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Perdones y demonios Opinión

Federico Reyes Heroles
30/01/2018 | 03:00 AM
Algo está muy torcido. O no se valoran y entienden las palabras, o se busca el engaño. Nadamos entre sandeces y auténticas trampas, anzuelos con colorcillos atractivos y carnadas podridas, redes invisibles que disfrazan la muerte individual y colectiva. Eso pareciera.
“Para unir al país y gobernar en armonía, estaría dispuesto a perdonar y fumar la pipa de la paz con Carlos Salinas y Enrique Peña Nieto entre otros políticos incluyendo algunos empresarios”. La unidad nacional es una idea fascista. En la camada reciente que la ha esgrimido, con millones de muertos detrás, están Mussolini, Hitler, Stalin y derivados como Pol Pot. ¿Quién define la “unidad”? ¿Acaso se propone comprimir, reprimir o suprimir diferencias y libertades para lograrla? Las sociedades, por definición, son plurales. Un país, que puede incluir muchas naciones, tiene una sola argamasa para lograr el amarre institucional: la ley. Nadie puede tener en sus manos los elementos de la “unidad” final, pues no existe. Quien lo pretenda niega ser parte de la diversidad, quiere situarse por encima de ella, ser sobrehumano. ¿Unir al país?
¿Gobernar en armonía? El director o directora (como en la Sala Nezahualcóyotl el sábado pasado) entra al auditorio, su mirada exige silencio y controla todo, eleva la batuta y arranca. A una orquesta se le debe exigir armonía. Pero una sociedad no es una orquesta, todos tenemos el derecho a lanzar notas disonantes. Disonantes fueron Sacco y Vanzetti, Carrillo Puerto, Mandela o Rosa Parks. Sin ellos nunca hubiéramos visto otras realidades, estaríamos atados a la nuestra o a la impuesta, como las anteojeras o gríngolas para los caballos que los limitan a lo que el amo quiere que vean. Pero, en una sociedad libre, ¿quién pretende ser el amo? ¿Armonía?
Las tribus algonquinas de América del Norte tenían el extraño ritual de fumar un carrizo con tabaco cuando los jefes tribales pactaban la paz. Después de la sangre y sin victoria evidente, pactaban. Eran los jefes los que decidían ya no más guerra: lo hacían por agotamiento. Pero las sociedades modernas no son tribus, no debe haber jefes que impongan a las vidas públicas y privadas su mejor entendimiento. ¿Quién quiere vivir en una tribu? Peor aún, ¿quién quiere ser jefe tribal? ¿Acaso alguien pretende decidirlo todo por todos? En las tribus no había pesos y contrapesos, instituciones que frenan el poder unipersonal. Pero ya llovió desde la vida de las algonquinas, pero, por lo visto, alguien por aquí no se ha enterado de los cambios. Se dirá que es un simple recurso retórico, simples “palabras”, el problema es que se encadenan con las otras “palabras” que son sandeces. ¿Unidad, armonía, pipa, tribu, gran jefe, hau o hau?
Lo más grave es el perdón. El perdón sólo opera entre los religiosos, entre los creyentes de una fe específica. La idea misma de borrar, de eliminar algo de la memoria, es la madre de muchos vicios y degradaciones. El pasado siempre debe contar. Si me pueden perdonar, para qué evitar la reincidencia. ¡Qué cómodos son los perdonavidas! Pero ¿y las convenciones sociales y la ley? En la sociedad del perdón todo eso pasa a un segundo plano. El perdón es la antidemocracia, te perdono dicen los sacerdotes, pero, quién desea un sacerdote como presidente. Viva Juárez. El perdón es una decisión personalísima sin explicación pública Una sociedad transparente exige rendición de cuentas y explicaciones hasta a la Suprema Corte. El perdón es la opacidad total. El perdón no es una amnistía, figura jurídica que proviene del olvido institucional y que se plasma en una ley. Por ello es un resultado del Legislativo, de la pluralidad. El perdón es la madriguera de la arbitrariedad y la impunidad.
“...estaría dispuesto a perdonar y fumar la pipa de la paz con Carlos Salinas y Enrique Peña Nieto, entre otros políticos incluyendo algunos empresarios” Ojo empresarios, no sean ingenuos, no lo apapachen. ¿Quién se cree? No tengo relación con ninguno de los dos, a EPN nunca lo he visto en su carácter de Presidente. Supongo que, de haber habido delitos que perseguir contra Salinas, habrán prescrito o quizá alguien le otorgó un perdón. Y si hay responsabilidad jurídica imputable contra el hoy Presidente, que se proceda sin consideración alguna, con apego a la ley. Si no hay algo sustentable, lo exigible, lo ético es el silencio. Esgrimir y ofrecer el perdón es una forma de extorsión: si llego te perdono, pero no te opongas, porque si te opones y llego te llevo a la hoguera. Vaya modernidad, vaya concepción de la legalidad y del estado de derecho. El asunto es muy grave, patológico. El que perdona defiende demonios.
Ni unidad impuesta a voluntad, ni armonía castrante y dictatorial, ni tribus y grandes jefes, hau, hau, ni dioses y sacerdotes gobernando, ni perdón a nadie. ¿Ignorancia o maldad, quizá ambas? Legalidad, punto.
frheroles@prodigy.net.mx
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