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Estamos ardiendo LA VIDA DE ACUERDO A MÍ

Alessandra Santamaría López
27/08/2019 | 04:09 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo

 

A veces me reprocho a mí misma por hablar siempre de los mismos temas en esta columna. No puedo negar que tengo una corta y muy específica lista de temáticas y problemas sociales que me gusta comentar cada vez que se presenta la ocasión (feminismo, religión, sexualidad, migración, discriminación y ambientalismo), pero aunque pueda rozar la monotonía, creo con mucha convicción que son cosas que importan. Son cuestiones que afectan a grandes grupos de la población; son conversaciones vigentes, apasionantes y que están cambiando al mundo.

Y por eso, aunque hace dos o tres meses ya toqué este tema con la columna “Antes de que sea demasiado tarde”, me veo en la penosa necesidad interna de hacerlo de nuevo. Porque nos estamos quemando.

El Amazonas está incendiándose. El pulmón de la Tierra se está muriendo. Esta selva tropical es responsable de entre el 20 y el 26 por ciento del oxígeno que consumimos todos los días, y la estamos matando. Es el hogar de cientos de especies de animales y plantas, por no decir grupos de indígenas sudamericanos que han estado ahí desde que empezamos a existir como especie, y aún así la estamos destruyendo.

Podrá sonar ridículo, pero de vez en cuando me siento muy culpable por ser humana. Hubiera sido más fácil si hubiera nacido colibrí, y así, de lo único que despojaría al mundo es un par de gotas de polen diarias, y nada más. No viviría con el saber que estoy contribuyendo, me guste o no, a la deforestación, a la contaminación del aire, del suelo, del agua. No me pesaría el vivir, y hasta disfrutar, de ser parte de un sistema dedicado a la innecesaria explotación de recursos naturales para satisfacer necesidades emocionales que en realidad, nunca serán satisfechas con objetos, por que lo que todos buscamos en el mundo es sencillamente, felicidad y amor.

Ahora que releo esa última oración me doy cuenta de que sueno como una hippie de Woodstock en 1969. Y en realidad no me identifico con ese movimiento o ese estilo de vida. Pero sí pienso que hay muchas cosas que podríamos aprender de ellos. Pequeñas modificaciones a la forma en la que nos movemos, vestimos, lavamos, comemos y nos comportamos para frenar, aunque sea un poquito, la enfermedad que terminará por matar el único lugar al que llamamos hogar.

Por ejemplo, nunca he sido vegana, pero siempre me ha llamado la atención. Está comprobado que una dieta vegana puede ser 100 por ciento saludable y accesible para las personas y además, es una de las formas más efectivas de reducir nuestra huella hídrica.

Diversas organizaciones ambientalistas apuntan que uno de los motivos (si no es que EL motivo) por los que el Amazonas está en llamas es la deforestación. Muchos de nosotros asociamos la deforestación inmediatamente con la producción de objetos hechos con madera, pero en verdad, la agricultura animal es responsable por el 80 por ciento de este fenómeno, especialmente en América Latina, donde dos tercios de los bosques han sido destruidos con el fin de expandir las pasturas en las que viven los ganados o las granjas en la que los animales consumidos más comúnmente son criados e inevitablemente asesinados.

Reducir nuestro consumo de producto de origen animal no es solo una labor ética; es una solución sencilla y directa para sentir que estamos poniendo nuestro granito de arena. Y ya se lo que muchos dicen sobre eso. Que el cambio proveniente de una persona no afecta en gran escala. Pero si todos los que piensan eso lo hicieran de todas formas, ocurriría algo innegable.

No sé si voy a tener hijos. Pero si los tengo, me da pánico pensar en el mundo en el que van a crecer. Donde la escasez de agua será la norma y no la excepción. Donde el aire siempre sea gris. ¿Por qué condenarlos a que paguen las consecuencias de nuestra falta de iniciativa y escepticismo?

No podemos negarlo: se nos está acabando el tiempo y lo más frustrante es que hay millones de personas que se rehúsan a impulsar el cambio por pura flojera y egoísmo. Flojera de poner una cubeta bajo la regadera para atrapar el agua sobrante; flojera de llevar bolsas reutilizables al supermercado en lugar de agarrar las de plástico; flojera de consumir tofu y soya en lugar de pollo porque eso es lo que me gusta y no podría importarme menos qué es mejor para la especie humana en su colectividad.

Aunque somos responsables de tanta belleza y somos capaces de tanto amor, los humanos también somos monstruos. Y por eso el lugar donde vivimos está ardiendo.

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