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Para ellos, el destierro Opinión

Joel Díaz Fonseca
13/02/2019 | 04:00 AM
El sábado escribí sobre la responsabilidad que tenemos, como parte de una sociedad honesta y trabajadora, de tomar distancia de quienes viven burlando las leyes y haciendo el mal.
 
Escribí que dar cabida en nuestra sociedad a los agentes del mal (gobernantes corruptos y expoliadores; delincuentes comunes y de cuello blanco; ciudadanos abusivos y prepotentes, etc.), es darles alas para que puedan seguir papaloteando sobre nosotros como buitres o como vampiros en busca de sangre.
 
Me faltó señalar que con demasiada frecuencia los impartidores de justicia, que son quienes deben sancionar a todos esos agentes del mal, faltan a su responsabilidad al conceder el perdón a los indiciados, o al aplicarles sanciones mínimas, ridículas, con respecto al daño causado.
 
Lo acabamos de ver en el caso del ex Secretario de Salud del gobierno de Mario López Valdez, Ernesto Echeverría Aispuro, acusado del desvío de poco más de 14 millones de pesos del presupuesto de esa dependencia, a quien el juez le decretó el fin del proceso penal en su contra tras la devolución de 7 millones de pesos, la mitad de lo presuntamente defraudado.
 
En septiembre del año pasado los mexicanos nos enteramos con estupor de que el ex Gobernador de Veracruz, Javier Duarte y Ochoa, acusado de lavado de dinero, asociación delictuosa, malversación de fondos y desvío de recursos, entre otros delitos, podrá quedar en libertad en tres años.
 
El monto de lo que presuntamente desvió Duarte y Ochoa asciende a más de 60 mil millones de pesos, no obstante el juez lo condenó a pagar una ridícula multa de 58 mil pesos.
 
Casos como estos hay miles tan solo en lo que respecta a funcionarios de los tres niveles de gobierno. Llegan al poder con la patente de corso para robar y lo hacen a sus anchas, sabedores de que el brazo de la justicia es demasiado corto para alcanzarlos, y sin fuerza para apretarlos.
 
¿Qué pasó, por ejemplo, con la ex titular de las secretarías de Desarrollo Social y de Desarrollo Rural, Territorial y Urbano, Rosario Robles Berlanga, cabeza visible de la Estafa Maestra?
 
Acusada del desfalco de más de 700 millones de pesos y la desaparición de casi 12 mil millones de pesos de programas destinados para la asistencia a poblaciones indígenas, espera pacientemente en la sombra a que pase el escándalo y pueda regresar por sus fueros.
 
Y sin duda lo hará, cuenta para ello con los engranajes del sistema político, hecho para proteger a la clase gobernante. El propio Andrés Manuel López Obrador la catalogó, no hace mucho, como un “chivo expiatorio”, por lo que su exoneración puede darse como un hecho.
 
Ocurre igual con el líder petrolero Carlos Romero Deschamps, amparado por un juez contra cualquier orden de aprehensión. La parte acusadora (ahora se denomina Fiscalía General) les sigue allanando el camino a delincuentes de siete suelas, émulos de Alí Babá.
 
Durante muchos años los mexicanos nos desquitamos de gobernantes y líderes corruptos y abusivos contando chistes y bromas acerca de ellos (ahora se hace con memes en las redes).
 
¿Quién no se acuerda del legendario Palillo? Sus chistes llenos de ironía daban cuenta de los abusos y excesos de los hombres del poder. Incontables veces fue a parar a la cárcel porque a los intocables no les caían en gracia sus insinuaciones.
 
Palillo solía decir que el Presidente Álvaro Obregón fue el menos ladrón, “porque nomás tenía una mano... para robar”.
 
En una de sus presentaciones preguntó si alguien sabía sobre Diógenes. “Este señor”, dijo, “anduvo con su lámpara buscando un hombre honrado, pero se le ocurrió venir a buscarlo entre los gobernantes mexicanos y le robaron la lámpara”.
 
Y sí, reírse de los políticos es una catarsis, pero una vez que se terminan las risas reaparece el coraje por los abusos y atropellos de los gobernantes y de los líderes partidistas y sindicales.
 
Harto de todo eso, el ciudadano termina dándose cuenta de que reírse no basta, porque con la clase política ocurre como con los zancudos y otros bichos, que acaban asimilando el efecto nocivo de los insecticidas y se nutren de ellos en lugar de debilitarse.
 
Por eso tenemos que desterrarlos, no del estado o del país, porque no tenemos el poder para hacerlo, pero sí sacarlos de nuestra vida comunitaria, hacerles el vacío, guardar distancia de ellos.
 
Tenemos que sacarles la vuelta, hacerles sentir que su presencia no es grata, que sepan que sus fortunas mal habidas nos asquean. No podemos fingir que no pasa nada.
 

 

jdiaz@noroeste.com
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