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Chip y Dale Opinión

Francisco Ortiz Pinchetti
08/07/2019 | 04:06 AM

@fopinchetti

Apareció de pronto sobre el pequeño tejado que remata el muro trasero del patio de mi casa, que por cierto no es particular. Tenía una apariencia aterradora. Digamos que era una rata enorme, de color pardo casi negro, con pelo hirsuto y ralo. Medía cuando menos 30 centímetros de largo, sin contar la larga y flaca cola. Enorme. Por unos instantes pensé tomar la escoba para asestarle tremendo batazo, pero su ubicación estaba demasiado alta. Luego pensé, en vertiginosa sucesión, pedir auxilio a los vecinos, a la policía, a Protección Civil, a la Alcaldía, a los bomberos, a la Brigada Animal... Y mientras, el bicho desapareció.

Lo busqué inútilmente en el área común del edificio donde se encuentran los contenedores de basura. Tampoco estaba entre los trebejos que suelen almacenarse en esos lugares. De regreso me topé con uno de mis vecinos:

-Acabo de ver una rata enorme- le dije alarmado al tiempo que con las manos le indicaba el tamaño del animal.

-No -sonrió- Es una ardilla. Yo también me confundí en un principio; pero no, es una ardilla. Lo que pasa es que tiene su cola pelona, como de rata, o tal vez mojada.

Sentí alivio, porque no era lo mismo la presencia de una supuestamente inofensiva ardilla que la posible evidencia de una invasión de ratas gigantes en la colonia. Y aunque me quedó alguna duda sobre la verdadera naturaleza del animal, acabé por olvidarme de él.

Dos días después -el miércoles pasado- se me presentó inopinadamente ¡dentro de mi casa! Cuando me di cuenta estaba muy oronda a un lado de mi escritorio, donde me afanaba en dilucidar el sentido de las declaraciones del Presidente sobre las protestas de los integrantes de la Policía Federal. Sí, constaté, es una ardilla. Su apariencia de rata inmunda, pensé, se debe seguramente a los avatares de su vida de paria, fuera de su hábitat natural. Comprobé también las grandes similitudes que existen entre ambas especies.

Debo aclarar que el edificio donde vivo se encuentra justo frente a un parque de la Alcaldía Benito Juárez, en la capital del país. Ahí convivimos cotidianamente con las ardillas sin tener conciencia de los riesgos que su sobrepoblación implica. Es un problema muy serio que nadie parece tomar en serio.

Tal vez sea culpa de Walt Disney por haber creado allá a principios de los años cuarenta del siglo pasado a una pareja de simpáticas ardillas que se la pasaban haciéndole la vida imposible al buen Pato Donald. Eran inquietas y traviesas, hiperactivas. Se llamaban Chip y Dale.

Me parece que pocas experiencias tan intensas para un pequeño como la de toparse de repente con la carita simpática de una ardilla dientona y nerviosa agarrada con las uñas del tronco de un árbol, que parece requerirle una nuez o un cacahuate. Se trata de un roedor encantador y divertido que sin embargo puede significar una calamidad urbana y aun un peligro para los propios chiquitines y sus padres o abuelos. Y me puse a indagar.

En jardines públicos muy concurridos el problema de la proliferación incontrolada de estos roedores afecta gravemente al medio ambiente. Ellos suelen comer los brotes y tallos tiernos de las plantas, lo que impide su crecimiento. También se alimentan con la corteza de árboles como el olmo y el cedro, lo que les causa graves daños y a menudo acaba por provocar su muerte. Y en ocasiones llegan a ser tantos que literalmente “no caben” en los parques y tienen que salir, hambrientos, para obtener alimento en las casas y edificios de las inmediaciones, a los que llegan generalmente a través de los cables de alumbrado eléctrico y servicios de telefonía y televisión.  Fue el caso de mi ardilla-rata, seguramente.

Rara vez tenemos presente que estos tiernos mamíferos pueden ser portadores y transmisores de rabia y otras enfermedades como la leptospirosis, y que empujados por el hambre llegan a convertirse en pequeñas pero auténticas  fieras. Lo más grave es que no existe un censo confiable de esta población, por lo que no puede dimensionarse a cabalidad ni menos buscar su control.

Expertos de la UNAM han alertado sobre estos y otros peligros atribuidos a las ardillas. Existen tantas especies animales que habitan entre los humanos, que a veces ni siquiera nos damos cuenta de que están entre nosotros. Sin embargo, cuando la población de alguna de estas especies aumenta y afecta de manera directa nuestra vida se convierte en víctima de una plaga. Eso está ocurriendo con las ardillas en nuestros parques, como los Viveros de Coyoacán o el Parque Hundido de Insurgentes Sur.

Las ardillas son roedores pertenecientes a la familia Sciuridae y hay 261 especies en el mundo. En México hay 35 especies. Estudios advierten que diversas zonas de la capital habitan dos tipos de ardilla, una de tipo arborícola y otra de hábitos terrestres. La que trepa en los árboles es la ardilla problema.

El investigador universitario Fernando Cervantes  advirtió que hay zonas de la Ciudad de México en donde las ardillas han rebasado por mucho su población natural. En condiciones normales hay entre tres y cuatro ardillas por hectárea en un bosque, mientras que en algunos parques capitalinos pueden llegar a ser 30, 40 o inclusive más.

La verdad es que todos somos parte del problema. Las ardillas son animales que generan empatía en los humanos y, por lo tanto, muchas veces son alimentadas por vecinos y visitantes. “El problema principal es que la gente las alimenta y en donde no las alimenta las mismas ardillas aprovechan los desperdicios de los seres humanos y los comen”, aseguró Cervantes. “Es evidente que si los animales tienen alimento en abundancia se pueden reproducir en abundancia”, dijo. Y mencionó que depredadores naturales de las ardillas, como zorros, coyotes, tejones y serpientes no existen en la ciudad. Perros y gatos ferales las depredan, pero no son suficientes.

La conclusión es muy preocupante: no hay un dique natural ante la proliferación de estos roedores. Difícilmente pueden ser atacados con venenos o trampas, que implican un grave riesgo. La única posible solución es la concientización de los propios ciudadanos, para que deje de alimentarse irresponsablemente a estos animalitos y con ello propiciar su multiplicación. Por más tiernos que nos parezcan, no son Chip y Dale. Válgame.

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