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Tres premisas para una nueva época: el antipejismo Kratos

Juan Alfonso Mejía López
17/02/2019 | 04:00 AM
Asistí como muchos otros a los eventos del Presidente de la República en Sinaloa. Comprobé la solidez de su base electoral y un estilo diferente de hacer política. No hay Estado Mayor, para bien o para mal, los invitados especiales son mínimos, los adultos mayores abundan y sólo hay espacio para un actor en escena: él mismo.
Mientras he asistido a mítines de manera recurrente durante casi diez años, he observado de manera sistemática y muy cercana la vida pública internacional, nacional y local por poco más de veinte. Confieso no haber sido testigo de algo semejante. Los asistentes están ahí porque creen en algo y se sienten identificados con un movimiento más grande que ellos; no exagero a decir que están enardecidos.
No fue el caso con Vicente Fox ni Felipe Calderón, mucho menos con Peña Nieto; si acaso se parece más a lo acontecido con Manuel Clouthier “Maquío”, aunque con muchos menos seguidores. Hasta aquí la primera premisa: estamos ante un fenómeno distinto a lo que hemos atestiguado en política los últimos treinta años.
En los años de mi tesis doctoral me dediqué a estudiar el fenómeno de la alternancia en el poder. Dentro de los puntos clave que me permitieron entender mi objeto de estudio como fenómeno político están dos: la alternancia sucede primero a nivel psicológico, no en las casillas, sino en la cabeza del electorado, por un lado y no existe alternancia posible si no existe alternativa viable, por otro lado.
Imaginemos al PRI de Carlos Salinas o Ernesto Zedillo asegurando que sólo ellos y su partido son capaces de gobernar; sin ellos, el país se sumiría en un caos de gobernabilidad y crisis económica. En 1999, un año antes de la primera alternancia en la Presidencia de la República, 60% de la población ya había sido gobernada por otro partido; de las treinta ciudades más importantes, 24 habían sido gobernadas por el PAN o por el PRD, algunas hasta en cuatro ocasiones. El miedo “al otro” dejó de ser argumento en la cabeza del electorado.
Cuando el Partido Acción Nacional o el De la Revolución Democrática detentó liderazgos sociales emanados por vías distintas a la estructura tradicional de un partido, presentó candidatos con un discurso disonante a lo políticamente correcto, con mecanismos de ascenso diversos a la nomenclatura gubernamental, entonces lucía diferente. En el momento en que el PAN, el PRD y el resto se parecieron demasiado al PRI, mejor resultó volver con los originales. Si los que buscan el poder no se ven ni se sienten distintos al que lo detenta, no hay razón para cambiar. Eso llevó al PAN al poder y eso lo hizo perderlo.
Hoy López Obrador luce diferente y eso destronó a las estructuras partidarias; hoy no se ve a nadie frente a él, porque siguen representando lo mismo que lo encumbró. No son alternativa; no son razón para una alternancia. Hasta aquí la segunda premisa.
Es difícil coincidir con el Presidente de la República en muchas de sus propuestas, pero desmentirlo políticamente no es trabajo de él ni de Morena. En la puesta en escena del líder y su pueblo, sin intermediarios, se debe tener claro que su ascenso es consecuencia y no causa de los yerros de otros. Quien no lo tenga claro, esta perdido.
El Presidente no miente cuando habla de un país desigual, sumamente inequitativo; tampoco lo hace cuando señala la pobreza que caracteriza a poco mas de la mitad de los mexicanos; la corrupción carcomió al Estado mexicano, es un hecho; la injusticia está presente a lo largo y ancho de nuestras comunidades. Frente a esos fenómenos, el Gobierno de México –como ahora se le llama– presenta una serie de políticas públicas que pueden caracterizarse por una falta de diagnóstico claro, por la veta ideológica o por una lógica cien por ciento político electoral. Lo cierto es que, no se ve claro qué proponen los que están enfrente.
Por ejemplo, la democracia liberal entendida de manera general tuvo sus aciertos, pero también sus deficiencias. Ha sido incapaz de democratizar la riqueza, imposibilitada para generar auténticos controles de poder representativos de la mayoría y sofocada por el anquilosamiento de las instituciones que no responden a las necesidades cotidianas de los más necesitados. No hay que buscar mucho, el populismo que desborda al mundo entero es la mejor muestra que tenemos frente a nuestros ojos.
Entonces, se puede o no estar de acuerdo frente a las políticas públicas que hoy presenta el gobierno del Presidente López Obrador; lo cierto es que, para aquellos que no lo estén, la pregunta es: ¿Qué proponen?
Si su respuesta tiene origen en el pasado, no se están dando cuenta que es justamente esa voz, la del pretérito, la que encumbró las propuestas del hoy Mandatario. La respuesta no está en el ayer, sino en el mañana. La política pública con la que se responda muy probablemente no ha sido aún generada; tienen trabajo por delante. Pensemos en algunos de los señalamientos respecto de esta tercera premisa.
Si bien es cierto no todas las organizaciones de Sociedad Civil son una comparsa del gobierno, no se puede negar que la CLUNY que otorgó Sedesol por años sí sirvió para crear organizaciones que fungieron como estructuras electorales de apoyo para miembros de la clase política de todos los partidos. Aunque muchas organizaciones sociales SÍ cumplieron su cometido, un amplísimo porcentaje de ellas fueron utilizadas con fines electorales, clientelares y hasta jugosos negocios. Volver a ese pasado, no es opción; la sociedad civil se tiene que reinventar. Lo mismo sucede con la política monetaria, educativa, la de redistribución de la riqueza, la del combate al crimen organizado, las calificadoras internacionales y un largo etcétera.
Vivimos en Sinaloa un tiempo de reacomodos. Existe un Gobernador poco común, lo que lo hace acorde para su época. Quirino Ordaz Coppel, a pesar de tener un linaje partidista tradicional, no comparte esas formas de antaño, tanto así que se ha convertido en un Gobernador cercano al Jefe del Estado mexicano, ambos comparten su extrañeza frente a ese fantasma del ayer.
El “antipejismo” tiene tarea por delante, la primera es entender su época; la buena noticia para todos ellos es que, si bien es cierto el tiempo se diluye en sus manos, depende de aquellos que se le oponen. Este tipo de oposición es la que fortalece el pluralismo democrático porque es socialmente útil. Será importante el contenido, pero no por ello es menos importante quienes lo encarnen, esa es la mejor política pública posible y deseable.
Que así sea
Twitter: @juanmejia_mzt
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