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Sinaloa nos persigue a donde sea que vayamos LA VIDA DE ACUERDO A MÍ

Alessandra Santamaría López
22/10/2019 | 04:07 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo

 

Todos los columnistas, y no solo de Sinaloa, están hablando de lo mismo: Culiacán, y la zona de guerra en la que se convirtió la semana pasada.

Aunque nunca he vivido en la capital sinaloense, y por lo menos desde mi punto de vista, Mazatlán nunca se las ha visto tan negras como Culiacán, sí recuerdo una época donde todo parecía estar manchado por el narco.

Yo y mis amigos éramos niños; aunque suene cliché, inocentes e ingenuos.Y entonces, ocurrió uno de los acontecimientos más aterradores de la historia de nuestra ciudad. Un enfrentamiento entre narcotraficantes y el Ejército (o tal vez fue la marina, no recuerdo) sobre el techo del Colegio Anglo Moderno, y que marcó a decenas de pequeños que ahora son adultos jóvenes, y que por un par de horas, no sabían si saldrían vivos de esa.

Le siguió una época de horror. Se cancelaron las llegadas de todas las rutas de cruceros turísticos; cerraron comercios; se veían cuerpos colgando de puentes peatonales, y aún así, nos acostumbramos. La vida siguió, y salimos adelante. Eventualmente, las cosas mejoraron y eso se vió reflejado con el regreso del turismo extranjero y nacional, pero los acontecimientos recientes suponen la amenaza de perder todo lo que Sinaloa ha construido en los últimos años.

¿Fue un error haber liberado al hijo de “El Chapo”? No lo sé. No tengo ni los conocimientos, ni la experiencia, ni los años para decirlo. No sé si quiere decir que tenemos un Presidente y un Gabinete débiles, o si en cambio, significa que tienen una visión más humanista y pacífica de cómo gobernar.

Pero sí me aterra pensar en las cosas que el narco es capaz de hacerle a las ciudades y a las personas por salirse con la suya.

El evento llegó a los medios más famosos del mundo; “El Chapo: la policía mexicana libera al hijo del capo mientras se desata una batalla en Culiacán”, escribió la BBC, “Balacera involucrando al hijo del Chapo ilumina los problemas a los que se enfrenta el gobierno mexicano para obtener el control”, encabezó el Washington Post. Todo eso mientras “El Chapo” nos ve silenciosamente desde su celda de máxima seguridad en Colorado, Estados Unidos. Y mientras Culiacán se consume en llamas, otros periódicos publican que Guzmán Loera está sufriendo. Que ha perdido peso, que nunca tiene comunicación con otras personas, que pasa frío o está deprimido o enfermo. Y me dan ganas de preguntarle, “¿pues qué esperabas?, mira lo que has causado, mira lo que los tuyos, los que aprendieron de tí, hacen para defender tu sangre”.

Ya no sé qué decir. Desde la computadora de mi trabajo en la Ciudad de México y la pantalla del celular contemplé todo desde lejos; a distancia segura, pero imaginando todo lo que sentiría si estuviera ahí o si mis seres más queridos estuvieran de alguna forma, involucrados.

Lo peor es la reacción que algunas personas, y en específico, mujeres, tuvieron ante la captura de Ovidio Guzmán. Parecido a la forma en la que actuaron durante la segunda y tercera captura de “El Chapo”, exigieron su liberación porque, aparentemente, lo encuentran guapo y poderoso. “Soy tu sicaria”, vi en las redes sociales. ¿Qué debería darnos más rabia? ¿Que eso es lo que aspiran obtener las mujeres sinaloenses? ¿O qué nuestra cultura avale y permita que esa sea una aspiración legítima?

Tristemente, todo apunta a que, sin importar a dónde vayamos, tanto en México como en el mundo, nunca podremos escapar de todo. El Cartel de Sinaloa tiene presencia en más de 80 países del mundo; si no me equivoco. Las ganancias de su infame líder superan los 12.7 mil millones de dólares, y dichos cálculos son austeros, indica el New York Times. Nunca podremos escapar su presencia, porque aunque vivamos en el rincón más remoto, pacífico y seguro del planeta, la reputación de venir de Sinaloa nos perseguirá eternamente.
Durante las celebraciones del 16 de septiembre, escribí que lamentaba la forma negativa en la que hablo de México en muchas ocasiones, y procuré hablar de las cosas que hacen a Sinaloa y México lugares bellos en lugar de tristes. Pero la realidad no me deja.

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