Este medio electrónico utiliza cookies para mostrar contenido personalizado y publicidad segmentada relacionada con sus preferencias. Si continúa en nuestro sitio o aplicaciones, entendemos que otorga y acepta plenamente que sus datos recabados serán utilizados mediante las disposiciones y términos de nuestro aviso de privacidad.
Suplementos
  • Novias
  • Gloss
  • Campo
  • Clave de Acceso
  • Tu Casa
  • Tu Salud
  • Tu Auto
  • Politicante
  • Mejor Educación

Ellas no tuvieron la misma suerte La Vida de Acuerdo a Mí

Alessandra Santamaría López
16/07/2019 | 04:04 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo

 

Cuando recién me mudé a la Ciudad de México, hace casi cuatro años, tenía mucho miedo. Miedo porque la veía como un monstruo de ciudad, capaz de devorarme entera. Miedo porque a pesar de lo que se diga de Sinaloa, yo llevaba una vida tranquila y en paz. No me metía en problemas y el crimen organizado se me antojaba un asunto lejano a mí, mientras que los asaltos, el acoso callejero y los secuestros exprés parecían ocurrir en la capital cada día.

No obstante, me quedé. Pasó el tiempo y debido a que principalmente tenía buenas experiencias, comencé a olvidar las cosas que me hacían mirar por encima del hombro para asegurarme de que nadie me seguía. Lo malo es que cada vez que leo las noticias, recuerdo. 
“¿Dónde están? Pamela, Vanessa y Viviana tienen meses sin estar en casa: desaparecieron en la CdMx” es el título de una nota publicada hace tres días en el medio digital Sin Embargo. E inevitablemente, al leerla empiezo a recordar.

Una, vista por última vez en un festival de música. La segunda y tercera desaparecieron un día al salir y dirigirse a sus casas, respectivamente. Semanas y semanas de incertidumbre, de dolor de esos que desesperan; de los que duelen tanto que provocan ganas de arrancarse la piel por no saber dónde está tu hija, tu hermana, tu pareja, tu amiga.

Como ser humano, es suficiente para que me pregunte por qué insisto en vivir en una ciudad (y en un país, si soy sincera) que nos amenaza y cuyos servidores públicos nos ignoran o hasta roban. Es suficiente para que me cuestione qué me ha evitado hasta la fecha el poner en orden mis cosas e irme a un lugar mejor. Un lugar donde abrir el periódico o cualquier portal de noticias no represente el momento más triste del día. Y como mujer, es aún peor, porque ellas y yo no somos tan diferentes. Porque aunque radiquemos en zonas distintas o tengamos diferentes profesiones, nada me salva de tener el mismo fin y terminar solo como otro mujer desaparecida en México. Una de las casi 10 mil de las que no se sabe nada, de acuerdo con las cifras del Registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED) actualizadas hasta abril del año pasado. Una vida reducida a un nombre en una larga y desesperanzadora lista.

¿Qué podemos hacer?, ¿qué medidas desesperadamente necesarias no se nos han ocurrido todavía? En la capital hace años se crearon secciones exclusivas para mujeres y personas con discapacidades en el transporte público. “9 de cada 10 mujeres (que usan el metro o el metrobús) se sienten seguras” leí hace un par de días en una estación. Pero todos sabemos que no es cierto.
El color oficial de la ciudad incluso fue rosa durante varios años, esto con el propósito de mostrar que la CDMX es amiga de las mujeres, pero los hechos muestran una realidad distinta.

La semana pasada, caminaba rumbo a mi casa. Mi atuendo en ningún sentido podría ser acusado de provocador, pero de cualquier manera, lo que vista es irrelevante. Un carro con cuatro adolescentes pasó frente a mí. Y antes de que dijeran nada, lo vi en sus rostros. Lo mismo que he visto cientos de veces desde que dejé de ser niña: la necesidad de incomodar. De sexualizarme; de decirme lo que piensan de mi cuerpo sin que nadie aunque nadie se los preguntara y sin que nadie se los aplauda (aparte de ellos mismos, sintiéndose más hombrecitos). Vi las ganas de molestar, solo con el fin de hacerme sentir apenada.

“Mami”, gritaron e inmediatamente después aceleraron, y por primera vez desde que tengo memoria, respondí a la agresión. Lo que dije da igual, pero ¿qué hubiera pasado si me hubieran oído? Si hubieran regresado, molestos, por mi defensa.

Por la hora y el lugar donde me encontraba, dudo que el incidente hubiera pasado a mayores. Tal vez un par de insultos más y una amenaza, la promesa de un golpe o algo peor. Pero Vanessa, Pamela y Viviana y miles de mujeres más no tuvieron, y no tendrán, la misma suerte.

También de este autor..
06-08-2019

Oportunidades