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La sana curiosidad Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
22/08/2019 | 04:10 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

 

La curiosidad no es cosa terrible, por más que se le estigmatice. Algunos dicen que es mala consejera, y un refrán afirma que “la curiosidad mató al gato”.

Sin embargo, no toda curiosidad se mide con el mismo rasero. El 30 de abril de 2018, el Papa Francisco dijo que hay curiosidad buena y mala: “la “curiosidad buena” es como la de los niños que se encuentran en la edad del “por qué”; la “curiosidad mala” es la de las habladurías y los “chismes”.

Este deseo de saber es el que debemos imitar y estimular, como explicó el filósofo Mario Bunge en su libro Elogio de la curiosidad: “Este libro es como una caja de comprimidos de tantos tipos como capítulos. No son calmantes sino estimulantes, o al menos eso creo yo”.

En 1980, Cristian Delacampagne le solicitó una entrevista a Michel Foucault para publicarla en el diario Le Monde. Foucault aceptó si se publicaba como entrevista anónima, lo cual sucedió el 6 de abril con el título de “El filósofo enmascarado”.

Foucault expresó: “La filosofía, por tanto, debe ir de la mano de la curiosidad. Pero una clase especial de curiosidad: aquella que incita a ir más allá de lo obvio, a buscar otra manera de ver las cosas, que impulsa a deshacernos de nuestras familiaridades y hacer visible aquello que nos es tan próximo que ni siquiera reparamos en ello. Aquellos que deciden quedarse con la seguridad de la isla hacen de su tarea legitimar lo que ya se sabe; meterse en el barco y adentrarse en el océano, por el contrario, implica desplazarse, hacer un esfuerzo por pensar de manera distinta, transformar los valores adquiridos y, en definitiva, “llegar a ser otra cosa de lo que se es”.

¿Cultivo la sana curiosidad?

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