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El principio del daño Opinión

Pablo Ayala Enríquez
31/03/2019 | 04:03 AM
¿Hasta dónde usted hace realmente lo que quiere? No se esfuerce mucho. Por favor, piense en cosas tan sencillas como éstas: ¿cada día se levanta a la hora que quiere? ¿Se viste como quiere? ¿Forma parte de reuniones y conversaciones que en realidad quiere tener? ¿Come lo que quiere, lo que hay o lo que le permite el médico o el nutriólogo? ¿Merodea en las redes y publica en ellas lo que quiere? ¿En su trabajo le dice a su jefe y colegas lo que en verdad está pensando? Abreviando: ¿hace cada día de su vida lo que en realidad quisiera hacer?
 
Como dice Ben Dupré en su libro “50 cosas que hay que saber sobre ética”, “podría parecer, por el aura sagrada que rodea a la libertad, que no debería calificarse ni limitarse de ningún modo. Sin embargo, si nos paramos a pensar durante un momento veremos que la libertad nunca puede ser ilimitada o absoluta”. La razón de esta imitación es simple: nuestros actos, en determinado momento, podrían interferir con la vida de quienes nos rodean. 
 
Las sociedades liberales, desde siempre, han entendido que el modo de acotar el impacto de nuestra libertad individual es trayendo a escena un principio que denominan el principio del daño, “el cual estipula que cada individuo debería tener libertad en la sociedad para actuar de cualquier forma siempre y cuando no cause daño alguno a los intereses de los demás”. Para Dupré esta manera de definir la libertad aparece, por primera vez, en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, donde se establece que “la libertad consiste en la posibilidad de hacer cualquier cosa que no haga daño a nadie; de ahí que el ejercicio de los derechos naturales de todo hombre no tenga límites excepto aquellos que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos”. En suma, de lo que se trata es de actuar sin dañar.
 
Si la libertad se entiende a partir del principio del daño, estaremos muy cerca de eso que el filósofo Isaiah Berlin después de la Segunda Guerra Mundial describiría como la “libertad negativa”, la cual se define a partir de las coacciones u obstáculos que están lejos de nuestras vidas o, dicho de otra manera, se es libre en la medida que no haya obstáculos para serlo. Visto así, la cosa parece clara, pero no lo es tanto. Veamos por qué. 
 
Por ejemplo, no existe impedimento legal alguno para que yo me inscriba a “La voz México”, sin embargo, quienes me conocen, saben de lo acotado que será este breve episodio de mi vida. La potencia y agudos de mi voz son tan pocos, que nadie correría el riesgo de perder el tímpano al escucharme. En sentido estricto, podría darle rienda suelta a mi gusto por el canto sin dañar a los demás, o impedirles que inscriban al concurso. El punto es, y en eso reside la principal limitación de este tipo de libertad, que aunque no existan obstáculos formales/legales que me impidan ser el ganador de “La voz”, mis limitaciones físicas vocales y el no haber sido parte de un conservatorio o escuela de música (que enseñe a cantar hasta las piedras), impedirán que mi libertad llegue al puerto soñado.
 
Seguramente a estas alturas usted se preguntará, ¿entonces nunca podré hacer lo que quiero? ¿La dichosa libertad es un mero espejismo? ¿Para qué tantas guerras, sangre derramada y vidas perdidas en nombre de un valor que parece facultad exclusiva de unos cuántos? ¿Qué me falta, pues, para poder hacer lo que quiero?
 
Isaiah Berlin diría que la vía reside en “la libertad positiva”, es decir, en “esa forma de poder que permite a los individuos completar su potencial, llevar a cabo sus sueños, actuar de forma autónoma y controlar su destino”.
 
Traigo toda esta larga historia a cuento, porque pareciera que nuestra libertad, lejos de ser positiva, es una extremadamente acotada por el principio del daño. El sinnúmero de condicionamientos bajo los cuales estamos sujetos, nos impide hacer un ejercicio de autonomía plena, de liberar nuestro potencial, de hacer realidad nuestros sueños; aunque suene exagerado, somos la consecuencia no prevista de una serie de circunstancias que nos hicieron despertar en un tiempo y espacio que nosotros no diseñamos para habitarlo.
 
Van tres ejemplos (personales) para ilustrar hasta dónde nuestra libertad queda reducida a un pequeño radio de actuación en el que difícilmente alguien puede disfrutar de una libertad plena.
 
La apertura de un carril más en un pequeño un tramo de una avenida muy transitada, ha sido un proyecto municipal que, más allá de sus cuatro meses de retraso, me ha impedido ir a comer a casa, obligándome a seguir haciéndome pomada el estómago en las taquerías, torterías, hamburgueserías, cafeterías, panaderías y demás “rías” que me salen al paso. 
 
Seguir esperando la promesa del arribo de ese servicio de trasporte público digno y eficiente, que me permita ir y venir a la universidad, y llevar a mis hijas a su escuela a tiempo, no solo me ha obligado a tener un coche (cosa que no quiero), sino a ser parte del enorme grupo de personas que contaminamos el aire de la ciudad y robamos espacio y tranquilidad a los peatones. 
 
El afán de “exclusividad” de los habitantes de algunos fraccionamientos, ha provocado el cierre de algunas calles, obligándonos a quienes pasábamos por ellas a tomar rutas mucho más largas y transitadas para poder llegar a casa y demás sitios a los que suelo acudir.
 
En los tres ejemplos descritos, “la libertad de los otros” ha condicionado tanto la mía, que hoy buena parte de mis decisiones cotidianas dependen de la voluntad de ellos. Lo interesante, es que nadie me preguntó si estaba de acuerdo.
 
Así, acotada nuestra libertad por el principio del daño, hacer-realmente-lo-que-queremos-hacer, está más próximo a un buen deseo, a un tipo de sueño por el cual vale la pena luchar. En ese sentido, la libertad, pues, es un ideal por realizar, una obra en proceso, una aspiración que nos mantiene siempre en marcha, aunque nunca podamos alcanzarla. 
 
¿Hay “fórmulas” para salir del atolladero? Sin duda. Conozco algunas. El problema, ahora, es que no tengo espacio para hablar de ellas; seguramente éstas serán el tema de otra entrega.
 

 

pabloayala2070@gmail.com 
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