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La sabiduría del asno Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
17/08/2019 | 04:00 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

 

El asno ha sido proverbialmente vituperado. Si se desea insultar a alguien se le dice: ¡Ah, cómo eres burro! Antiguamente, en las escuelas, a los alumnos más flojos se les colocaba en un rincón del salón con orejas de burro en la cabeza.

Una narración cuenta que una viejita regresaba a su casa montada en un burro, mientras rezaba en voz alta el rosario. Al toparse con un joven, el asno comenzó a rebuznar. Entonces, el muchacho, queriendo burlarse comentó: ¡Señora, qué bien contesta su burro el rezo del rosario! La anciana repuso: “Mi burro no sabe rezar el rosario, pero sí rebuzna de felicidad cada vez que encuentra a uno de sus semejantes”.

Dejando atrás bromas y chistes, se debe reconocer la humildad y laboriosidad de este noble animal. En todas las culturas ha sido muy apreciado por su fortaleza para soportar el trabajo duro.

Incluso, Jesús no entró en Jerusalén montado en un corcel pura raza, sino en un humilde borrico. Y cuando se comenzaron a elaborar las figuras de los nacimientos, fue necesario incluir también a este noble animal.

Es clásico el pasaje del capítulo 22 del libro de los Números, en el que una burra muestra más sabiduría que su jinete. Los israelitas acamparon cerca de Moab y el rey Balac se atemorizó, por lo que encomendó a Balaam que fuera y maldijera a ese numeroso pueblo.

Balaam montó su burra y emprendió el camino, pero la burra vio al ángel de Yavéh blandiendo su espada, por lo que detuvo su camino y se echó, no obstante la paliza y reniegos del jinete.

Entonces, la burra habló y le reprochó su proceder, hasta que Balaam vio también al ángel de Yavéh y recapacitó.

¿Muestro mi sabiduría con humildad y laboriosidad?

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