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La hora de Dios Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
19/04/2019 | 04:01 AM
rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf
 
 
 
La celebración de la Semana Santa comienza con un signo de triunfo contrastante. No se trata de la entrada triunfal de un general que regresa victorioso de la batalla. Se trata de la entrada paradigmática de un Mesías sencillo y diferente, que no edifica falsas expectativas ni se deja llevar por banales triunfalismos.
 
Jesús entra a Jerusalén montado en un borrico, seguido y vitoreado por una multitud “armada” con ramos de olivo. Es una entrada humilde, sin triunfalismos. Hay exclamaciones de júbilo, euforia o entusiasmo, pero no tienen su origen en esperanzas épicas, falsas credulidades o ingenuos providencialismos.
 
El Papa Francisco remarcó: “El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz”.
 
El camino que recorre Jesús es diverso. No es la figura de un militar galardonado con medallas, que recorre las calles mostrando trofeos. Jesús tomó -como dice la Carta a los Filipenses- la condición de esclavo y su camino desembocó en la muerte, y muerte de cruz (Flp 2,6-8).
 
Bergoglio añadió: “Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo... Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él... no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo hacer”.
 

 

¿Sigo el camino humilde o triunfalista?
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