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Un consejo para el mazatleco LA VIDA DE ACUERDO A MÍ

Alessandra Santamaría López
19/12/2017 | 03:00 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com

Twitter: Aless_SaLo

 

Regresar a Mazatlán después de varios meses de respirar sin cesar el smog de la capital siempre es interesante, porque despierta en mí sensaciones que pensé ya había olvidado. Recorrer las tranquilas calles de la colonia donde crecí y volver a posar mis ojos en aquellos edificios que marcaron mi infancia hace que me invada una ola de nostalgia por lo que alguna vez quise ser y nunca fui; por lo que nunca imaginé que sería y ahora soy.

 

Regresar a Mazatlán ahora que vivo en la Ciudad de México me hace comparar ambas urbes injustamente,  porque es verdad que poco tienen que ver la una con la otra. Y aunque son solo dos años y medio los que he residido en la gran metrópoli, a comparación de los casi 17 que viví en la Perla del Pacífico, el contraste es tan grande que me es imposible ignorarlo.

 

En cuanto bajo del avión, caigo en cuenta que he dejado atrás la gran manzana latinoamericana. El marcado acento sinaloense me lo recuerda. Y es aún más gracioso, ya que en el pasado, cuando visitaba la CDMX y remarcaban en mi acento, yo aseguraba que no tenía alguno. Y es verdad. Me era físicamente imposible escucharlo gracias a lo acostumbrada que estaba a que todos alrededor mío hablaran de la misma forma. Pero en estos momentos que puedo oírlo al derecho y al revés, recuerdo que estoy en casa.

 

Y el mismo día de mi llegada se me presentó otro recordatorio de que estoy en provincia: una piñata con todo y escenario de rock en medio de la calle y que bloquea el paso de vehículos y peatones. Piñata que no pidió permiso alguno de los vecinos para realizarse y a cuyos organizadores probablemente les da igual. Al presenciar dicha escena le pregunté a mi papá (que nació y vivió toda su juventud en la capital pero desde hace 30 años o más se considera mazatleco) que qué harían con un caso como tal en la ciudad. “Probablemente les aventarían piedras”, fue su respuesta.

 

El sentido de “no pasa nada” es una de las características que, a mi parecer, más definen la forma de ver las cosas de una ciudad “chica”. Y es justamente uno de los motivos por los que los estilos de vida provincianos son mucho más tranquilos, pero al mismo tiempo, mucho más desorganizados.

 

La relativa colectividad y organización civil son dos de las cosas que más admiro de las grandes ciudades. Y aunque aún conservo varias de las ideologías y formas de hacer las cosas que aprendí aquí, el haberme visto casi forzada a adaptarme a una manera diferente de existir en sociedad hace que me sienta con el tal vez inmerecido derecho de darles un consejo a los mazatlecos: el tamaño de esta ciudad es relativo.

 

Solo porque geográficamente, o incluso poblacionalmente, no sea grande, no quiere decir que sus habitantes tienen que pensar en chico. Me consta que existen muchos ciudadanos inconformes, y no únicamente por las pequeñeces como pueden parecer las fiestas improvisadas a media calle, si no por aquellas decisiones que toman empresarios y funcionarios públicos a costa del bienestar de los civiles.

 

Por ejemplo, aunque yo no soy la persona más indicada para aprobar o criticar las recientes remodelaciones que se le han hecho al malecón, a Olas Altas, a todo el Centro Histórico (y vaya que eso fue una auténtica pesadilla), y ahora al Paseo del Centenario, no me entra en la cabeza cómo no causó más descontento general, más protestas, más comentarios por parte de los ciudadanos sobre lo innecesarios, inconvenientes o costosos que eran los arreglos, y lo que sobre todo, generarán en un futuro no muy distante en cuestión ambiental.

 

 

Querido lector, si resides en Mazatlan, o como yo, ya no lo haces pero nunca cesará de ser la ciudad donde dejas tu corazón, ¿qué consideras que puede mejorar dentro de la sociedad civil para que obtengan la calidad de vida que no solo merecen, si no que desean?

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