otros. Es un acto de justicia, no un acto generoso... Cerrar puertas y puertos me separa del otro”.

La albanesa Marjola Saliú escribió el 10 de septiembre en su cuenta de Twitter: “Buke,kripe dhe zemer”, que quiere decir: Pan,sal y corazón.
“Es la expresión que se escucha frecuentemente decir cuando apenas se entra en casa de un albanés. No es un modo de decir, sino una expresión profunda. La expresión de un pueblo que vive el valor de la hospitalidad como algo sagrado.

“Es el deseo de honrar al huésped, un deseo vivamente sentido que comienza en el momento mismo en el que la persona, cruzando el umbral de la habitación se reviste de una dimensión casi divina”.

¿Pongo en práctica el valor de la hospitalidad?

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