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Tiempos hubo… Opinión

Joel Díaz Fonseca
24/01/2018 | 04:03 AM

jdiaz@noroeste.com

 

Hace algunos trienios (las cosas empezaron a cambiar con los gobiernos que llegaron con el Siglo 21), las autoridades municipales se preocupaban por molestar lo menos posible a los viandantes y a los conductores de vehículos, por lo que programaban las obras de reparación y de reencarpetado de las calles y avenidas para las horas nocturnas, cuando el tránsito peatonal y el tráfico vehicular se reducen sustancialmente.

 

Colocaban señalamientos bastante visibles para evitar que alguien cayera en alguna zanja o chocara contra algún promontorio de tierra o de asfalto.

 

Fueron tiempos, también, en que las autoridades se preocupaban por avisar con antelación a la sociedad sobre los frentes de obra que abrirían, de manera que todos pudieran saber no solo qué calles o avenidas iban a ser cerradas, sino que publicaban o ponían croquis en sitios bien visibles, con las rutas alternas que conductores y peatones podrían tomar para llegar a su destino.

 

Hoy ya no es así. Lo que menos les importa a las autoridades de ahora son las molestias que puedan causar con sus obras hechas al aventón.

 

Lo vimos con el caos que provocaron en el Centro Histórico de Mazatlán en los primeros meses del año pasado. Echaron a andar la remodelación sin tomarse la molestia de informar sobre lo que les esperaba a quienes resultarían directamente afectados con los trabajos.

 

Dejaron prácticamente incomunicado a todo mundo y un buen número de negocios perdieron dramáticamente su clientela al no encontrar los potenciales clientes la manera de llegar a los restaurantes, hoteles y comercios de todos los giros.

 

Simplemente llegaron los responsables (¿?) de las obras y colocaron las barras con el letrero de no hay paso. Como el Alcalde y los titulares de las distintas dependencias municipales no solo viajan en vehículos oficiales y con chofer a su disposición, sino con la información de primera mano sobre las vías alternas a tomar, en ningún momento les pasó por la cabeza que el ciudadano común no tiene esos privilegios y que sí necesita que la autoridad le informe lo que piensa hacer.

 

El sábado, el Alcalde Fernando Pucheta y sus muchachos lo volvieron a hacer. Sin decir “agua va” cerraron a plena mañana la Avenida Juan Carrasco y avenidas que desembocan en esta importante vía, como las calles Rosales y Zaragoza. Los conductores de vehículos particulares y choferes del servicio público andaban hechos locos buscando por dónde salir de aquel atolladero.

 

¿Qué les costaba a las autoridades municipales avisar con antelación a la sociedad mazatleca que no iban a poder circular por esas calles y avenidas, para que pudieran evitarlas?

 

Me tocó ver los rostros de desconcierto, de desesperación y de coraje de los conductores de vehículos al encontrarse de pronto con las calles cerradas y sin ninguna advertencia sobre cómo salir de aquellos laberintos sin fin.

 

Llevaba abajo los vidrios de mi auto, por eso alcancé a escuchar lo que masculló uno de aquellos conductores desesperados: “¿Qué les pasa a estos pend…? ¿Dónde aprendieron a reparar calles?”.

 

No creo que haya sido el único conductor molesto, como tampoco creo que estas manifestaciones de coraje y desesperación les importen a quienes detentan el poder. La autoridad se gana sirviendo, respetando los derechos de los gobernados, no convirtiéndolos en rehenes de sus caprichos.

 

Estoy consciente, como he señalado en anteriores artículos, que se debe sufrir para merecer; que si queremos una ciudad a la altura de las expectativas que tiene el turismo sobre Mazatlán, se tienen que soportar las molestias que causan las obras que se realizan con ese propósito, pero no se vale que con el afán de cumplir ese objetivo a como dé lugar, se haga todo al “ahí se va”, y se abran frentes de obra por todos lados y al mismo tiempo, convirtiendo la ciudad en una ratonera.

 

No lo dicen, pero seguramente por lo bajito murmuran entre ellos que son sus chicharrones los únicos que pueden tronar, y que la sociedad tiene que avenirse a lo que disponen.

 

Tiempos hubo, como señalé al principio, en que a la sociedad se le respetaba, o por lo menos se buscaba afectarla lo menos posible. Hoy con la mano en la cintura se toman decisiones arbitrarias sin importar que con ellas se lleven a la sociedad entre los pies.

 

 

Trabajar a marchas forzadas no está reñido con el orden y la limpieza, como tampoco lo está con el respeto a los vecinos que resultan afectados. Lo que hemos visto hasta ahora es todo lo contrario.

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