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Dos años de impunidad y siguen matando periodistas Opinión

Jesús Rojas Rivera
17/05/2019 | 04:05 AM

jesusrojasriver@gmail.com

 

El mecanismo de protección para periodistas y personas defensoras de los derechos humanos no funciona, no sirve. No es una idea mía, es lo que el crimen de Francisco Romero Díaz, periodista asesinado en Quintana Roo, nos restriega en la cara. El noveno periodista asesinado en la cuarta transformación. Voces que repiten la pregunta hecha a gobiernos anteriores, ¿cuántos más Andrés Manuel?

 

Se ha dicho hasta el cansancio, México es el país más peligroso para ejercer el periodismo. Y ya me los imagino, en menos de un mes, en el marco de la conmemoración del 7 de junio volverán a escucharse los mismos discursos de siempre, las promesas repetidas como letanías, palabras huecas de autoridades que toman este asunto como mera estadística. 

 

¿Por qué matan a los periodistas en México? se preguntó Jab Jarab, representante en México del Alto Comisionado de la ONU para la defensa de los derechos humanos. La respuesta es negra, dolorosa y sencilla: Política, corrupción y narcotráfico o la suma de todas las anteriores. En un contexto de violencia generalizada, el asesinato de periodistas responde a su nivel de exposición por lo que investigan, por lo que señalan, por lo que hacen público, por lo que opinan, por lo que dicen, por lo que no quieren callar. Morir en el ejercicio de la libertad de expresión en sociedades como la nuestra es relativamente fácil, porque como dice Jan-Albert-Hoosten, representante del Comité de Protección a Periodistas, “Por la falta de derecho y el nivel de impunidad”. 

 

Matan a uno, no pasa nada, matan a dos, tres, cuatro, cinco y tampoco pasa nada. Matar lo que “estorba” sin pagar ningún tipo de consecuencia es un perverso aliciente para seguir matando. Y así va la cosa en nuestro País, a Javier lo mataron hace dos años, lo recordamos, marchamos por él, la autoridad hace como que investiga, presenta presuntos responsables, archiva la investigación y las cosas siguen como están, el mundo rueda, pero las balas no se detienen. 

 

Mientras en Culiacán se recordaba el cobarde asesinato de un periodista y escritor de varios libros, en Quintana Roo se sumaba uno más en la lista de caídos. “En Medio Oriente te mueres si te agarró un combate, un bombardeo o si caíste en manos de terrorista. En México, van a tu casa por ti”, dice Témoris Grecko, periodista y productor del documental “No se mata la verdad”. 

Los expertos coinciden, las amenazas, los ataques, los asesinatos contra periodistas seguirán existiendo en medida que la impunidad prevalezca. Por cada amenaza no atendida, ataque no resuelto o asesinato no juzgado, vendrán más. 

 

Por eso el periodista José Reveles afirma que el Gobierno simula la actuación “en narrativas de falsas realidades”, diciendo que los temas se atienden y que los índices bajan, que el mecanismo de protección funciona y que el Estado tiene el asunto bajo control. Mienten. 

 

Javier Valdez era nuestro amigo, un referente periodístico, humano y literario. El miércoles su hijo tomó el micrófono frente a la Fiscalía y exigió el castigo para los culpables que ordenaron el asesinato de su padre. Busca justicia porque solo en ella las víctimas encuentran la paz. Si irremediable fue el asesinato y nada nos devolverá a Javier, albergamos al menos la esperanza que la justicia sea para él un alivio y para el resto de periodistas una esperanza de protección en el difícil oficio de comunicar. 

 

Nuestra endeble democracia sostenida apenas como una palizada con amarres de ixtle, es todavía incapaz de sostener el derecho a la liberta de prensa, nuestros gobiernos y funcionarios pintados de cualquier color, son un manojo de inútiles, monigotes discursantes que aprendieron a dar el pésame con elegancia pero más allá de eso, nada. ¡Que Dios cuide lo que el Estado no pudo! Luego le seguimos…

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