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La magia de las palabras Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
17/07/2019 | 04:07 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

Henri Lacordaire fue considerado el mejor orador sagrado de Francia en el Siglo 19. Se graduó de abogado y en 1827 se ordenó sacerdote, recibiendo el hábito de los dominicos en 1839.

Se cuenta que el poder y vigor de su palabra era tan grande que llegó a tener un auditorio de 6 mil personas en sus famosos sermones, entre las que se encontraban Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Honorato de Balzac, Alfonso María Lamartine, entre otras celebridades.

Aunque Lacordaire ensalzó siempre el don de la palabra, supo también valorar la inapreciable fortaleza del silencio: “Después de la palabra, el silencio es el segundo poder del mundo”, expresó.

Con este parangón no disminuyó el vigor de la palabra pero tampoco la ensalzó al extremo, pues cuando las palabras son huecas o accesorias sale sobrando su presencia. Resulta innecesario mancillar el sagrado silencio -que tiene su reposado y místico lenguaje- con una perorata insulsa y desaforada.

Las palabras, bien utilizadas, tienen un mágico poder para alentar, estimular, consolar y confortar. En cambio, cuando son mal utilizadas, se convierten en terrible huracán que destruye, derriba, aniquila y asesina.

El escritor Laurent Bayart consideró que las palabras son nuestras amigas cuando las envolvemos en el bálsamo de la ternura: “Encontrar las palabras correctas, las que calmarán nuestras penas y permitirán que cierre la herida; las que ofrecerán la dádiva de una mirada tranquila para enfrentar el mañana incierto, las que darán la posibilidad de levantarse. Cuando se trata de acercarse al otro, las palabras son rocas sobre las que puede uno apoyarse”.

Bayart prosiguió: “No imagino vivir un solo instante sin su silueta tutelar. Las palabras vibran y llenan a diario las hojas de mi existencia con una esperanza loca”.

¿Utilizo adecuadamente la magia de las palabras?

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