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Madurar en las despedidas Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
20/07/2019 | 04:00 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

 

Nuestra vida es una permanente despedida. Cada nueva etapa constituye un adiós a la anterior. Desde el vientre materno se debe romper con ese primer peldaño para nacer. Posteriormente, se tendrá que despedir la infancia, la adolescencia, la juventud, la edad adulta y la tercera edad. Es un ciclo en el que todo se debe disfrutar, pero nada se puede retener ni detener. Para madurar hay que ser experto en saberse despedir. Quien persigue desaforadamente más posesiones es porque no se posee a sí mismo.

Hermann Hesse, en 1941, tras una penosa enfermedad, enfatizó en su poema Etapas (o Escalones):

“Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad, así también florecen sucesivos los peldaños de la vida; a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud, mas no les es dado durar eternamente.

“Es menester que el corazón, a cada llamamiento, esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo, esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos, a nuevas y distintas ataduras.

“En el fondo de cada comienzo hay un hechizo que nos protege y nos ayuda a vivir. Debemos ir serenos y alegres por la Tierra, atravesar espacio tras espacio sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria; el espíritu universal no quiere encadenarnos: quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad en una morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer: sólo quien está pronto a partir y peregrinar podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

“Aun la hora de la muerte acaso nos coloque frente a nuevos espacios que debamos andar: las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros… ¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete, estás curado!”

¿Maduro en las despedidas? ¿Estoy pronto a partir?

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