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Hora de volvernos selectivos Opinión

Joel Díaz Fonseca
20/02/2019 | 04:02 AM

jdiaz@noroeste.com

 

Siempre me han chocado las personas selectivas, esas que se consideran parte de una élite, que se consideran parte del Olimpo, que esquivan a quienes no son de su alcurnia ni de su círculo social.

 

Las he criticado, pero ha llegado el momento de volverme yo también selectivo, de enfocarme, de elegir con cuidado las cosas que deseo o las personas con las que quiero tratar de ahora en adelante.

 

Releí hace unos días un texto que recibí hace años por correo electrónico, mucho antes de que aparecieran WhatsApp y Facebook. Un texto que invita a hacer un recuento de lo vivido, con el fin de tener una mejor calidad de vida por los años que restan de existencia.

 

Me siento como aquel niño al que regalan una bolsa de dulces”, dice el texto; “los primeros los come rápido, feliz, pero cuando se da cuenta de que le quedan pocos, comienza a saborearlos más”.

 

Alguien planteó esto mismo, aunque ejemplificándolo con monedas, en vez de dulces, llamando a imaginar que al nacer cada quien recibe un determinado número de monedas, que se gastan y se dilapidan en los años mozos, incluso en la mediana edad, pero llega el momento en que mira uno cuántas monedas le quedan y ve que ya son pocas. Empieza entonces a racionarlas.

 

Continúa el texto que he releído:

 

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, en las que se discuten normas, procedimientos, reglamentos, acuerdos, sabiendo que lo más probable es que no se cumplan.

 

Tampoco tengo tiempo para escuchar en los mítines a los políticos, esos malos actores que prometen el paraíso, el sol, la luna y las estrellas.

 

Ya no tengo tiempo para perderlo en mediocridades, solo me queda tiempo para construir, para vivir. No quiero estar en reuniones en las cuales desfilan egos inflados.

 

No tengo tiempo para perderlo escuchando a los manipuladores y aprovechados.

 

Tampoco para perderlo en convivencias de egocéntricos, esos que le rinden pleitesía al dinero, al automóvil, a la televisión, al celular.

 

Me molestan los envidiosos que tratan de desacreditar a los más capaces para apropiarse de sus puestos, de sus ideas, de sus talentos, de sus éxitos.

 

Quiero lo esencial, mi alma tiene prisa. Quiero estar cerca de gente humana, muy humana, que sepa reconocer y reírse de sus errores; que no se vanaglorie de sus triunfos ni eluda sus responsabilidades.

 

Rodearme de gente que sepa tocar el corazón de las personas, que defienda la dignidad humana y que entienda que algo esencial es ser útil a los demás… que desee únicamente caminar al lado de la verdad y de la honradez.

 

Y concluye el texto con una visión muy clara y precisa de lo que se quiere para el resto de los días:

 

Mi meta es llegar al final con mi conciencia tranquila, satisfecho y en paz con mis seres queridos y con aquellos a los que estimo”.

 

Realmente no es mucho pedir esto como colofón de nuestra vida. No se trata de llegar al final del camino esperando que una multitud nos despida con elogios y pirotecnia, sino de cruzar en silencio el oscuro túnel y ser recibidos del otro lado con los brazos abiertos por el Creador y por los familiares y amigos que se han adelantado en el camino.

 

Al llegar al mundo a cada uno se nos dio un instrumento y la oportunidad de dominarlo. La oportunidad de volvernos músicos virtuosos y ser parte de una gran orquesta, no para resaltar ni desafinar, sino para acoplarnos con los demás concertistas para interpretar la más grande y bella sinfonía, la sinfonía de la creación.

 

No podemos desperdiciar más nuestros talentos, ni arruinar con veleidades y caprichos el esfuerzo y el virtuosismo de los demás músicos de la orquesta.

 

Sí, es la hora de volvernos selectivos, no se vale desperdiciar más el tiempo. Es hora de elegir bien a quién o a quiénes queremos como compañeros de viaje en el resto del camino; de hacer un buen uso del tiempo, disfrutar los dulces e invertir en lo que verdaderamente importa las monedas que nos quedan, en vez de dilapidarlos con personas egoístas, insensatas y malintencionadas.

 

Entendamos que la vida es un recorrido por una carretera panorámica. Muchos nos hemos saltado las “plumas” en prácticamente todas las casetas, pero llega el momento de pagar el peaje. La vida sigue, pero hay que continuar de manera segura el tránsito por el tramo de carretera que aún queda por recorrer.

 

Es la hora de volvernos selectivos, de reenfocarnos. La hora de elegir bien lo que queremos, por nuestras familias, por nuestros hijos, por nuestra sociedad

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