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¡La pared! La Vida de Acuerdo a Mí

Alessandra Santamaría López
20/08/2019 | 04:05 AM

alessandra_santamaria@hotmail.com
@Aless_SaLo

 

Si el mundo fuera un lugar perfecto, la independencia de México se hubiera desarrollado de la siguiente manera: Una mañana, los criollos y mestizos (porque aceptémoslo, los indígenas eran y siguen siendo ignorados, por no decir oprimidos) se hubieran levantado hartos de vivir en un sistema que los lastima continuamente, y hubieran caminado con toda la tranquilidad del mundo hacia la Embajada de España. Una vez ahí, hubieran solicitado amablemente que los injustos conquistadores salieran del País. O en otro escenario igual de placentero, hubieran exigido su libertad mediante una carta formal, la hubieran enviado en barco, esperado meses hasta que llegara a Europa y luego al hogar de los reyes católicos, y estos muy posiblemente hubieran escuchado su razonamiento, y firmarían de buena gana el documento de independencia.

Pero el mundo no es perfecto, y las cosas importantes no se piden de a bonito. La Segunda Guerra Mundial no terminó por la buena fe de los aliados o de la Alemania nazi. El Muro de Berlín no se derrumbó accidentalmente. Lo tumbaron. América Latina no se volvió un grupo de países soberanos porque España un día recapacitó sobre sus acciones. Hubo guerra. Me pregunto entonces si las generaciones de aquel entonces criticaron dicho movimientos por ser demasiado rudos. ¿No eran sus objetivos lo suficientemente importantes, lo suficientemente válidos y valiosos como para justificar su extremismo?

Como ya sabrán, el pasado fin de semana varios monumentos históricos y espacios públicos de la Ciudad de México fueron grafiteados, o en las palabras de algunos, vandalizados, por contingentes de feministas que marcharon para protestar, entre otras cosas, por la violación cometida por cuatro policías contra una menor. De la manifestación no se salvaron el edificio de la Policía Federal, el Ángel de la Independencia o la Glorieta de los Insurgentes. Y aunque solo han pasado un par de horas, la Glorieta ya está intacta. Brillante pintura blanca cubre cualquier reclamo, insulto o dibujo que en sus paredes se haya hecho. Así de fácil es limpiar los grafitis. Pero nada le devuelve la vida a una mujer asesinada, y nada cura las heridas, el trauma emocional y físico; nada alivia el miedo de una mujer torturada, violentada o violada.

La glorieta no duró nada manchada. A duras penas podemos considerarla un recordatorio de que la movilización existió, de que medios de todas partes del mundo hablaron de ello, de que la propia Jefa de Gobierno, una mujer supuestamente de izquierda, calificó a la manifestación como una provocación a los funcionarios públicos; como una invitación a usar la violencia. Así de rápido se mueve el Gobierno cuando algo le importa.

Que reparar el Ángel va a costar 20 millones de pesos, leí en algún sitio. ¿Y a quién le importa el Ángel cuando las vidas de tantas de nosotras se ven amenazadas diariamente? ¿Qué no el Ángel es un símbolo de libertad, de plenitud, de fuerza? Y la última vez que chequé, ¿Qué no es una estatua? La misma estatua en la que los hombres orinan y tiran basura cuando la Selección Mexicana gana un partido en el Mundial, vale la pena mencionar.
Que hay formas, que hay maneras para hacer las cosas. Eso es lo que se ha dicho. Y lo que sucede en realidad, es que al ver palabras como “Estado Violador”, o “País Feminicida”, en espacios tan visibles como aquellos que fueron grafiteados, la realidad lo golpea a uno en la cara. Y esa realidad duele. Incomoda. No queremos verla, y nos hacemos tontos.

No es que a las mujeres les guste por naturaleza ser ruidosas y escandalosas. Es que no quedó de otra. Solo así escuchan. Solo así voltean a ver.

Con la respuesta que tantos han tenido ante estos agresivos, sí, pero necesarios llamados de atención, casi podría decirse que uno sería capaz de ver a una mujer asesinada contra un muro, y cuando la sangre de la víctima lo ensuciara, el espectador gritaría “¡La pared!”.

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