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Cambio de ropaje Político Opinión

Ernesto Hernández Norzagaray
02/06/2019 | 04:07 AM
Vea si no.

Se dice frecuentemente que, así como el dinero no tiene patria, las lealtades políticas tampoco son para siempre, se puede perfectamente un día amanecer rojo, al mediodía ser azul y al caer la noche amarillo o Pantone.
Este don de la ubicuidad o mejor dicho oportunismo político es muy propio de un sector de los empresarios mexicanos. Que saben que muchas de sus fortunas se explican solo al amparo del poder político y da lo mismo que este tenga la marca del PRI, el PAN, PRD o ahora de Morena.
En las estrategias de este tipo de empresarios coligen que es mejor estar cerca que lejos del Príncipe y eso pasa obviamente por tomar distancia de sus antiguas querencias políticas.
Jesús Vizcarra, a esas, podría estar jugando en este momento. 
El proceso de acumulación de su inconmensurable fortuna está ligado al largo periodo tricolor que llegó a convertirlo en uno de los hombres más ricos de este país.
Fue notoria su cercanía con Enrique Peña Nieto, pero tampoco le generó problemas de operación durante los dos sexenios de gobiernos panistas, todos lo buscaban y escuchaban como empresario exitoso.
Su fortuna fue un formidable picaporte en Los Pinos y eso le permitió tener influencia y producto de ese poder pudo influir, cuanto es difícil de precisar, pero de que influyó en la nominación de candidatos priistas y la integración de gobiernos sinaloenses que no quepa la menor duda. 
Paradójicamente, ese poder que ambicionaba ser omnicomprensivo, no le sirvió para que su postulación al gobierno de Sinaloa terminara en 2010 con una victoria sino con una derrota ante otro priista vestido coyunturalmente de una coalición multicolor.
Ahora, en el periodo lopezobradorista, esa ubicuidad marcada por sus negocios lo lleva casi en forma natural a acercarse para apoyar al candidato morenista Jaime Bonilla al gobierno de Baja California quien, de acuerdo con las encuestas de intención de voto, esta llamado a terminar con el largo periodo panista y erigirse en el nuevo titular del Ejecutivo de ese estado fronterizo.
Esta tendencia favorable al morenismo no la dejan de ver empresarios conversos, como es el caso de Jesús Vizcarra, si no por el contrario, resulta una tentación con cierto aire de traición para sus antiguas lealtades y sus correligionarios.
Vizcarra tiene negocios en Baja California y eso lo lleva a acercarse a quien muy probablemente ganará la quínela y lo hace con generosidad, con un lenguaje que raya en la retórica nacionalista en boga.
No me mueve una ambición política, sino trabajar por el país, palabras más, palabras menos, es lo que responde cuándo los reporteros lo abordan para preguntar sobre las motivaciones que lo llevan a este tipo de acercamiento con el morenismo.
Pero, no, sigue vigente la idea de que el empresario que quiera sobrevivir en este u otro momento de cambio, debe mantener la cercanía con el poder, es la clave para conservar el picaporte en Palacio Nacional.
Se podrá argumentar en contra que los vaticinios en Baja California son ampliamente favorables a Morena y qué, aunque este partido hubiera puesto al más desconocido de sus militantes, el resultado sería el mismo, y por lo tanto no se necesitarían este tipo de apoyos y menos de un personaje que nunca negó un compadrazgo incómodo.
La política de alianzas se dirá que se hace con lo que hay, con personajes de carne y hueso, y mejor todavía con quienes no saben de fidelidades eternas.
Van a lo que van y los medios de comunicación hacen el resto, lo estamos viendo en Sinaloa, donde la comentocracia hacen todo tipo de conjeturas para las elecciones que se celebraran en 2021 incluso hay quienes ya ven a Vizcarra como posible candidato morenista ante el desconcierto de quienes son lopezobradoristas de fuelle. No se diga entre sus propios excompañeros tricolores.
Aquí cabe una recordar una cuestión teórica básica. Ayer y hoy estamos ante gobiernos de elites en el sentido más amplio de la palabra, y poco importan los alineamientos de orden ideológico porque impera el pragmatismo político.
Ese caminito lo ha recorrido Vizcarra muchas veces y ha aprendido a estar cerca de la del primer círculo de poder. Hoy lo reanuda esa caminata cuándo tiene una influencia en el gobierno sinaloense y eso provoca esa suerte de mezcla de intereses públicos y privados que hemos aprendido a ver en nuestra larga y singular transición política o mejor dicho en nuestras alternancias sin cambio.
Esta forma de vinculación entre los personajes del poder económico con el político puede considerarse un acto de civilidad, de entendimiento entre las partes del sistema político, incluso también podría ser considerado la negación del postulado pobrista y reivindicativo que está en la esencia del discurso de López Obrador.
 Es decir, si empresarios como Vizcarra se acercan a la política electoral buscando mantener su propio statu quo es evidente que a la larga podría refrendar el modelo de elites económicas y eso como lo decía el sociólogo polaco Zigmunt Bauman, lleva paulatinamente a la modernidad líquida, la concentración del ingreso.
De ser así al final se impondría la máxima lampedusiana de “cambiar para seguir igual” o sea estaríamos lejos de alcanzar lo que fue la antítesis de la actual modernidad líquida, esa dura que cohesionaba, y conservaba los lazos comunitarios cómo todavía encontramos en algunas de nuestras comunidades indígenas. 
En definitiva, el caso de Jesús Vizcarra, cómo el de muchos otros empresarios conversos, que seguirán acercándose al morenismo, hay que leerlo en un primer momento en clave de élites, pero sin olvidar que en política no hay nada definitivo, seguro, y menos con un presidente que no hace mucho hablaba del “perdón” y hoy tiene en capilla a algunos empresarios que durante el gobierno de Peña Nieto fueron ampliamente favorecidos.
No es qué a todos les vaya a suceder lo mismo, pero tampoco acercarse significa per se alcanzar la absolución y el perdón sexenal.
Al tiempo.

 
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