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AMLO, Kant y las mentiras Opinión

Pablo Ayala Enríquez
17/03/2019 | 04:00 AM
A propósito del tema de las mentiras, me eché un clavado al librero para buscar un libro de ensayos sobre filosofía moral en política, escrito por el afamado filósofo Michael Sandel, en el que realiza un agudo análisis del “incidente” que Bill Clinton tuvo con Monica Lewinsky, la controvertida becaria de la Casa Blanca. 
 
Sandel, a su estilo, comienza con una provocación: “Supongamos, para introducir el argumento, que el Presidente hubiera tenido una relación sexual con Monica Lewinsky. 
 
¿Estaría mal que lo negara? La respuesta evidente es ‘sí’: un devaneo extramatrimonial con una becaria en prácticas de la Casa Blanca ya es algo suficientemente malo, y mentir no hace más que agravar el pecado. Pero, aunque una mentira pública acerca de una mala conducta privada no sea precisamente admirable desde el punto de vista moral, tampoco tiene por qué sumarse como un factor negativo añadido al error de comportamiento que intenta ocultar. E incluso podría llegar a estar justificada”.
 
¿Cabe de alguna manera extrapolar este caso a las últimas declaraciones de Andrés Manuel López Obrador respecto a la revocación de mandato, y así podernos dar una idea de cómo emplea lo que él entiende por verdad? Dado que esta tarea no es sencilla, le pido paciencia porque debo dar un rodeo tomado de la mano de Michael Sandel y de una de las mentes que mejor trató el tema de la verdad y la mentira: Immanuel Kant. Valga pues el intento.
 
Ante la pregunta expresa de un reportero de si quería reelegirse, el Presidente contestó: “Escuché el planteamiento que hicieron legisladores hablando de que era un ensayo de reelección. Mañana voy a poner aquí; el lunes, porque mañana no vamos a estar; el lunes voy a poner aquí un compromiso de que no voy a reelegirme. Firmado. Tengo palabra. Lo que estimo más importante en mi vida es mi honestidad; pero de todas maneras voy a hacer ese compromiso público. Voy a decir que soy partidario de la democracia. Que estoy de acuerdo con la máxima del sufragio efectivo no reelección. Que soy maderista, que es uno de los hombres que más admiro, que como se la ha denominado, así le llamo el apóstol de la democracia, y que no soy un ambicioso vulgar. Que voy a servir, si lo decide el pueblo, seis años, y que a finales del 2024 termino mi mandato. Atentamente, ya saben quién”.
 
Como era de esperar, la declaración levantó una enorme polvareda, y no tanto por la nota que de ella sacaron todos los medios, sino porque atiza el ánimo de sus más acérrimos detractores. Cuando éstos llaman al Presidente “mentiroso”, “opaco” o “incongruente”, como señala Michael Sandel, “podría estar justificado, en nombre de la privacidad y el decoro, que el Presidente negara una acusación insidiosa aun si fuera cierta, siempre que no tenga incidencia alguna sobre sus responsabilidades públicas”.
 
López Obrador es muy hábil para desmentir imputaciones embarazosas con declaraciones bien pensadas y llenas de ambigüedades. Basta con recordar sus salidas retóricas cada vez que algún periodista le preguntaba su opinión en torno al aborto, la eutanasia, el matrimonio entre parejas homosexuales o el consumo legal de ciertas drogas.
 
En este sentido, la cuestión no es si técnicamente sus respuestas son incompatibles con los hechos que después van destapando las verdaderas razones que subyacen a sus dichos. El punto es, cómo nos recuerda Sandel, si “¿Existe alguna diferencia moral entre un equívoco calculado y una mentira descarada?”.
 
Quienes no simpatizan con AMLO, así como otras voces expertas en el terreno de la ética, dirían que no existe ninguna diferencia, debido a que “una verdad que llama al engaño tiene la misma finalidad y (si lo consigue) el mismo efecto que una mentira en toda regla: engañar a quien la escucha. Sin embargo, uno de los mayores moralistas de todos los tiempos no estaba de acuerdo con esa apreciación. Immanuel Kant, filósofo alemán del Siglo 18, subrayó que existe una gran diferencia entre una mentira y una treta que técnicamente no contradiga la verdad”.
 
En este tema, Kant no se andaba por las ramas: hay que hablar con la verdad siempre, sin importar las consecuencias que ello traiga consigo. La mentira, decía este filósofo, vulnera el principio mismo de la moral y atenta contra la dignidad humana de la persona que miente. De ahí que hablar con la verdad es, prácticamente, lo mismo que atender una “ley sagrada e incondicionalmente vinculante de la razón que no deja lugar a ningún tipo de conveniencia u oportunismo”. 
 
Como nos recuerda Sandel, Kant “establecía una distinción muy nítida entre las mentiras y los enunciados que pueden inducir a equívocos, pero que no son falsos en un sentido formal”. Va un ejemplo vivido por el propio Kant, para ilustrar este último hecho.
 
A causa de sus escritos en torno a la religión, Kant se vio en problemas con el Rey Federico Guillermo II de Prusia. Ante el temor de que la censura fuera más allá de la prohibición de la publicación de sus textos, Kant decidió escribir una carta al Rey donde le comunicaba lo siguiente: “Como súbdito leal de Vuestra Majestad, en el futuro desistiré por completo de toda conferencia o documento público referido a la religión”.
 
Kant se mantuvo en lo dicho. Sin embargo, como después referiría, “escogí mis palabras con el mayor cuidado para no verme privado de mi libertad [de escribir] por siempre, mientras viviera su Majestad”. Sin necesidad de mentir, Kant utilizó una estratagema para seguir escribiendo sobre religión y el cristianismo. Su promesa tenía una fecha de caducidad: el tiempo de vida del Rey.
 
Algo así es lo que López Obrador utilizó esta vez en su conferencia mañanera. En su declaración, muy probablemente, como en su momento hizo Kant, no tuvo necesidad de recurrir a la mentira, pero su verdad tampoco negó que la suya sea una estrategia política en favor de Morena, que podría venir de la mano de la figura de la revocación de mandato. Si la consulta, tal como él lo propuso, se realiza el mismo día de las elecciones de senadores y diputados, las elecciones se cargarán hacia el lado de Morena, es decir de AMLO. Ciertamente puede ocurrir lo contrario, pero, tal y como hoy se encuentran los niveles de aprobación, necesitaría ocurrir algo muy grave para que la imagen presidencial genere escozor en quienes acudan a votar por los miembros de las Cámaras.  
 
¿Hay alguna forma de darle vuelta a esta verdad que está tan cerca de la mentira? En principio sí. Por ejemplo, si el INE convoca a la consulta para la revocación de mandato, una vez que hayan pasado las elecciones; dando oportunidad a que sean otros, y no el Presidente, quienes decidan si procede o no la consulta; y, dejando muy claro que, aun y cuando “el pueblo bueno” lo pidiera, la consulta no representa ninguna posibilidad para la reelección. 
 
Si las cosas se hicieran de esa manera, entonces sí podríamos creer que el Presidente tiene palabra, y que “la honestidad es lo más importante” en su vida; incluso, que no es “un ambicioso vulgar”.
 
pabloayala2070@gmail.com 
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