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La otra orilla Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
21/06/2019 | 04:07 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf



Es característico de Mateo, aunque también se encuentra en algunos pasajes de los demás evangelistas, que Jesús invite a sus discípulos a pasar a la otra orilla (Mt 8,18; 9,1; 14,22; 16,5).

Este paso no debe entenderse solamente en perspectiva geográfica, sino que Jesús desea que sus seguidores no se instalen, busquen el poder y la comodidad, o se dejen seducir por la avaricia y ambición.

Para Jesús ninguna orilla es definitiva, todos los lugares que visita son lugares de paso, ningún sitio es la tierra prometida; el discípulo que decide instalarse comienza a recorrer el camino de la corrupción y perdición.

Karlfried Dürckheim, en su libro El zen y nosotros, relata una antigua tradición oriental: “En uno de mis viajes a Japón me encontré con un misionero cristiano que, desde hacía dieciocho años, trabajaba en un pequeño pueblo del interior del país. Me habló de las múltiples dificultades de su trabajo y de cómo obtenía muy escasas conversiones auténticas. “Y aun así”, decía, “a la hora de la muerte, estos hombres no mueren cristianamente, sino a la japonesa”.

Al preguntarle yo qué quería decir con eso, me respondió: “Con estos hombres ocurre como si, al venir al mundo, apoyaran un solo pie en la orilla de esta vida y como si, a lo largo de ésta, no pudieran evitar la sensación de tener el otro pie en la orilla contraria, su hogar. Por eso morir no significa para ellos más que retirar el pie que habían posado en la orilla de la vida y pisar con los dos pies en la orilla contraria. Y lo hacen de la manera más natural, con toda serenidad y sin ninguna angustia”.

¿Me instalo cómodamente? ¿Mantengo el pie firme en la otra orilla? ¿Me angustia el paso definitivo?

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