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No pierdas tu centro Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
14/09/2019 | 04:07 AM

rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

Algunas personas son demasiado generosas y se entregan constantemente a los demás. No reservan ningún momento para hacer una pausa, reflexionar y replegarse sobre sí mismas. Otras, en cambio, se dedican solamente a nutrir su orgullo, avaricia y soberbia, de forma que son incapaces de pensar en los demás ni de preocuparse por ellos.

Los dos extremos, como siempre, son riesgosos y negativos. Quien se ocupa exclusivamente de ayudar a los demás puede languidecer en su espíritu a causa de que no nutre su corazón y su espiritualidad. Quien solamente piensa en su propio bienestar, también enflaquece y empobrece su interioridad.

Existe una narración acerca de un hombre que perdió su centro. Era un hombre muy sabio y muy cordial con todo el mundo. A todos ayudaba y daba consejos, pero como no era capaz de decir “no” a nadie, su corazón se centraba cada vez menos, hasta que un día se derrumbó.

Entristecido, reconoció que había perdido su centro por no querer decepcionar a nadie y lloró sin parar al comprobar que ya no había vuelto a escuchar a su corazón. Nunca se había tomado tiempo para descansar y volver a llenar su centro, su corazón, de ternura y de amor.

Hay, también, personas que no se gustan y buscan cómo huir y evadirse de sí mismas a través de fantasmas, francachelas, distracciones o vicios, como escribió Jaime Labastida en su poema El descenso:

“Porque he huido al conocerme/ y me he escondido entre licores/ entre pequeñas cápsulas de frases,/ entre amigos,/ ahora quiero regresar hasta mi centro;/ quiero ser el primogénito/ y devolverme a los orígenes; quiero comerme,/ ya que es la única antropofagia permitida./ Quiero habitarme,/ como en el vientre de mi madre”.

¿Pierdo deliberadamente mi centro? ¿Huyo de mí mismo?

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