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Educar en el asombro Éthos

Rodolfo Díaz Fonseca
16/09/2019 | 04:00 AM

El niño, lo hemos dicho en otras ocasiones, es filósofo por naturaleza. El asombro ante las cosas lo lleva a plantearse un torrente de preguntas que parecen no tener fin. Se maravilla ante todo lo que observa y su imaginación se embebe en el prodigioso embudo de la imaginación.

Ser niño es crear un mundo nuevo, original, diferente e insospechado, como expresó Milán Kundera: «Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño, porque la infancia es la imagen del futuro”.
Los niños no necesitan demasiados estímulos, no requieren ser “arreados”, tienen suficiente energía para moverse por sí mismos. Esta verdad fue ampliamente constatada por Chesterton: “Cuando somos muy niños, no necesitamos cuentos de hadas, sino simplemente cuentos. La vida es de por sí bastante interesante. A un niño de siete años puede emocionarle que Perico, al abrir la puerta, se encuentre con un dragón; pero a un niño de tres años le emociona ya bastante que Perico abra la puerta”.
Catherine L’Ecuyer, en su libro Educar en el asombro, lamentó que en la actualidad se estimule excesiva y erróneamente al niño con el factor pantalla: “Las pantallas estridentes turban el único aprendizaje sostenible que existe en el niño: el de descubrir por sí mismo y a su ritmo el mundo por primera vez o de nuevo”.
Añadió que este exceso de estimulación, “sustituye al motor del niño y anula su sentido del asombro, de creatividad, de imaginación. Tras una fugaz sensación de euforia, el niño se apalanca, se vuelve pasivo, no toma iniciativas, se aburre y deja que la pereza mental le invada”.
¿Educo en el asombro? ¿Estimulo de manera adecuada la emoción, creatividad e imaginación?
rfonseca@noroeste.com
@rodolfodiazf

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