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La fuerza de los rituales cívicos OPINIÓN

Roberto Blancarte
17/09/2019 | 04:00 AM

roberto.blancarte@milenio.com

 

La ceremonia del Grito de la Independencia es, por antonomasia, un ritual cívico. Como lo son los desfiles militares, los honores a la bandera, las tomas de posesión de cargos públicos, el inicio de las labores de las cámaras de representantes, o las ceremonias para otorgar doctorados honoris causa.

Y los rituales cívicos tienen una función: mantener el lazo social, la unión de un determinado grupo (en este caso, los mexicanos), alrededor de un ideal común.

Es por ello que la ceremonia del Grito es central en la vida de México; supone la reiteración de un ritual que, al ejecutarse, fortalece el sentimiento de unidad entre hombres y mujeres de una nación diversa, pero que, por lo mismo, requiere de símbolos integradores.

De ahí la importancia de recordar no sólo a “los héroes que nos dieron patria”, es decir a Hidalgo, Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, etc., sino los ideales que perseguimos como nación: la independencia, por supuesto, pero también los otros valores que cada Presidente decide exaltar, a través del ¡viva! generalizado.

Recuerdo que fue el Presidente Echeverría el primero que se salió del guión establecido durante décadas, cuando gritó y pidió vivas para el Tercer Mundo. Y Fox clamó por la democracia. Así que la introducción de otras vivas, se orienta precisamente a los nuevos valores que el actual Presidente quiere.

En este caso, “las madres y los padres de nuestra patria”, “los héroes anónimos”, “el heroico pueblo de México”, “las comunidades indígenas”, “la libertad”, “la justicia”, “la democracia”, “nuestra soberanía”, “la fraternidad universal”, “la paz” y “la grandeza cultural de México”. En suma, su programa de gobierno.

Ahora bien, los rituales cívicos, en general son sustitutivos de los religiosos. Enaltecen los nuevos valores (en este caso republicanos) y los nuevos altares de la patria, con los nuevos ejemplos de vida (los héroes), que sustituyen a las de los santos.

Por eso, en este caso, se agradece que el Presidente no haya mezclado en ningún momento sus concepciones político-religiosas (como lo hizo en el Zócalo el día de su toma de posesión) y haya dejado esta ceremonia como lo que debe ser, es decir, una ceremonia secular-laica, sin aditamentos religiosos, destinada precisamente a unir a todos los mexicanos y mexicanas, independientemente de la religión de cada quien.

Quizás, con esta exitosa celebración, López Obrador pueda entender el valor de una ceremonia secular: la generación de una simbología que unifica, no una que divide. Y no es que las religiones sean malas; es que no tienen la misma capacidad de unificar. Porque en esa plancha del Zócalo, como en otras plazas municipales, yo no vi evangélicos, ni católicos, ni judíos, ni mormones, ni chairos, ni fifís; yo vi mexicanos y mexicanas, con ganas de celebrar, en paz, no la independencia, que nos queda muy lejos, sino el hecho mismo de ser mexicanos.

Y quizás a partir de esta experiencia, exitosa, López Obrador pueda entender que él es el Presidente de todos los mexicanos y que, para serlo, no necesita meter a la religión en su labor secular.

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